miércoles, 2 de febrero de 2022

¿Existe Occidente?

Durante mucho tiempo multitud de voces autorizadas (y otras muchas desautorizadas) advierte sobre el estado de decadente de la "cultura occidental" y el ocaso político, económico y militar de Occidente. En diversas etapas de la Historia Contemporánea, los países que se identifican con la tradición occidental se han percibido en una situación de peligro ante la influencia y el surgimiento de nuevos Estados y Naciones no Occidentales, como Rusia, China o la India entre otros. Muchos intelectuales e ideólogos han cantando a viva voz sobre la debilidad de Occidente ante el nuevo empuje de la "barbarie oriental". Algunas de estas advertencias llegaron a convertirse en delirios paranoicos que empujaron a países occidentales a destruir sus propios cimientos morales y políticos con el objetivo de "resguardar la moralidad de Occidente". Es el caso de la Alemania Nazi, pero también a Estados Unidos, Reino Unido o Francia entre otros. 

En su voluminoso y famoso libro La decadencia de Occidente (1918,1923), el ideólogo alemán Spengler afirma que la Primera Guerra Mundial ha supuesto un debilitamiento de la "voluntad espiritual de Occidente", desplazándose la hegemonía de Europa a Estados Unidos y la Unión Soviética. De una forma mucho más extrema y agresiva, en su libro Los años decisivos (1933), Spengler declara, a la víspera de la Segunda Guerra Mundial, que la cultura occidental, encarnada en la voluntad de la supremacía de la raza blanca, está siendo asediada por el resurgir de las razas de color y el bolchevismo. Este delirante y racista discurso no cayó en el vacío, pues influyó notablemente a muchos círculos alemanes que posteriormente elaborarían la justificación intelectual del racismo nazi. 

Con una postura mucho más suave que la de Spengler, Ortega y Gasset hace todo un estudio de filosofía social sobre la decadencia de Occidente en su famoso libro la La rebelión de las masas (1927). En este Ortega reflexiona sobre lo que el llama la "socialización" del colectivo humano que sufre Occidente. Para el filósofo español, el avance de la técnica y el mejoramiento del nivel de vida en todos los sentidos de las clases populares ha hecho que las masas se movilicen políticamente y conquisten el poder, lo cual corroe los valores aristocráticos de la cultura que han marcado la tradición europea y norteamericana.  

Las potencias fascistas como El Tercer Reich, la Italia de Mussolini o la España franquista abogaban por el autoritarismo, el racismo biológico y cultural, y el militarismo para defender la identidad de Europa frente al peligro del bolchevismo, ya que este último es una "enfermedad social" producto de las razas orientales. Dicha enfermedad política es vista como la perdición de Europa, pues supone la puesta en marcha del comunismo, el poner al mismo nivel a inferiores y superiores, lo que haría sucumbir a estos últimos por la superioridad numérica de los primeros. Sin embargo, muchos intelectuales y políticos que no se alinean con el fascismo defendían la supremacía moral y económica de Occidente frente al resto de sociedades. Este el caso de los primeros antropólogos culturales, como Tylor, Morgan o Spencer, los cuales afirmaban que Occidente tiene una serie de valores culturales superiores a la del resto de razas. 

El Reino Unido y posteriormente Estados Unidos han adoptado posiciones mucho más discretas, pero también nefastas para su propia causa. Las potencias occidentales han intervenido en muchísimos países y regiones del llamado Tercer Mundo, provocando sangrientas guerras civiles, dictaduras y golpes de Estado con la excusa de occidentalizar y proteger a las respectivas poblaciones de la amenaza comunista. Varios políticos han utilizado el argumento de la "ofensiva contra Occidente y sus valores" para intervenir con el objetivo de defender sus intereses económicos y militares. Este es el caso de Ronald Reagan, el cual tachaba a la URSS de "imperio del mal", un adversario político y militar que tiene por objetivo la instauración del totalitarismo socialista, destruyendo la civilización occidental. Esta retórica populista le sirvió a Reagan para justificar las numerosas intervenciones militares que hizo Estados Unidos durante la Guerra Fría. 

La "decadencia de Occidente" es una obsesión intelectual que también inquieta a pensadores actuales, como Huntington, el cual en su ensayo El choque de las civilizaciones (1996) afirma que Estados Unidos y la Unión Europea son los grandes Estados que comandan la Civilización Occidental, la cual se caracteriza por la cultura cristiana católica-protestante blanca, enfrenta al resto de bloques civilizatorios que empiezan a comer terreno a Occidente, sobre todo China. Tal es la neurosis ideológica de Huntington que llega a afirmar que la inmigración descontrolada de latinoamericanos a Estados Unidos hará que un futuro Estados Unidos deje de ser occidental y pasea a ser parte de la civilización occidental, algo que no vale la pena analizar con seriedad por ser absurdo y estúpido. 

No solo hay voces occidentales que profetizan sobre el fin de su supuesta cultura, sino que muchos pensadores ajenos a occidente hacen los mismo de forma combativa. Un caso curiosos el de Frantz Fanon, escritor franco-caribeño que afirma que muchos de los conceptos que manejan sin tapujos los occidentales como raza, cultura o clase son aparatos de represión y autoridad mental sobre las vastas poblaciones de color que son explotadas por los intereses económicos y políticos. Más rocambolesca son las tesis del ideólogo ruso Dugin. En su libro La cuarta teoría política (2009), este afirma que la geopolíticas actual se configura a través de las identidades étnico-culturales. Occidente debe respetar los espacios de influencia cultural y económica de las nuevas potencias emergentes, como China, Rusia e India. 

Mucho se ha escrito sobre la situación de Occidente y su hipotética decadencia. Libros, ensayos y debates se han intercambiando y esgrimido en multitud de espacios y movimientos políticos. Sin embargo creo que los conceptos de civilización y "Occidente", como dirían los neopositivistas, están vacíos de sentido, pues no han referencia a hechos concretos, sino a elucubraciones abstractas construidas desde premisas ideológicas. Un ejemplo claro es la actual teoría conspirativa del "Genocidio Blanco o el Gran Remplazo". Esta conspiración afirma que existe un plan de los gobiernos progresistas para reemplazar a la población blanca de los países occidentales por razas de color. Este se llevaría a cabo por medio de la inmigración masiva y la mezcla multicultural, destruyendo la "esencia racial de la cultura blanca". Estas afirmaciones no descansa sobre hechos contrastables empíricamente, sean genéticos y/o históricos, sino que son productos de preconcepciones ideológicas acerca de la raza y la cultura carentes de sentido. 

Occidente se presenta como un concepto problemático. A groso modo, se entiende por Occidente como un grupo de naciones y culturales que comparten una historia y unos valores comunes. El problema reside a la hora de determinar cuál es el sustrato histórico-cultural que comparte todo Estado o Nación que se define como occidental. Huntington defiende que Occidente se sustenta en tres pilares: la tradición grecolatina, el cristianismo católico-protestante y la tradición democrática-liberal. Este autor acepta que varios de estos pilares son compartidos con otras civilizaciones. La tradición grecolatina y el cristianismo son compartidos con la civilización ortodoxa, mientras que el cristianismo y la tradición democrática liberal es compartida con Latinoamérica, mientras que esta última es solo compartida con países asiáticos como Japón o Corea del Sur. Solo la conjunción de los tres factores es la que da identidad a Occidente como bloque civilizatorio. 

Esta construcción teórica hace aguas por muchos sitios, pues separa el cristianismo en dos grupos de forma diferenciada, cuando podría dividirse en tres, obteniendo tres civilizaciones cristianas, la católica, protestante y ortodoxa. No obstante, de estas tres confesiones, solo la católica presenta cierta homogeneidad, pues el mundo protestante y el ortodoxo presentan grandes diferencias dentro de sí mismos. Las diferencias interculturales e históricas son tan grandes y multifactoriales que no puede determinarse un sustrato común para definir a Occidente desde términos históricos y culturales como pretenden todos estos pensadores e ideólogos. Ni si quiera la posición geográfica sirve, pues países muy diversos, de varios continentes y latitudes se identifican y son identificados como occidentales.  

Desde mi punto de vista el concepto de Occidente es demasiado difuso como para utilizarlo de pilar angular para un determinado discurso político. Muchos de estos filósofos sociales construyen auténticas morfologías y tipologías sobre las civilizaciones (véase el caso de Spengler, Toynbee, Huntington o Dugin entre otros) basadas en conceptos problemáticos como los de civilización, raza, cultura, Occidente u Oriente. Estos conceptos no están basados en un hechos contrastable y fungibles, sino sobre prejuicios intelectuales y morales. Los países occidentales no están sucumbiendo por falta de vitalidad cultural o espiritual, sino por dinámicas económicas y sociales muy concretas que no tienen nada que ver con estos discursos pseudohistóricos. Parece ser que Occidente existe más en la mente de sus defensores (y sus enemigos) que en la realidad tangible. 






sábado, 29 de enero de 2022

Ucrania: Occidente y el Nuevo Imperio Ruso

 Tambores de Guerras vuelven a sonar en el Este de Europa. Ucrania, el país más pobre de Europa junto con Moldavia, ve como el nuevo militarismo ruso sigue violando su soberanía nacional. Ante el peligro del expansionismo y separatismo ruso el gobierno ucraniano ha optado por acercarse a la OTAN y a la Unión Europea, con el objetivo de obtener la protección militar y económica frente a Rusia. Esto último, y la expansión reciente de la OTAN hacia el antiguo espacio soviético ha sido visto por Rusia como un ataque a su propia seguridad nacional y los intereses económicos que la oligarquía rusa tienen depositados en Europa. Rusia ha optado por ejercer su influencia geopolítica más agresivamente en lo que esta entiende como es su "esfera de influencia". Esto ha llevado a la militarización de muchos países exsoviéticos que no quiere saber nada de Rusia, como los países bálticos o Polonia. Ucrania ha sufrido varias violaciones de soberanía por parte de Rusia en esta última década. 

Desde el colapso de la URSS a principios de los noventa los países que la conformaban junto con Rusia han tomado diferentes caminos y perspectivas. Los países situados en Asia Central, a pesar de ser estados de plena soberanía, siguen inmersos en la esfera de influencia rusa, debido a los lazos históricos y económicos que las unen con la Madre Patria, además de no tener una alternativa próxima que compita con esta, como es el caso de la UE en Europa. Otros países de menor relevancia como Serbia, Armenia o Bielorrusia siguen siendo vasallos de Rusia. 

No obstante, muchos de los países exsoviéticos que conquistaron su independencia en 1991 han tomado un camino muy distinto, rechazando la supremacía rusa y alejándose todo lo posible de su influencia, incorporándose a la OTAN y/o a la UE para incorporarse económica y militarmente a Occidente como escudo contra la propia Rusia. Este es el caso de los países bálticos, los cuales se incorporaron con éxito a estas instituciones, cerrado la influencia rusa en sus respectivos países drásticamente. También es el caso de Georgia, la cual ha intentado por activa y por pasiva acercarse mucho más a Occidente que a Rusia, lo cual ha provocado que esta última interviniera en este pequeño país del Cáucaso con la excusa de defender a los movimientos separatista de Abjasia y Osetia del Sur. 

Ucrania es un caso parecido al de Georgia. Un país que ha sufrido muchísimo durante la larga ocupación soviética, siendo sus expresiones nacionales y culturales agresivamente reprimidas por el socialismo (nacionalista) soviético. La historia de Ucrania es una de las más trágicas, pues su posición geográfica la ha posicionado en una zona en la que han chocado grandes potencias. Durante mucho tiempo, Ucrania fue una zona fronteriza en la que grandes estados como la Mancomunidad Polaca-lituana, el Imperio Otomano y el Imperio Ruso han chocado y guerreado, llevando el caos y la miseria a los cosacos ucranianos, los cuales solo podían unirse en confederaciones tribales contra grandes estados militares. 

El propio nombre de Ucrania hace referencia a su posición geográfica, pues significa aproximadamente "tierra fronteriza". Este carácter fronterizo es lo que ha marcado el devenir histórico de Ucrania. Se encuentra en una posición estratégica de gran interés económico y militar. El suelo ucraniano es uno de los más fértiles del Mundo, tanto que Hitler desvió su "imparable" avance a Moscú durante la Gran Guerra Patria (1941-1945) para ocupar los campos agrícolas ucranianos con e objetivo de abastecer al Reich alemán y controlar la península de Crimea y el Mar Negro. Este último punto también es de vital importancia, pues Ucrania dispone de un acceso privilegiado al Mar Negro, y por ello al Mediterráneo Oriental. 

Todo Estado o Imperio que se ha conformado en cerca de Ucrania a considerado a esta como una zona de gran importancia militar y de seguridad. La geografía ucraniana se caracteriza por ser una zona bastante llana y homogénea, la cual está irrigada por varios ríos, siendo los más importantes el Dniéper y el Dniéster. Ucrania es una gran extensión de llanuras muy fértiles que no proporciona ninguna barrera natural que separe Europa Oriental de las llanuras rusas y centroasiáticas. Es por ello que los numerosos grupos nómadas han entrado a Europa por eta zona. Esto ha hecho que los Estados circundantes a Ucrania trataran a esta como una zona militar, en la que el control de las grandes llanuras es vital para abastecerse de alimentos y protegerse contra incursiones extranjeras. Precisamente Rusia, en su etapa imperial, entendió a Ucrania como una zona vulnerable para su seguridad debido a la presencia polaca, cosaca y otomana en la zona. 

El Imperio Ruso anexionó el Hetmanato cosaco en 1764 bajo el reinado de Catalina II, quedando el actual territorio ucraniano incorporado a la administración zarista. Esto inició la lenta pero inexorable rusificación del territorio ucraniano, en especial la zona oriental y Crimea. Esta última era (y sigue siendo) importantísima para Rusia, pues proporcionaba un puerto cálido a Rusia, Sebastopol, algo que le daba una nueva proyección de influencia sobre el Mediterráneo y los Balcanes, sobre todo en las poblaciones eslavas ortodoxas, como serbios, rumanos, moldavos o montenegrinos entre otros. Desde este momento, Ucrania ha sido una zona esencial para la geopolítica rusa.

Durante le Primera Guerra Mundial (1914-1918), el Imperio Ruso se disputó la supremacía de la Europa Oriental con el Imperio Austrohúngaro y el II Reich Alemán. Estas potencias en el pasado se había repartido el territorio de la moribunda Mancomunidad polaco-lituana, la cual poseía muchos territorios ucranianos, dejando su influencia en la comunidad católica que existe en la zona occidental del país homónimo. Austro-Hungría había remplazado la posición de dominación de Polonia sobre la población ucraniana occidental. Durante la guerra, Rusia fracasó estrepitosamente en la administración económica y militar del conflicto, colapsando el absolutismo zarista tras la revolución de febrero de 1917. No obstante, el subsiguiente golpe de Estado a manos de los bolcheviques provocó una tremenda anarquía en todo el territorio del ya muerto Imperio Ruso, lo cual provocó un caos militar y social brutal, pues varias facciones afloraron y se enfrentaron, a la vez que los ejércitos alemanes avanzaban por la llanura oriental. 

La Guerra Civil Rusa (1917-1923) supuso una auténtica sangría para toda la población. Varios bandos militares se enfrentaron entre sí, siendo los más importantes el Ejército Rojo, comandado por Lenin, Trotsky y los bolcheviques, y el Ejército blanco, una amalgama de monárquicos, liberales y nacionalistas que se oponían a la revolución comunista. En el caso de Ucrania, esta se desgarró en varios bandos que se matan entre sí, una guerra civil entre nacionalistas, comunistas y anarquistas. Con la firma del tratado Brest-Litovsk (1918), Rusia finaliza la Guerra por separado con las Potencias Centrales, cediendo grandes porciones de territorio, en especial Ucrania, lo cual queda explícitamente estipulado en el artículo 6 de dicho tratado. Ucrania se desliga formalmente de Rusia, aunque se hunde en el más absoluto caos en la lucha intestina entre nacionalistas y anarquistas, el famoso Ejercito Negro. Con el colapso de las potencias centrales y el fin de la Gran Guerra (1919) hizo que Rusia, reconvertida en la Unión Soviética, interviniera en Ucrania de una forma tan brutal que pudo aniquilar tanto a nacionalistas como a anarquistas, incorporando a Ucrania a su territorio como una República Socialista, una mera provincia del vasto Imperio Soviético. 

El periodo soviético de Ucrania fue brutal para la población de esta nación. El Comunismo de Guerra de Lenin (1918-1921), la Gran Hambruna de Stalin (1932-1934) o la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fueron acontecimientos de extrema violencia y miseria para el pueblo ucraniano. El estalinismo fue tan brutal sobre Ucrania que la Ocupación Nazi fue vista en un primer momento como algo preferible, tanto que muchos ucranianos veían como libertadores a las tropas teutonas. No obstante, esta situación cambio muy rápidamente. En su libro La Europa de Hitler (1995), el historiador y filósofo británico Arnold Toynbee explica que la ocupación nazi se volvió muy odiosa para los ucranianos debido a la políticas raciales y agrarias de los propios nazis. Para el alto comisariado nazi, los eslavos eran razas inferiores que debido a su debilidad racial eran propensos a propagar "terribles enfermedades sociales como el bolchevismo o el judaísmo". Es así que los nazis administraron Ucrania como una colonia de explotación militar, tratando a los ucranios como meros esclavos desechables, los cuales sería exterminados después de la victoria alemana sobre el bolchevismo eslavo. Esta actitud ante los ucranianos provocó que muchos de ellos rápidamente volvieran a regañadientes bajo la férrea tutela de Stalin. 

Con el colapso del III Reich alemán y la nueva ocupación soviética de Ucrania, esta estuvo bajo el yugo de la Rusia soviética durante casi toda la segunda mitad del S.XX. Esto provocó que Ucrania se convirtiera en una zona militar de gran importancia para el Imperio Soviético, pues le permitía proyectar su influencia económica y militar sobre las Repúblicas Democráticas colindantes. Ucrania se convirtió en un importante núcleo para la industria militar, energética y agraria para la URSS. La influencia rusa en Ucrania aumentó aún más la rusificación de la población de las regiones oriental de esta última, creando una realidad cultural y nacional paralela a la ucraniana, sobre todo en Crimea, la cual pertenecía a la RSFS, pero fue cedida a la RSS de Ucrania con la excusa de garantizar la integridad económica de la región, un error político casi a la altura de la cesión del Nagorno Karabaj a Azerbaiyán por parte de Stalin. 

El desastre nuclear de Chernóbil y la subsiguiente desintegración de la URSS permitió a Ucrania conquistar su propia soberanía nacional, antes claro de transferir las numerosísimas armas nucleares que se había dispuesto en el territorio. Ucrania pasó a ser gobernada por una oligarquía local con grandes conexiones económicas y políticas con la actual Federación Rusa, siendo de facto un país satélite de esta hasta las protestas del Euromaidán de 2014. Durante este periodo, los jerarcas ucranianos habían tenido una postura de simpatía con Rusia, pues los gaseoductos que transportan el gas ruso hasta la Unión Europea (en especia Alemania) pasan por Ucrania, cobrando esta un peaje y siendo a su vez abastecida también, algo indispensable para su subsistencia económica. 

Con el Euromaidán, gran parte de la ciudadanía ucraniana se deshizo de los dirigentes prorusos y fomentaron la formación de gobiernos mucho más próximos a la OTAN y la Unión Europea. Esta insurrección política y social provoco un contragolpe por parte de la población rusificada de Crimea y el Este de Europa, formándose movimientos y milicias separatistas que obtuvieron el control de sus respectivas provincias con el apoyo tácito de la Rusia de Putin. El caso de Crimea fue mucho más impactante, pues tropas rusas invadieron la península con el objetivo de tomar las instituciones públicas, garantizando un referéndum de autodeterminación, el cual conllevó  a la separación de Crimea y su integración a la Federación Rusa, garantizando el acceso y control del ejército y la marina rusa al Mar Negro. 

En el caso de Ucrania, la intervención rusa fue rápida y exitosa debido al estado paupérrimo del ejercito ucraniano y el aislacionismo diplomático del propio país. Las regiones del este se proclamorón como repúblicas independientes de facto, apoyadas técnica y militarmente por Putin. Una de las razones por las que el ejército ruso no pudo hacer frente a las tropas invasores rusas fue la anticuada doctrina militar de la propia milicia nacional. La disposición de las bases ucranianas a lo largo del territorio es un claro reflejo de esto último, pues la mayoría de las bases militares ucranianas están concentradas en la parte occidental, estando la frontera con Rusia escasamente defendida. La Federación Rusa ha visto como muchos de sus antiguos "aliados" se han incorporado a la OTAN y la Unión Europa con el objetivo de mejorar sus respectivas economías nacionales y tener un escudo militar contra la influencia del coloso eslavo oriental. A Rusia le quedan muy pocos aliados en Europa, siendo Serbia en los Balcanes, Bielorrusia en Europa Oriental y Armenia en el Cáucaso; además de algunas zonas separatistas como Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, Transnistria en Moldavia y Donetsk y Lugansk en Ucrania. 

Esto se debe principalmente a la herencia militar soviética, la cual dispuso las bases militares ucranianas en esta zona teniendo en menta una hipotética invasión de la OTAN. A su vez, el armamento y los dispositivos electrónicos militares estaban (y siguen siendo en muchos aspectos) muy despasados y obsoletos, siendo muy ineficientes contra las armas y tácticas modernas rusas. La corrupción endémica de los políticos y generales desmoralizaban a la población y a los propios soldados. La conjunción de todos estos factores hizo que el ejército ucraniano fuera incapaz de hacer frente a la intervención rusa y a la insurrección separatista del Este del país. Los acontecimientos ocurridos en 2014 son percibidos por los propios ucranianos como una debacle nacional, impulsando el surgimiento de movimientos y opines nacionalistas revitalizan la actitud de la población ucranoparlante frente a la intervención de Moscú. Esto ha tenido como resultado la modernización y profesionalización del ejército ucraniano, con un subsiguiente acercamiento y asesoramiento militar de la OTAN. 

La influencia de la Alianza y la Unión Europea ha sido percibida por Moscú como una violación de su histórica esfera de influencia, lo cual atenta contra sus intereses militares, económicos e ideológicos. Para Rusia, Ucrania es un punto de vital importancia, pues su llana geografía la hace de un fácil acceso a grandes ejércitos hacia Moscú. Por otra parte, si Ucrania se incorpora a la OTAN y esta última despliega misiles balísticos en el territorio ucraniano puede suponer un hipotético ataque contra Moscú que le impediría una respuesta rápida, rompiendo el equilibrio militar, algo que Moscú no piensa tolerar ni con Ucrania ni con Georgia.

La actual crisis de Ucrania rompe la estabilidad política y económica entre la OTAN y el Nuevo Imperio Ruso de Putin. Según Huntington estaríamos presenciando lo que él llamó un choque de civilizaciones, más concretamente entre la civilización occidental y la ortodoxa oriental. El propio Dugin, el paladín ideológico de la Nueva Rusia estaría de acuerdo. Sin embargo, creo que los conceptos de civilización occidental y ortodoxa no se ajustan con los hechos políticos y militares que estamos presenciando, ya que muchos países ortodoxos no quieren saber nada de su antigua metrópolis colonial, como son el caso de Rumanía, Ucrania, Moldavia o parte de Bulgaria; mientras que países de tradición católica como Hungría o Austria tienen ciertas simpatías frente al Gigante Ruso. Creo que la actual crisis de Ucrania refleja claramente un choque, más que de civilizaciones desde categorías culturales-religiosas, entre modelos político-económicos. Un enfrentamiento entre las democracias occidentales y posibles aliados, y el neoautoritarismo de grandes países como Rusia o China. 

Hasta hace relativamente poco Occidente dominaba el escenario mundial, siendo un ejemplo para el resto de los países de progreso y fortaleza. No obstante, los errores geopolíticos y económicos por parte de Estados Unidos y la Unión Europea a dejado un vacío de poder en varios sectores del globo. Este es el caso de Europa Oriental, donde ambos modelos chocan por la supremacía. Hungría y Polonia están transitando al modelo autoritario, mientras que Ucrania y Georgia pretenden asemejarse más al modelo occidental. 

En su famoso libro El choque de las civilizaciones (1996), Huntington argumenta que Ucrania es una nación desgarrada por hallarse en la frontera entre dos bloques civilizatorios. Aunque el grueso de su argumentación no sea válido, creo que la solución que propone a la situación inestable de Ucrania puede ser interesante. Considero que las partes rusoparlantes, si así lo desean, deberían separarse de Ucrania, reintegrarse en Rusia o constituirse como pequeño estado independiente próximo a Rusia. Por el otro lado, el remanente de Ucrania debe de constituirse como una república independiente, teniendo dos caminos a nivel internacional. O declararse territorio neutral, teniendo que ser respetado por Rusia y por la OTAN, o integrarse a la OTAN y/o a la UE con la condición de no permitir el despliegue de misiles balístico en su territorio nacional para tranquilizar a Rusia. 

La realidad política y social de Ucrania es amarga, pero debe de considerarse primero las fricciones de las grandes potencias para garantizar la seguridad del continente europeo y del orden mundial. Este no es el fin de la historia ni un choque entre civilizaciones, sino la ya vieja dialéctica de Estados que ha marcado la Historia de la Humanidad, la cual solo es un cúmulo de ruinas sobre ruinas, siendo los más desfavorecidos los que siempre pagan los platos rotos de sus  líderes y conquistadores... 

 



jueves, 27 de enero de 2022

Naturaleza y Cultura: por una interpretación biosocial de la cultura

 El campo de la ciencia sufre desde hace mucho una división artificial, pero que ha sido interiorizado por casi todos los científicos, a saber, la distinción entre ciencias naturales y ciencias sociales (o humanas). Parece ser que un muro epistemológico se alza entre las ciencias naturales como la física, la biología o la astronomía frente a otras disciplinas como la sociología, la antropología o la psicología social. En muchas ocasiones, estas distinciones es defendida por ambos grupos de "científicos", algo que difiere notablemente con respecto a tiempos anteriores. El caso de Charles Darwin es bastante ilustrativo. Predecía en su famosa obra El Origen de las Especies, que la psicología tendría un gran futuro si aceptaba la premisas básicas del propio evolucionismo, algo que sus propios sucesores defenderían fervientemente, como Galton, Spencer o Haeckel. 

Sin embargo, esta distinción entre las ciencias naturales y las mal llamadas ciencias del espíritu cogió fuerza con la obra de filósofos muy populares como Hegel o Dilthey. Para esta clase de pensadores, el mundo humano y social era irreductible y completamente diferente al mundo de las fuerzas naturales, debido a la única capacidad del ser humano de reflexionar y simbolizar. Esta concepción de la ciencia caló en algunos científicos de gran prestigio como el sociólogo francés Emilie Durkheim. En sus escritos, el cual afirmaba que la sociología seguía una serie de dinámicas y leyes propias que no eran comparables a las de la biología o la psicología. 

Esta distinción perdura en la actualidad debido principalmente a la predisposición conceptual de los especialistas de cada rama. Los científicos naturales en muchas ocasiones se separan de sus homólogos sociales debido a que las teorías y métodos de estos últimos son mucho más pobre y limitados que sus respectivos campos. Esto puede verse en el desarrollo histórico de los paradigmas científicos. Mientras que la mecánica newtoniana reinó en el campo de la física cómodamente entre los S.XVII y finales del S.XIX, el conductismo operante solo tuvo un par de décadas de hegemonía antes de caer en crisis y dar paso a una amalgama de teorías psicológicas, de las cuales ninguna llega a alcanzar el estatus de paradigma. Los científicos naturales tienen una gran reticencias a aceptar las vagas teorías de sus homólogos sociales.  

Por otro lado, los científicos sociales se sienten incómodos a la hora de compartir el espacio de trabajo con sus compañeros naturalistas debido a que no aceptan el carácter reduccionista. Esto se debe una posible usurpación profesional, pues si puede describirse los fenómenos psicológicos mediante la interacción de varias estructuras neurológicas y musculares con su medio ambiente con un grado de precisión y cuantificación, para qué recurrir a conceptos tan vagos y etéreos como los de mente o consciencia. Esto conlleva a que se adopte una separación más o menos incomoda, la cual encuentra su piedra angular en el concepto (y la vez fenómeno) de la cultura. 

La cultura es un término de gran polémica, pues suscita un conjunto de fenómenos sociales y emocionales que repercuten en la esencia del propio ser humano. La cultura se ha tomado durante muchísimo tiempo (quizás demasiado) como el reino de lo simbólico y social, el cual rigen una serie de leyes y dinámicas totalmente diferentes a la del reino de la Naturaleza.  El propio Hegel (influenciado por Fichte) diferenciaba entre naturaleza y cultura, siendo la primera el reino de la negación, la materia y la pasividad, mientras que la cultura es le reno del Espíritu, de la actividad y la moral, algo que distingue a hombre civilizado del "pobre salvaje". Realizar una historia de la concepto de cultura sería algo apasionante, pero a la vez muy laborioso que excede las modestas dimensiones de este pequeño ensayo. Sin embargo, si que puede decirse que el estudio de la cultura como fenómeno científico ha sido monopolizado por una disciplina en concreto, la antropología cultural. 

La antropología cultural puede entenderse como la ciencia que estudia la cultura y sus manifestaciones, acudiendo a las representaciones simbólicas y a las instituciones que las caracteriza. No obstante, el mismo concepto de cultura se presenta confuso y vago, pues entre los especialistas y las escuelas que pueblan esta disciplina no existe un consenso claro sobre este. Muchos han sido los que han definido la cultura, desde Cassirer y su neokantianismo, pasando por el estructuralismo de Strauss, hasta la hermenéutica posmoderna actual. Sin embargo, y a pesar de las grandes diferencias entre escuelas y especialistas, casi todas las definiciones giran en torno a la cultura un carácter simbólico y social. La cultura puede esbozarse como la realidad simbólica que comparte una comunidad humana en un determinado contexto, la cual es transmitida a de una generación a otra por medio de la tradición. 

Sin embargo esta primera aproximación o esbozo del concepto de cultura sufre de una vaguedad y opacidad imperdonable para cualquier interpretación de dicho fenómeno. Esto se debe a que se pretende definir la cultura con un concepto también difuso, el símbolo social. Un símbolo es una representación o figuración que tiene un significado metafórico para quien lo percibe, siendo el simbolismo social aquel conjunto de representaciones con significado que comparte una comunidad. El problema con esta aclaración es que se basa en una abstracción en otra abstracción igual o más de difusa, pues definir el simbolismo como la representación con significado trae consigo el problema de definir los conceptos de "representación" y "significado", algo que nos lleva a un camino de complejas y estériles abstracciones intelectuales. 

Siguiendo la estela de Kant, los concepto deben de acomodarse a los fenómenos empíricos que pretenden describir, siendo los conceptos reflejos abstractivos de la información empírica. Creo que uno de los pocos antropólogos que consiguen definir la cultura desde unos parámetros científicos es Martin Harris, el cual adapta y corrige la interpretación materialista de Marx al campo de la cultura. Para Harris y su materialismo cultural, la cultura es el conjunto de herramientas y creencias que adopta una sociedad con el fin de afrontar los problemas que le plantea una presión ambiental determinada. Aunque esta definición pueda parecer generalista y simplona, funciona a nivel epistemológico mejor que sus competidoras, pues es capaz de basar un concepto en un conjunto integrado en variables observables y cuantificables, como son las relaciones ecológicas entre un grupo de organismos y su contexto material. A mi juicio, y quizás en desacuerdo con el propio Harris, el materialismo cultural plantea un cambio conceptual sin precedentes, pues abre la puerta a tratar la cultura no como un reino simbólico diferente al natural, sino como un caso especial dentro de la ecología evolutiva. Creo que la cultura y el resto de fenómenos sociales debe de entenderse como fenómenos biológicos prescritos a las mismas leyes, entre ellas la selección natural. 

La selección natural, la cual fue desarrollado por los geniales Darwin y Wallace, es el mecanismo subyacente que describe y explica el devenir de los fenómenos biológicos (incluso físicos). No obstante, al igual que muchos otros conceptos, la selección natural ha sido muy mal entendida por muchos y con terribles consecuencias. Popularmente se ha definido la selección natural como la persistencia de aquellos organismos más capacitados y aptos, con lo cual se afirma que los seres que persisten son aquellos que se sobreponen a los más débiles. A pesar de la popularidad de esta interpretación, esta no fue concebida por Darwin y sus verdaderos discípulos, sino que fue popularizada por Spencer, el cual ya habla de evolucionismo social antes del propio Darwin. 

La selección natural consiste en que la presión ambiental "selecciona" a aquellos grupos y especies que están peor adaptados a un contexto ecológico determinado. Esta selección puede conllevar a una serie de consecuencias, desde la exclusión a una parcela ecológica concreta, hasta la total eliminación de la especie o grupo de organismos. Desde este punto de vista, los términos superior/inferior o fuerte/débil como categorías de la evolución carecen de sentido, pues lo único que puede afirmarse es que una determinada forma de vida persiste no por sus cualidades intrínsecas, sino por el grado de adaptación (o sinergia) al contexto ecológico en el que subsiste, siendo que, si se produce un cambio en este último, lo que antes podría afirmarse que era adaptativo, ya no lo sea, lo que puede conllevar a su eliminación en el nuevo ecosistema. Ese es el caso del mamut, el cual estaba bien adaptado al ecosistema de las grandes Glaciaciones. Pero en el momento en que el clima cambió considerablemente, el mamut perdió progresivamente terreno hasta llegar a su total extinción. Lo que popularmente consideramos como "evolucionado" puede dejar de serlo y viceversa. 

El ser humano, antes que político, científico, pensador o artista, es un ente biológico más, llamado Homo Sapiens, el cual no deja de ser un animal más de la cadena trófica. Los actuales seres humanos somos el resultado de siglos de evolución biológica. Tanto nuestra constitución física como mental es el resultado de este proceso de selección natural, siendo los actuales seres humanos aquellos que nos hemos adaptado mejor a las dinámicas ecológicas que han devenido en toda nuestras Historia Natural. Muchos objetan que el ser humano es totalmente diferente al resto de los animales debido a su capacidad simbólica y moral. Es cierto que estas son únicas del ser humano, pero no quiere decir que sean exclusivas de este último, ya que pudieron existir otras especies de homínidos que tuvieron capacidades similares, aunque quizás menos complejas. A su vez, es muy probable que existan otros seres biológicos (o incluso artificiales) con estas capacidades en otros mundos del espacio exterior. 

Los fenómenos culturales y morales pueden entenderse también desde la selección natural. Las culturas que persisten en la actualidad son aquellas que mejor se han adaptado a las condiciones materiales en las que se han desarrollado. Un ejemplo sería el actual sistema económico. El capitalismo coexistió en el mismo ambiente ecológico con otros sistemas, como el feudalismo, el absolutismo o el socialismo. Todos estos sistemas compartían el mismo nicho, pero el capitalismo pudo persistir debido a su flexibilidad adaptativa, siendo los otros sistemas económicos seleccionados en el más estricto sentido darwiniano, extinguiéndose sin más, como el feudalismo o el fascismo, o quedando arrinconados en pequeñas parcelas marginales, como el absolutismo o el socialismo.  

Ahora bien, aunque la selección natural siempre se ha aplicado al material genético, esto no quiere decir que este último sea el único que la padece. Los fenómenos del aprendizaje social y cultural que son capaces de solucionar problemas (la ciencia, la tecnología, la gastronomía utilitaria...), o los fenómenos neutrales persisten en la comunidad. El mecanismo de transmisión no es genético, sino por medio del aprendizaje vicario, pero sigue una mecánica similar, lo que Richard Dawkins denominó memética. Aunque esta última es muy discutible en sus detalles, creo que la idea clave es válida, que muchos de los fenómenos sociales y culturales persisten en el tiempo porque, o son útiles, o por le menos no perjudican gravemente en un contexto ecológico concreto. La realidad humana es biosocial, siendo la genética y la cultura el material fundamental sobre el que opera la selección.

La selección natural (y/o cultural) supone un mecanismo descriptivo y explicativo de una gran generalidad y universalidad que permite conformar un marco de trabajo para futuras hipótesis y teorías científicas, siendo la tarea de las ciencias sociales el describir y explicar cómo se aplica la selección natural respecto al devenir de dinámicas grupales, culturas, instituciones sociales o sistemas económicos entre otros. Un ejemplo es la sociología, la cual, en vez de limitarse al análisis de discursos y a la hermenéutica posmoderna, podría intentar explicar cómo un modelo de sociedad desplaza a otro. 

La antropología cultural puede seguir perfectamente un camino muy similar. Las diferentes culturas que surgen en el devenir histórico forman un serie de herramientas, instituciones y creencia, con el objetivo de mantener la homeostasis con sus contexto ecológico. Todas estas compiten entre sí, debido a que comparten multitud de nichos, pudiendo a su vez cooperar entre ellas para aumentar sus posibilidades. Aquellas culturas que se adaptan con mayor facilidad a su entorno por medio de dichas herramientas y creencias, son las que realmente tienen éxito y persisten, mientras que las demás son seleccionadas, quedando relegadas a estrechos territorios, como es le caso de las comunidades tribales, o extinguidas sin más, como la cultura manchú imperial. 

El evolucionismo biosocial puede ser el esbozo de un paradigma que de una base fructífera a la comprensión de la naturaleza humana, pudiendo explicar multitud de fenómenos culturales, recurriendo a la relación de las comunidades humanas con sus condiciones ecológicas en las que se desarrollan. Esto permite formular hipótesis falsables, sin caer en burdos reduccionismos genéticos y culturales. Aplicando la selección natural a las ciencias sociales (siendo el meme y no el gen la unidad evolutiva social), estas podrán formular hipótesis y teorías falsables y de gran potencia explicativa, elevándolas al rango de ciencias de pleno derecho, eliminando la distinción entre ciencias naturales y sociales, unificando la ciencia, acercando a ser humano a una comprensión más clara y racional de la propia realidad. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

¿Padre, por qué me has abandonado? La agonía del hombre ante la imposibilidad del Ser

 

Al estar Cristo clavado en la cruz ante la aprobación de Roma y del Sanedrín, ahogadas sus esperanzas de humanidad y universalismo, el Nazareno pronunció estas palabras que titulan el presente ensayo (Mateo 27:46). Según Zizek, esta es la prueba del ateísmo implícito del cristianismo, algo que se acerca a las opiniones dadas en este escrito, pero que no termina por encerrar la profundidad del discurso final de Cristo. 

Como buen español, el catolicismo ha sido uno de los pilares espirituales de mis creencias y actitudes ante la vida. A pesar de que no profeso dicha confesión a día de hoy, reconozco que la visión acerca de Cristo que plantea es de una profundidad inmensa, afirmando sin tapujos que describe con precisión el llamado "vértigo existencial" en el que vive este animal de contradicciones llamado hombre. En su excepcional libro Del Sentimiento Trágico de la Vida de los hombres y los pueblos (1913), Miguel de Unamuno expone, a su juicio, las diferencias espirituales entre las tres grandes ramas del cristianismo, a saber: ortodoxia oriental, catolicismo y protestantismo. 

La primera, según el castizo filósofo, es una interpretación puramente teológica de Cristo, un misticismo platónico ritualizado y fosilizado. Por otro lado, el protestantismo es la cara moral de Cristo, siendo este el legislador moral universal, tal como explicaba Kant en su ensayo La Religión dentro de los límites de la mera razón (1794). Sin embargo, el catolicismo es un punto intermedio entre estas dos interpretaciones radicalmente diferentes. El catolicismo ve en Cristo la figura moral del hombre, que, ante la imposibilidad de llegar al corazón de los hombres, se entrega a los brazos de lo trascendente, hacia lo suprasensible y lo extra-ético, Dios Padre.  

Volviendo al episodio bíblico, Cristo perdió la fe por un instante ante el fracaso de su mensaje. Fue consciente de la imposibilidad de su mensaje, del utopismo de su amor universal entre los hombres. Cristo no quería restaurar el Reino de Israel como pretendían los semitas, ni instaurar una Iglesia universal como aspiraban sus mal llamados seguidores. Cristo no era un mesías militar como lo fue Mahoma. Lo que pretendía era que hombres y mujeres fuesen iguales ante Dios, una comunidad de hermanos iguales ante los ojos de lo suprasensible. 

El mensaje de Jesús, tal y como lo relata (a mi juicio) este fragmento del Evangelio según Mateo, representa el desengaño final, la muerte de los ideales elevados, el fin del último hombre descrito por el monstruosos Nietzsche en su tormenta en forma de libro Así habló Zaratustra (1883). Jesús, el presunto Hijo Dios, el Verbo hecho Carne, el Mesías prometido por Yahvé a Abraham y Moisés, perdió la fe, dejó de creer en su Padre y en su mensaje. Desde la mismísima Cruz, bañado por la sangre derrama de su martirio final, sintió el abandono de su Padre, esa angustia vital que tanto obsesionaba a Heidegger. Tal es la desesperación que siente el supuesto salvador, que recrimina de esta soledad vital a su propio Padre, un acto de rebeldía edípico que tiene por respuesta el frío metal de una lanza romana. 

Cristo murió en la cruz sin creer en su propio mensaje, todo lo que hizo fue en vano. Contempló como sus seguidores lo rechazaban, como su madre era devorada por la angustia y como su propio pueblo lo vendía a Roma a cambio de Barrabás. Cristo representa en esta escena la miserable condición del hombre, aquella nausea sartreana que aspira al Absoluto y se ahoga en la Nada. El hombre, por medio de su razón y su sentido de la moral, aspira constantemente volver al paraíso prediluviano, cosechando infiernos tras infiernos debido a su propia soberbia. 

Cristo murió por su propia soberbia, por su deseo de cambiar a los hombres a mejor, y al darse cuenta de su error, renuncia a su mensaje por medio de la rebelión contra su Padre. Sin embargo, a pesar de todo el desengaño y el dolor al que fue sometido, Jesús, en su expiración final, volvió a rogar por su Padre, gritando: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (Lucas 23:46). Esta plegaria final muestra a mi juicio la naturaleza humana, pues ante la desesperación más absoluta, ante la duda y la muerte, el hombre, a pesar de no tener motivos para creer en nada, cree, cree por necesidad, por un impulso inconsciente que recorre a toda la especia, aquello que tan brillantemente Schopenhauer en su Sobre la voluntad en la naturaleza (1854) describió con una genial frase: toda entidad pretende anteponer su voluntad ante el cosmos. 

La muerte de Cristo, vista desde la perspectiva católica, representa la condición vital del hombre, pues ve a Jesús como un ejemplo moral, un legislador de una nueva ley para el hombre, pero que al fracasar en su cometido y renegar de su mensaje, se entrega a lo místico, a lo irracional y  lo trascendente. Jesús se entrega en su muerte a Dios porque ha fracasado como hombre, convirtiendo la moral en teología. La resurrección de la carne no es más que una promesa vacía que hace Jesús a los hombres, pues viendo este la incapacidad moral de estos para guiar sus vidas en el amor, les entrega una teología inalcanzable, tan falsa como vacía. Jesús murió en la Cruz y no ascendió a la los cielos, pues su reino no era el paraíso, sino los corazones de los hombres, que al escuchar su mensaje, le respondieron con unos clavos y un par de tablones.   

La escula Austria de economía y la pseudociencia de la praxología

 Una de las escuelas de pensamiento económica que se se ha puesto de moda entre muchos políticos, ideólogos y demás difamadores es la escuel...