sábado, 9 de abril de 2022

Anotaciones a la Teoría Respuesta del Ítem

 La Teoría de Respuesta del ítem (TRI) surge a raíz de las diferentes críticas y limitaciones de la Teoría Clásica de los Tests (TC). Esta concepción clásica tiene como base el concepto de fiabilidad global del test, X=V+e. Este modelo lineal no podía lidiar con un problema muy específico, el cual se resume tanto en el concepto de aptitud como en la deficiencia del concepto de error de medida. Con lo último expuesta y con las diferentes revoluciones tecnológicas, surgieron los conceptos básicos que engloban la TRI, ya sea la curva característica del ítem o la individualización del propio ítem. Sin embargo, no es hasta el final de los años 60 cuando la TRI llega a su punto de inflexión, pues a raíz de los trabajos de Lord y Novick (1968) comienza un periodo de crecimiento y expansión sin precedentes. Es en este momento donde se vislumbran las posibilidades reales de la aplicación de los modelos TRI. 

Sin embargo, no será hasta la década de los 80 cuando se produzca la verdadera expansión y afianzamiento de la TRI y su masivo predomino en la psicometría moderna. Cabe destacar en este periodo la publicación del libro Amplications of Item Response Theory to Practical Testing Problems de F. Lord (1980), suponiendo un hito histórico y bibliográfico para la TRI. A partir de estos trabajos se desarrollaron los principales modelos que caracterizan a la TRI. Estos modelos logísticos están en función de tres parámetros, dividiéndose en tres modelos: 

a) de Rasch: P(Ꝋ)= eD(Ꝋ-b) / [1+ eD(Ꝋ-b)] 

b) de 2 parámetros: eDa(Ꝋ-b) / [1+ eDa(Ꝋ-b)]  

c) de 3 parámetros: C+(1-C) x(eD(Ꝋ-b) / [1+ eD(Ꝋ-b)]) 

Estos modelos asumen la existencia de un constructo no observable, ya sea un rasgo o una aptitud unidimensional, es decir, el ítem mide un único rasgo/aptitud. Por otra parte, los modelos se basan en la probabilidad que tiene el sujeto de acertar un ítem con una determinada aptitud, además de su dificultad (b), de su capacidad de discriminación (a) y del acierto al azar (c) que puede existir en el ítem (depende de sus alternativas). 

Por último, cabe destacar uno de los supuestos más importantes de esta teoría, la Función de Información (FI), la cual expresa la precisión con la que la prueba mide a lo largo de los distintos valores de la escala de la variable medida (Ꝋ). La FI de la prueba/ítem permitirá conocer para qué valores es más preciso el test/ítems, con lo que el uso de un test u otro va a depender del tipo de sujetos a evaluar, por tanto, no se utilizará el mismo test con sujetos de competencia baja, media o alta, lo cual solo es posible a la invarianza de las mediciones respecto del test utilizado que permite la TRI. 

Referencia: Fernández, J. M., & Hambleton, R. K. (1992). Medio siglo de teoría de respuesta a los ítems. Anuario de psicología/The UB Journal of psychology, 41-66.


lunes, 4 de abril de 2022

La cuestión saharaui: El Sáhara Occidental y el Gran Marruecos

 Uno de los grandes fracasos de la política exterior occidental, y en particular la de España, es el conflicto saharaui. Las fricciones entre el nacionalismo saharaui y el expansionista marroquí es una de los problemas internacionales que ha empañado la escasa influencia que tiene España a nivel internacional. Este conflicto supone un serio obstáculo para la seguridad de la zona, tanto para Marruecos, Argelia, España, como para el propio pueblo saharaui. 


La cuestión nacional de este último ha sido utilizada por varios agentes políticos para defender sus intereses militares y económicos, siendo Argelia la principal potencia que apoya a este remoto territorio contra la ocupación marroquí. España siempre ha tenido un perfil bajo y principalmente neutral en dicho conflicto, haciendo que sus relaciones con Marruecos hayan tenido altibajos. Sin embargo, la crisis migratoria con Marruecos el pasado año y el actual cambio brusco de posición por parte de España, siendo ahora favorable al proyecto de autonomía propuesto por el país magrebí; ha provocado que muchos se pregunté por el conflicto saharaui, siendo el cometido de este artículo aclarar dicho tema. 

El Sáhara Occidental es un territorio del norte de África que se localiza en la costa occidental, entre Marruecos (al norte) y Mauritania (al sur). Dicho territorio es casi en su totalidad desértico e inadecuado para la agricultura, experimentando temperaturas de extremo calor en casi todo el territorio, menos en las zonas costeras y en la zona norte, done existen algunos oasis. Por otra parte, el territorio presenta ricos yacimientos de fosfatos, algunos de petróleo y gas, y grandes caladeros de pesca muy próximos a las Islas Canarias. El desarrollo económico del territorio es casi inexistente, siendo el comercio y la extracción de recursos naturales controlados por Marruecos. Este último ocupa militarmente la mayor parte del territorio desde el Norte, estando el pueblo saharaui recluido en el sureste de la región, sin poder acceder regularmente al mar, siendo esta zona todavía más inhóspito y estéril. La población profesa aplastantemente el islam sunní, además de estar culturalmente arabizados, aunque muchos elementos de la tradición bereber están presentes tanto en la población saharaui como en la marroquí. Una vez establecido el contexto geográfico-cultural que subyace al conflicto, debe de comprenderse las causas históricas que marcan la situación actual.

Durante la mayor parte del tiempo, este territorio estuvo escasamente poblado debido a la esterilidad del suelo y el clima, siendo recorrido por caravanas de pastores y comerciantes nómadas que ponían en contacto el Magreb occidental con el África subsahariana. Esas comunidades nómadas se dedicaban en ocasiones al pastoreo, el comercio y la pesca, no desarrollándose ningún Estado organizado más allá de la ocupación del Imperio Almorávide y más escasamente el Almohade. A partir del S.XV la presencia española se hizo notar lentamente, mediante fuertes y puntos costeros para mantener la seguridad de las rutas comerciales y explotar los puntos de pesca. Sin embargo, España se limitó a estos puntos costeros, quedando el interior de la región totalmente marginada. 

La expansión colonial que experimentaron las potencias europeas (y Estados Unidos) durante la segunda mitad del S.XIX produjo la repartición de África entre estas, quedando plasmado en la famosa Conferencia de Berlín en 1885. Durante este reparto, España quedó en un puesto marginal respecto a otras potencias, pudiendo mantener el norte de Marruecos (conquistado durante la guerra de Tetuán 1860), el territorio de Ifni, el Sahara Occidental y el actual territorio de Guinea Ecuatorial.  En este periodo Marruecos quedo dividido en dos, por un lado, el protectorado norteño de España, y el protectorado francés que ocupaba el resto del territorio (que era mucho más grande). 

A partir de este momento, España empieza a aumentar su presencia en dicho territorio, estableciendo algunos contactos con las tribus autóctonas del país, pero España, al igual que el resto de las potencias europeas en áfrica, solo se preocupó por explotar algunos de los recursos naturales del país, sin invertir mucho en infraestructuras y desarrollo socioeconómico de la población autóctona. Solo hasta 1934, durante la Segunda República, cuando se ocupa todo el territorio, quedando controlado por una fuerza militar limitada.  


 Con la victoria del bando nacional durante la Guerra Civil (1936-1939) y la instauración de la dictadura franquista, el Sahara Occidental empieza a experimentar cierto desarrollo económico, ya que a partir de 1949 se descubre ricos yacimientos de fosfatos. No obstante, y a pesar de la resistencia del régimen franquista, la ONU recomendó la descolonización del territorio en 1967. A esto se le debe unir la independencia de Marruecos y Mauritania, países que tras su nacimiento expusieron sus respectivas reclamaciones territoriales sobre Sahara Occidental. Con ello aparición el primer movimiento nacionalista de la región, la Organización Avanzada para la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro, la cual empezó a operar contra la ocupación española. Ante las presiones internacionales, Franco optó por recalificar a dicho territorio como provincia española, dándole la ciudadanía a todos los saharauis. Esto no frenó las reclamaciones de Marruecos y Mauritania, ni el surgimiento del Frente Polisario. 


Marruecos, con el apoyo logístico y financiero de Estados Unidos y Arabia Saudí, orquestó una operación de ocupación del territorio el 6 de noviembre de 1975 mientras Franco agonizaba en su lecho de muerte. La marcha verde fue un conjunto de 300.000 marroquíes civiles (escoltados por fuerzas militares), que ocuparon gran parte del territorio del Sahara Occidental, obligando a Juan Carlos I (jefe de estado en funciones ante la evidente muerte de Franco) a preparar la operación Golondrina, la cual simplemente consistió en la evacuación de toda la presencia española del territorio, dejando a los saharauis frente a la invasión marroquí. 


El Frente Polisario, apoyado principalmente por Argelia, ha mantenido una guerra desigual contra el ejército real marroquí. A pesar de que la ONU declaró que debía de realizarse un referéndum de autodeterminación para la región, este nunca se llevó a cabo, y hay muchas dudas de que vaya a celebrarse. Durante años, Marruecos ha fomentado la colonización del territorio, expulsando a los saharauis de sus tierras, siendo habitadas estas últimas por familias marroquíes. Además, Marruecos se ha asegurado las principales fuentes de recursos naturales de la región, desde las minas de fosfato y hierro, pasando por los pozos de petróleo y gas, hasta los caladeros pesca. A su vez, Marruecos ha establecido un extensísimo muro de seguridad militar que divide el territorio de Norte a Sur.


 Marruecos alega que este territorio le pertenece por derecho histórico, esgrimiendo el concepto del Gran Marruecos, desarrollado por el ministro de relaciones exteriores del país, Allal al-Fasi. Este concepto nacionalista entiende que el territorio marroquí debe de comprender aquellas zonas que han sido parte su propio desarrollo histórico. Varios de los territorios reclamados son todo el Sahara Occidental, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, la totalidad de Mauritania, el Oeste de Argelia y algunas zonas del norte de Malí. Ante la inestabilidad interior, el rey Hasan II fomentó esta visión nacionalista de Marruecos con el objetivo de crear una fuerza nacional que le diera legitimidad, táctica que ha sido heredara por su hijo, el cual rey Mohamed VI. 


Las reclamaciones marroquíes sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, además de la presión migratoria que ejerce el propio Marruecos, hace que España tenga a su vecino del sur en el punto de mira. Sin embargo, la técnica que ha utilizado los sucesivos gobiernos de España ha sido la de apaciguamiento, aceptando las reclamaciones marroquíes sin que atente contra la integridad de la nación española. Además, España tiene relaciones comerciales importantes con el mayor enemigo de Marruecos, Argelia. Esta suministra de gas a España por medio de dos gasoductos, importantísimos para la vitalidad económica de España.

La inmigración de personas del Magreb y del África subsahariana hacía la Unión Europea encuentra en la frontera hispano-marroquí una de las principales válvulas de escape para este flujo migratorio. Durante muchísimo tiempo, Marruecos ha hecho de muro de contención para todos estos inmigrantes, por lo que Marruecos cobra a España y la Unión Europea muchas ventajas económicas. España ha tenido una postura blanda con Marruecos con el objetivo de mantener a ralla los movimientos migratorios hacia su territorio y mantener en un perfil más bajo las reclamaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla y las aguas de Canarias. Debido a esta relación simbiótica entre España y Marruecos, este último no buen con buenos ojos las relaciones del país ibérico con el pueblo saharaui y el Frente Polisario. 

Marrueco afirma necesitar el Sahara Occidental para garantizar un espacio vital dentro de su retórica nacionalista, centrar las fuerzas nacionalistas en la consecución de estas conquistas exteriores para que no se cuestione los mediocres resultados económicos y sociales que ha dado la Corona de Rabat a sus súbditos, garantizado su legitimidad y permanencia en el poder. España supone un elemento crucial para dicho plan nacionalista. Para controlar cada vez más a España, Marruecos ha reconocido al Israel como un Estado legítimo, a cambio de que Estados Unidos reconociera la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, además de modernizar su ejercito gracias al material norteamericano, acortando a gran velocidad la diferencia de poder militar entre España y Marruecos. 

Las relaciones de España con el Frente Polisario han hecho que Marruecos presione con el flujo migratorio, sobre todo en las poblaciones de Ceuta y Melilla. Unido a la crisis de la Guerra de Ucrania (2022) y la inestabilidad política que sufre España, el gobierno ha optado por claudicar ante las exigencias de Marruecos, reconociendo su soberanía bajo un régimen autonómico especial, a cambio de respetar la soberanía sobre las ciudades autónomas y las aguas canarias. Argelia ha protestado por esto último, aunque muchos piensas que esta ha abandonado la causa saharaui con el fin de poder vender en grandes cantidades (y a mayor precio) gas a Europa, algo que necesita desesperadamente su débil economía. Marruecos gana una gran influencia sobre España y la soberanía sobre el Sahara Occidental, mientras que España y Argelia ganan jugosas relaciones económicas. Parece ser que todos los agentes externos se han puesto de acuerdo para que todos puedan ganar en este conflicto, siendo el pueblo saharaui olvidado por todos. 



La cuestión saharaui es difícil de tratar. Según la ONU, sigue siendo un territorio pendiente de descolonizar, teniendo que realizarse un referéndum de autodeterminación. El problema reside en el carácter nacional del pueblo saharaui y la demografía del territorio. Durante muchos años, las políticas de colonización seguidas por Rabat han provocado que haya muchísimos marroquíes viviendo en la zona, algo que hace que los saharauis rechacen un referéndum con la población actual por miedo a que los colones voten en masa el pertenecer al Marruecos. Por otro lado, la identidad saharaui es bastante difusa desde las concepciones nacionalistas. 

Según Mazzini, el padre del nacionalismo italiano, una nación saharaui es inviable debido a que no supera “el umbral nacional”, algo que los nacionalistas e imperialistas marroquíes aplauden. El nacionalismo saharaui se ha cohesionado muchísimo más teniendo a Marruecos como agresor. Sin embargo, el subdesarrollo económico de la zona y la ocupación marroquí ha provocado que no se desarrolle una cultura saharaui más allá del conflicto bélico con Marruecos. Además, la constante migración ha mermado las capacidades culturales de este pueblo, militarizando la sociedad saharaui. La cuestión nacional del Sáhara es de difícil solución, pues tanto marroquíes como saharauis comparten la zona. Los idealistas piensan en el federalismo como solución, pero la realidad material plantea un destino muy diferente, la asimilación forzada y el genocidio cultural por parte de la tiranía marroquí y la complicidad internacional. España ha traicionado a sus propios hermanos, los saharauis.






viernes, 1 de abril de 2022

Schopenhauer y la metafísica de la voluntad

Arthur Schopenhauer (1788-1860) es quizás uno de los mejores filósofos en cuanto a estilo. De un carácter muy complicado, expresaba en sus voluminosos escritos un tono muy ácido y voraz, unido a un rigor explicativo y conceptual que deslumbró a grandes pensadores como Nietzsche, Wittgenstein o Unamuno entre otros. Schopenhauer representa el inicio de la decadencia del idealismo alemán iniciado por Kant (su gran maestro). Schopenhauer, siguiendo los principios de la filosofía teórica kantiana, lleva a esta última a su extremo, desacreditando las doctrinas idealistas de Fichte, Schelling, y en especial Hegel, como mera sofística sin fundamento alguno, un insulto a los grandes avances que había hecho el propio Kant. Schopenhauer inicia así lo que habitualmente se denomina irracionalismo vitalista, la crítica de la razón como elemento fundamental del conocimiento y la existencia, abriendo la puerta a una serie de corrientes y nuevas doctrinas, como el existencialismo cristiano de Unamuno (1864-1936) o el psicoanálisis de Freud (1856-1939). 

La filosofía de Schopenhauer inicia en su famosa tesis doctoral Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente (1813), su tesis doctoral ante la universidad de Jena. En este escrito Schopenhauer establece las bases de su propia filosofía, a saber, el rechazo del idealismo hegeliano (con algunos fragmentos con mucho humor), y la restructuración y la depuración de los principios de la Crítica a la Razón pura de Kant. En su tesis, Schopenhauer reduce las categorías intelectuales kantianas (las cuales son 12) a solo tres, espacio, tiempo y causalidad. Esta es una de las grandes diferencias entre Kant y Schopenhauer. Para Kant, el espacio y el tiempo son formas a priori que posibilitan la sensibilidad, mientras que, para su discípulo, estas son categorías intelectuales, ya que toda captación sensible, por muy empírica que sea, conlleva en sí misma un proceso intelectual, por lo que esta los define como categorías del intelecto. Por otra parte, la causalidad es la categoría fundamental para Schopenhauer, siendo el resto de las categorías kantianas reducibles a esta última. La causalidad se subdivide en cuatro raíces o principios, todos derivados del principio de razón suficiente: 

A) Principio del devenir: esta modulación de la causalidad hace referencia a los cambios que percibimos de un estado fenomenológico a otro. Regula las relaciones entre las cosas naturales y determina la sucesión necesaria del efecto a la causa. 

B) Principio del conocer: este regula las relaciones entre juicios, haciendo posible las conexiones de representaciones entre sí, formando lo que Schopenhauer llama representaciones de representaciones, por lo que este principio posibilita el conocimiento abstracto en general. 

C) Principio del ser: este Regula las relaciones entre las partes del tiempo y del espacio, y por eso mismo determina la concatenación lógica de los entes aritméticos y geométricos, posibilitando a su vez el conocimiento matemático en general. 

D) Principio del obrar: Regula las relaciones entre las acciones y las hace depender de sus motivos. La motivación es, por ello, una clase particular de la causalidad y, precisamente, la causalidad vista desde el interior mismo del sujeto. 

Estos son los principios que regulan lo que Schopenhauer definía como mundo fenoménico. Sin embargo, y en contra de la tesis subjetivista de Fichte, Schopenhauer aceptaba la realidad del noúmeno kantiano. Sin embargo, afirmaba a su vez que el camino hacia el conocimiento de la realidad suprasensible o nouménica no es la especulación de la metafísica clásica, la cual es totalmente estéril, sino el examen crítico de la naturaleza subyacente del sujeto trascendental, la voluntad. 

La obra más importante del presente autor es su voluminoso libro El mundo como voluntad y representación (1819). En esta Schopenhauer hace una síntesis compleja de los postulados básicos de la epistemología kantiana (además de otras lecturas como la de Platón, Aristóteles o Spinoza) con la metafísica oriental de Buda y la tradición brahmánica. Schopenhauer entiende que la voluntad es la realidad subyacente del mundo fenoménico, una voluntad ciega y universal que se manifiesta en la naturaleza, tanto en la inorgánica, como en la orgánica. En un escrito posterior, Sobre la voluntad en la naturaleza (), Schopenhauer expone una serie de reflexiones sobre los fenómenos naturales como manifestaciones de este principio metafísico universal, la voluntad de vivir. En este mismo ensayo Schopenhauer, haciendo referencia a otro autor, dice que el objetivo de todo individuo es anteponer su voluntad ante el cosmos, expresión muy parecida a uno de los famosos principios de Spinoza, a saber, que todo lo que es pretender seguir siendo. 

La principal crítica que Schopenhauer dirige al idealismo ortodoxo es que el mundo se sustenta en un principio metafísico que no es racional, la voluntad de vivir. Esta no es más que el impulso vital que tiene todo lo que es por mero hecho de ser. Esta querer vivir es la voluntad de no perecer a toda cosa, impulso que se manifiesta incluso en las entidades inorgánicas como los minerales, siendo su resistencia a la erosión del medio producto de esta fuerza metafísica. Es así que Schopenhauer entiende que las fuerzas naturales como la gravedad o el electromagnetismo son diferentes modalidades de esta fuerza metafísica fundamental. Schopenhauer termina la empresa kantiana de destruir la metafísica tradicional, creando una nueva que germina gracias a las aguadas de Oriente. 

A raíz de esta concepción metafísica de la voluntad de vivir, Schopenhauer recha la ética kantiana y construye la suya propia, muy próxima al ideal budista. Schopenhauer entiende que la voluntad de vivir se manifiesta en nosotros por medio de nuestros deseos e inclinaciones, siendo la búsqueda de aquellos placeres que lidien a estos últimos. Sin embargo, la conquista de estos deseos conlleva a un gran sufrimiento, y en el caso de que se consigan, produce un enorme hastío que puede ser incluso peor que el propio sufrir, haciendo que anhelemos otras cosas con el objetivo de rellenar este vacío, generándose una espiral de sufrimiento y hastío que hace a la vida totalmente insoportable para el propio Schopenhauer. 

Ante este sufrimiento, Schopenhauer propone dos vías de actuación, la estética (momentánea) y la verdaderamente ética. La primera consiste en el efecto analgésico que produce la contemplación artística. El acto artístico, en especial la música, construye un mundo armónico y bello que produce un placer somnífero que nos libra momentáneamente del sufrimiento vital (concepción del arte de gran interés para Nietzsche y Wagner). La segunda vía es por medio del ascetismo. Este consiste en negar nuestra propia voluntad mediante la autodisciplina y el sosiego, evitando actos como la política o la maternidad. Por medio del ascetismo, Schopenhauer encuentra la cura contra el dolor (o al menos su paliativo), ya que por medio de este controlamos nuestros deseos, fuentes del sufrimiento y el hastío. 

El ideal ascético es aquel que sustenta la ética de Schopenhauer, acercando la tradición indo-budista al pensamiento ético occidental. Esto lleva a que Schopenhauer a proponer una moral estoica fundamentada por una metafísica totalmente nueva, la cual es un producto de los principios kantianos con las tradiciones dravídicas. Esta moral ascética es totalmente rechazada por Nietzsche, ya que este último ve en el ascetismo como la consecución final del nihilismo castrante de vida. Nietzsche acepta el principio metafísico de la voluntad como Schopenhauer, pero en vez de intentar de apagar la vitalidad de esta como su maestro, Nietzsche opta por aceptar y seguir sus impulsos e inclinaciones. 


Nietzsche y la ontología de la voluntad

Friedrich Nietzsche (1884-1900) es uno de los pensadores más controvertidos de toda la historia de la filosofía occidental. Personalidades tan respetadas como Bertrand Russell (1872-1970) afirman sin tapujos que este filósofo alemán es una de las grandes fuentes intelectuales del fascismo, en especial del nazismo alemán. Sin embargo, otros especialistas como Sartre o Gadamer han expuesto serias dudas a esta interpretación filofascista del pensamiento de Nietzsche, pues muchos de sus escritos más tardíos fueron censurados y distorsionados por su hermana y por sus editores, abiertamente antisemitas y fascistas. Es por ello por lo que Nietzsche ha sido una personalidad muy compleja y controvertida, siendo defendido y atacado por muchos pensadores posteriores a él. Pero, cuál era el contexto cultural y filosófico de este autor, y cuáles son sus doctrinas fundamentales. 

El pensamiento de Nietzsche surge de la descomposición final del idealismo hegemónico que había marcado a la filosofía continental durante todo el siglo XIX desde Kant a Dilthey. Este idealismo de ascendencia germánica es fundado por Kant, encontrando su máximo apogeo en la filosofía de Hegel. Sin embargo, con la muerte de este último, el idealismo empieza a declinar de forma acelerada. De hecho, la filosofía de Nietzsche no puede comprenderse si no se entiende la crítica a la filosofía kantiana y al idealismo en general por parte de su gran maestro, Arthur Schopenhauer (1788-1860). Este último entendía que la realidad de la cosa en sí estipulada por Kant no era de naturaleza racional, sino que era una entidad metafísica dinámica y universal a la que Schopenhauer denomina voluntad. Nietzsche recoge esta consideración de la voluntad y la aplica a los grandes valores éticos que según él han conducido a la cultura occidental desde Sócrates hasta él mismo, a saber, la supremacía del mundo inteligible o "racional" sobre el mundo sensual. 

La filosofía de Nietzsche puede considerarse como la máxima expresión del espíritu romántico, a saber, la restauración de la voluntad frente al dominio de la razón. Es por ello por lo que se suele denominar como vitalistas las doctrinas de este pensador tan peculiar. Ante la esterilidad del idealismo alemán, Nietzsche pretende rescatar el antiguo espíritu naturalista de los filósofos presocráticos, sobre todo el ideal de Heráclito. Las concepciones dinámicas y naturales de este último fueron desterradas por lo que Nietzsche denomina la decadencia del espíritu griego, la figura de Sócrates, pero, sobre todo, el platonismo, la subordinación del mundo de las cosas al de las ideas.

En varios libros como el nacimiento de la tragedia (1871) o El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos (1889) Nietzsche entiende la evolución de la cultura occidental como la lucha entre los valores dionisiacos, encarnados en la vitalidad, el placer y lo sensual, y los valores apolíneos, representados por la razón y lo abstracto. Según este autor, filósofos como Heráclito o Epicuro representaban el equilibrio entre estas dos fuerzas, siendo hombres de gran sabiduría que, según Nietzsche, entendían la naturaleza del mundo. Sin embargo, la cultura griega sucumbió a los encantos del idealismo platónico, alzando la razón y a las ideas abstractas como gobernantes universales.

Es en este punto en el cual Nietzsche identifica la germinación de la peor enfermedad espiritual que carcome a Occidente, el cristianismo. Esta religión es tachada por Nietzsche como una enfermedad que surge de las clases más bajas y degeneradas, el populacho y los esclavos. De hecho, su odio visceral hacia el cristianismo llega a tal punto que la maldice como una perversión de mujeres y esclavos. Para Nietzsche el cristianismo es la moralidad del esclavo, la reconversión de los valores aristocráticos de la fuerza, la vitalidad y la hombría como maldad y opresión, mientras que la perversión, el ascetismo obsesivo, la represión sexual y la victimización en humildad, compasión y solidaridad. La moral cristiana transformó al guerrero aristocrático y libre en el soldado uniformado y deshumanizado.

A raíz de la conquista del cristianismo de la espiritualidad de occidente, este impuso una serie de valores que eclipsaron el culto al cuerpo, el devenir y la sensualidad, por los “grandes valores” metafísicos e inmutables. Nietzsche combate contra estos, siendo su gran descubrimiento que la moral cristiana se basa en resentimiento del esclavo ante el señor, una “rebelión de las masas” como diría el propio Ortega y Gasset. Con este rechazo a la cultura oficial, Nietzsche expone sus cuatro grandes temas en varios de sus libros, siendo su gran obra Así habló Zaratustra (1883,1885), la síntesis de estos temas en un lenguaje cargado al extremo de símbolos y aires proféticos. Estos grandes temas o “canciones” son: La muerte de Dios, la llegada del superhombre, el eterno retorno y la voluntad de poder.

La muerte de Dios

Este es el primero de los grandes temas de la filosofía de Nietzsche. Dios no representa una entidad teológica desde el punto de vista religioso (de hecho, Nietzsche declara en varios pasajes que, para él, el ateísmo no es una postura intelectual, sino algo que siempre ha sido natural en él), sino en las grandes ideas metafísicas que han guiado a la cultura occidental. La concepción del Ser que parte con Parménides y seguida por todos los demás filósofos (el Ser como algo determinado), es atacado por Nietzsche como una especulación estéril que castra el dinamismo orgiástico de la vida. Para este autor, la vida es puro hacer, puro devenir, siendo las ideas abstractas fríos espejos en los que se pierde todo su luminosidad y color.  Dios representa, siguiendo a Kant, como la mayor idea a la que aspira la Razón.

Para Nietzsche, esta última es una farsa vacía que esclaviza a los hombres y los apartan del mundo verdadero, el mundo de la carne y los sentidos. Pero con el descubrimiento de esta farsa (y la evidente secularización sociocultural que el propio Nietzsche experimentó), las grandes ideas que había guiado a la humanidad son desveladas como ídolos que aplasta la voluntad del hombre, castrándolo espiritualmente, como las jorobas de un camello. Ante la decadencia del mundo de las ideas y de la moral de raíz cristiana, Nietzsche anticipa el ocaso del último hombre, la superación del nihilismo, pero, sobre todo, la llegada del superhombre, el verdadero triunfo de la voluntad del espíritu noble frente la masa esclavizada y esclavizadora.

El superhombre

Ante la caída de los grandes valores, Nietzsche ve la extensión de un enorme crepúsculo sobre la humanidad, una era de nihilismo sin igual que termina por disolver toda la cultura occidental. La destrucción de los ídolos, el último hombre se ve avocado al vacío, a la nada, al nihilismo, lo que Nietzsche llamaba en su Genealogía de la moral (1887) el nuevo budismo europeo. Esta actitud diluyente trae consigo ese nuevo culto a la nada, ese afán positivista por diseccionar todas las ideas que se le presenta al hombre. No obstante, este nihilismo no es el fin en sí mismo, sino que es un medio para algo superior, un hombre mucho más elevado y fortalecido, lo que Nietzsche llama el superhombre. A pesar de su aparente darwinismo social, Nietzsche no entiende a este último desde una concepción racista, es decir, la llegada de una raza superior de hombre que conquiste la tierra y el espíritu occidental como pretendían sus deformadores fascistas, sino que el superhombre es aquel que se tiene en sí mismo como valor absoluto.

Aquel hombre que esté más allá de los grandes ídoslos de Dios, la nación o la cultura llega a una existencia superior, en la cual él es legislador y ejecutor de sus propios actos, forjando su propia moralidad mediante la sensualidad y la fortaleza física y espiritual. Nietzsche ve en el superhombre un canto a la vitalidad natural, a la fuerza, la sensibilidad y el propio honor, asemejándose más a un epicúreo romántico que ha un recalcitrante nacionalista antisemita. El superhombre es el nuevo amanecer, el canto de mediodía, aquel que guía su propia moralidad por medio del pensamiento más profundo de Nietzsche, el eterno retorno.

El eterno retorno

La idea de eterno retorno es uno de los conceptos claves de la filosofía positiva de Nietzsche. Esta idea tiene dos interpretaciones, una metafísica, y otra moral, siendo esta última la más interesante y plausible.

Desde una óptica metafísica, Nietzsche entiende que el universo está compuesto por una cantidad finita de átomos de materia. Estos se organizan en múltiples formas durante un tiempo infinito. Al ser la cantidad finita y el tiempo infinito, estos átomos repiten configuraciones de forma indefinida, siendo que, aunque nuestras vidas acaben y volvamos a la nada de la que venimos, nuestras vidas se repiten exactamente igual en una infinidad de veces, viviendo las mismas vidas una y otra vez hasta e infinito. Nietzsche entiende el universo como un ciclo que se desarrolla indefinidamente, acercándose a la concepción cosmológica del propio Heráclito. Esta interpretación metafísica del eterno retorno es compartida por algunos modelos cosmológicos que describen al universo como una singularidad que se expande y contrae indefinidamente. Sin embargo, estas explicaciones cosmológicas no tienen mucha evidencia empírica, siendo la hipótesis del gran desgarro mucho más aceptada por los cosmólogos actuales. No obstante, esta concepción cíclica de Nietzsche encuentra un símil en el teorema de recurrencia de H. Poncairé (1854-1912). Este afirma que en un sistema de energía finita y confinado en un volumen espacial finito e invariable en el tiempo, retornará a un estado arbitrariamente a la inicial.

La concepción moral de este concepto es mucho más interesante, siendo expuesto por primera vez en La gaya ciencia (1882). Esta quiere decir que, en el caso de que el eterno retorno sea cierto, cómo debe de actuar el hombre moralmente ante la repetición infinita de sus propios actos. Nietzsche responde: actuar de aquella forma en la que a uno no le importe repetirlo eternamente. Este el gran principio moral por el cual se guía a sí mismo el superhombre. Este último no debe recurrir a grandes ídolos como la religión o el nacionalismo, ni sucumbir ante el más absoluto sin sentido que le indica el nihilismo, sino que el nuevo hombre debe actuar de aquella forma de la que se orgullezca por sí mismos, pues si fuesen sus actos repetidos eternamente, este lloraría de felicidad por la gracia de estos.

Nietzsche invita a disfrutar de la vida, abrazar la sensualidad, el arte y el conocimiento crítico y no dejarse esclavizar por ningún culto autodestructivo (como el cristianismo). La filosofía nietzscheana no es un nihilismo negativo, sino un canto a la vitalidad y el positivismo, la restauración de la dignidad de la carne y el cuerpo, siendo el eterno retorno aquello por lo que se guía la gran fuerza intelectual de Nietzsche, la voluntad de poder.

La voluntad de poder

La voluntad de poder es un concepto difuso y oscuro de la filosofía de Nietzsche. En su último libro, la voluntad de poder (1901), es una vaga colección de fragmentos y manuscritos que fueron recopilados por su hermana y por sus editores, por los cual se muestran muchos fragmentos que desentonan con la figura del propio autor, tal y como expone Eugen Fink en su genial libro la filosofía de Nietzsche (1960). No obstante, en esta obra póstuma Nietzsche expone la voluntad de poder como el sustrato ontológico de la propia realidad, siendo todo lo que existe un conjunto de fuerzas dinámicas en contradicción y no entidades estáticas.

Esta pretendía ser la gran obra positiva de Nietzsche, el la cual este funda una nueva metafísica en la que se sustentaría su ansiado superhombre. Adelantándose al propio Heidegger (y sin ser una empedernido nacionalista y antisemita alemán como fue este último), Nietzsche ve en el devenir y no en el ente el verdadero ser, siendo la existencia un río bravo en el que todo fluye, nace, muere y renace en un infinito retornar. Antes de consumirse en su locura final, Nietzsche lanzó un canto a la vida, un himno a la voluntad y un nuevo humanismo… 



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