miércoles, 4 de noviembre de 2020

Gadamer y la prehistoria de la metafísica

En su ensayo sobre la prehistoria de la metafísica Gadamer expone los fundamentos de su sistema filosófico al que se le adjudica el nombre de hermenéutica, siendo esta el representar la tradición desde la obra de su maestro Heidegger. Según Gadamer, Heidegger funda la hermenéutica con su análisis del ser y su trayectoria histórica, viendo como la metafísica a lo largo de su historia se ha preguntado por el ser, y como este ha sido olvidado por el ser del ente.

Gadamer, siguiendo el trabajo de Heidegger, reconstruye la historia del ser y su olvido por el ente desde el Ser y tiempo de Heidegger y el historicismo de Hegel, teniendo en cuenta conceptos como el lenguaje y el devenir histórico para reconstruir la historia del ser. Para Gadamer, la concepción del ser como ente, y por tanto, la base de toda metafísica occidental, se encuentra en la escuela de Elea, con su máximo representante, Parménides.

Al igual que Aristóteles, Gadamer considera a Parménides como el padre de la metafísica occidental, ya que es el primero que habla sobre el ser en general, tratándolo como determinado y limitado, es decir, como algo que es, como ente. Esto vendría predispuesto por la lengua griega, pues esta distingue entre sujeto y objeto, siendo el objeto aquello que es (se presenta) al sujeto. Esta predisposición lingüística sería la base de la metafísica occidental, desembocado posteriormente en la ciencia moderna como el conocimiento empírico-racional de las cosas determinadas, es decir, de aquello que es ente.

La escuela de Elea se contrapone a la de los jónicos, ya que argumenta que el Ser es aquello que es y no está presente en el cambio característico de la naturaleza (physis). A su vez, se opone a la filosofía de Heráclito, ya que Parménides, y después Zenón de Elea, afirman que el Ser es eterno e incorruptible, por tanto, no está presente en el cambio y el devenir. A tal punto llega esta escuela, que Zenón desarrollará toda una nueva disciplina, la dialéctica, con el fin de demostrar la imposibilidad del movimiento y la pluralidad, siendo el ser único y esférico.

Según la hermenéutica de Gadamer, Platón recoge esta idea eleata del ser y la desarrolla en el seno de su teoría de las Ideas. Para Platón, el ser se corresponde con la idea de ser, con el Eidos que se presenta al Nous o intelecto en cuanto ser determinado. Este Eidos o idea del ser se identifica con el Bien, siendo este la idea suprema de la que todo participa, es decir, fuente de realidad, cosa que adaptarán los neoplatónicos como Plotino o Porfirio en la idea de Uno.

Todo aquello que posee entidad participa del Eidos del ser, es decir, de la idea incorruptible, eterna y perfecta del Ser que se presenta al Nous o intelecto. Para Platón, al igual que Parménides, el ser el algo determinado y perfecto, lo que Heidegger llamaría ontoteología, es decir, el ser del ente viene dado por otro ente, el ente perfecto.

No obstante, Gadamer encuentra en el concepto de dialéctica la principal diferencia entre Parménides y Platón. Para Platón la dialéctica de Zenón es engañosa y errónea, pues pretende demostrar la imposibilidad de la pluralidad, algo que entra en profunda contradicción con la teoría de la participación de las cosas con las ideas y estas entre sí.

En el diálogo del Parménides, Platón declara que la dialéctica de Zenón solo es pura sofística que intenta penosamente defender la doctrina del gran maestro. En cambio, la dialéctica platónica es la exposición de cómo las ideas se enlazan entre sí, llegando a la conclusión de que el ser, o más bien la Idea-Ser, para que sea, debe ser uno y múltiple, pues todo aquello que tiene entidad participa de la idea de ser, fundando de forma ontoteológica del Ser.

Siguiendo el análisis hermenéutico de Gadamer, el siguiente estadio premetafísico, el cual supone el salto a la metafísica plena, es la filosofía de Aristóteles. Este parte con la crítica a la teoría de las Ideas de Platón, siendo las ideas no realidades plenas de las que las cosas determinadas participan de ellas, sino que son meras categorías de nuestro entendimiento que surge de la capacidad abstractiva del Nous o el intelecto.

Es así que el ente no se corresponde con el Eidos platónico, sino con el ente concreto, con aquello que hace que una cosa sea tal cosa y no por otra cosa sino por sí misma. Para Aristóteles, el ser del ente viene determinada por la sustancia. La sustancia es aquello que es por sí mismo y no depende su entidad de otro. El ser del ente viene determinado por esta sustancia (ousía), siendo la sustancia máxima lo que Aristóteles llama Teos. El Teos es no es el Dios judeocristiano, sino que solo es el ente o sustancia más perfecta que causa el movimiento al resto del universo, pero no lo crea en absoluto. Este Teos o ente perfecto es el Primer Motor Inmóvil, pero no el Creador.

Es así que Aristóteles funda la metafísica occidental como ciencia apodíctica del ente en general, siendo esta lo que llama filosofía primera, arrastrando esta concepción ontoteologica por toda la historia de la filosofía, es decir, considerar al ser como ser del ente. Desde este punto, la metafísica se ha centrado en el ente, en el ser del ente, objetivando y cosificando el ser como algo determinado, cuna de la concepción científica del ente, siendo este algo determinado y calculable ya que es un objeto limitado en la experiencia.

Siguiendo a Gadamer, durante toda la historia de la metafísica, el ser en cuanto a ser ha sido olvidado, pues el hombre se ha volcado en el ser del ente y no el ser en sí. Es Heidegger el que pone de nuevo la cuestión del ser, ante este olvido del ser por parte de la tradición de la tradición que empieza Parménides. Según Heidegger, el ser no es el ser del ente, sino el espacio donde se posibilidad que todo ente sea, el ser no es ente, sino acontecer que tiene su horizonte, donde se hace comprensible al hombre, el tiempo.

Según Gadamer, la novedad de Heidegger reside el hecho de considerar al ser no de forma ontológica, sino fenomenológica, siendo el ser el acontecer que trascurre en el tiempo, ya que la esencia del ser es su caducidad (Vattimo). Gadamer afirma que el primero en apuntar a esta dirección fue Hegel al afirmar en su Ciencia Lógica que el ser y la nada son lo mismo. Sin embargo, Hegel aún trata al ser desde la ontología clásica, pues el ser y la nada son lo mismo como primer estado dialéctico del despliegue del saber absoluto, siendo el ser afirmado como ente en cuanto espíritu.

Es Heidegger quien sale de esta concepción ontológica del ser para tratarlo como acontecer en el tiempo, como hecho, tal y como expresa Wittgenstein desde la tradición analítica. Es por ello que Gadamer afirma que Heidegger inicia la hermenéutica, pero que no la finaliza, y es menester de la hermenéutica que se inicia después de Heidegger repiense la tradición histórica desde el espacio abierto por Heidegger, es decir, el ser como acontecimiento inscrito en el tiempo.

miércoles, 28 de octubre de 2020

La Nada y el Ser en la filosofía de Heidegger

 

Introducción a ¿Qué es metafísica?

La metafísica es la raíz de toda la filosofía, siendo su tratamiento ontológico del ser su principal característica, ya que trata al ser como ente, es decir, como algo inherente a lo que es de forma determinada, una cosa rígida y aislada. Dicho tratamiento ontológico del ser es iniciado por Parménides, el fundador de la metafísica occidental, siendo el ser lo “to ont”, lo ente como real. Al cosificar el ser, se proporciona su sentido y definición mediante otro ente, cosa que desemboca en lo que Heidegger llama ontología, donde el ser de lo ente es proporcionado por ser, siendo este un ente determinado como puede ser Dios o la materia, quedando el ser cosificado y olvidado por el ente. La metafísica es la historia del ser, pero también de su olvido, pues al ontologizar el ser en el ente, el primero es olvidado y eclipsado por el segundo, relegándose a una nada de la cual nos desentendemos por ser nada. La metafísica occidental ha puesto al ser como nada oscura e inefable.

Ante este olvido del ser por parte de la ontología, Heidegger propone abordar el problema del ser por medio de la fenomenología, la cual hereda de su maestro Husserl. Heidegger, al igual que su maestro, afirma que los entes son conocidos ya que se nos presentan en un horizonte accesible para nosotros. Estos se nos presentan, no como cosas asiladas flotando en un éter platónico, sino como objetos en relación con su entorno y con nosotros mismos, que no somos más que el entorno mismo.

Este horizonte que permite la relación de los objetos es identificado con la conciencia por la fenomenología trascendental de Husserl, mientras que para Heidegger este horizonte no es más que el entorno en donde el ser del ente adquiere su sentido, asemejándose al raciovitalismo de Ortega y Gasset, uno es uno y su circunstancia. El sentido del ser del ente es el propósito de este en su entorno, siendo el ser la luz que ilumina dicho horizonte posibilitando el ser del ente, siendo la oscuridad de la que emerge la luz del ser la nada, es decir, la nada es el fondo al que pertenece el ser del ente en su totalidad.

Sin embargo, Heidegger se pregunta por el sentido del ser, es decir, por el horizonte que posibilita toda comprensión del ser en general. Para Heidegger, este sentido del ser es el tiempo, siendo el tiempo la esencia del ser como su caducidad, como ser destinado a la muerte, desistir la nada. Este análisis fenomenológico del sentido del ser solo es posible en el ser del hombre, en cuanto este existe en forma de Dasein (ser-ahí), ya que el hombre es el único ente que sabe que el ente es, estando abierto a la luz del ser, pues su esencia es el existir, ya que los demás entes son, pero no existen, pues existir implica estar abierto al ser no como ente, sino como Dasein, como ser-ahí.

Es así que al preguntarnos por qué la metafísica, debe de analizarse la pregunta esencial de esta, a saber, por qué el ente y no la nada. Pregunta que se ha olvidado en la metafísica (o historia del olvido del ser), pero que es la única que nos pone en camino hacia el sentido del ser…

¿Qué es metafísica? De Martin Heidegger

Este pequeño ensayo plantea la pregunta aparentemente simple de qué es metafísica, la cual, al analizarla con más profundidad, se muestra que está llena de matices y significados ocultos que llevan al límite a la condición humana, ya que, según Heidegger, hacerse esta pregunta conlleva a preguntarse por la totalidad del ente, siendo el hombre un ente más entre otros, por tanto, al preguntarse por la metafísica, se pregunta por el propio hombre, es decir, la pregunta en cuestión contiene el Dasein, el ser-ahí de aquel que pregunta, siendo por tanto la metafísica cuestión del ser-ahí del hombre, fundamental para su propio existir.

Desde la ciencia, el hombre tiende hacia el ente, es decir, hacia lo que es de forma aparente y limitada, determinada y finita, el hombre investiga y busca aquello que es algo, que es esto y aquello. Por así decirlo, la ciencia, como actividad del Dasein, cosifica el Ser en el ser del ente. Es así que la ciencia se define en la filosofía heideggeriana como la actitud hacia la totalidad del ente, hacia aquello que es algo, que es esto y aquello. En esta, el Dasein se dirige a lo esencial de todas las cosas, siendo regulada esta actividad por el entendimiento, teniendo como base la lógica, y fundamentalmente, el principio de no-contradicción.

Siendo que el Dasein se relaciona con lo ente o con aquello que posee entidad, lo que es en apariencia, este puede formarse una idea abstracta de la totalidad de lo ente, siendo esta totalidad todo aquello que es ente. Con lo anterior Heidegger se pregunta qué pasa con la nada, es decir, con lo que no es ente.

Si tenemos el concepto anterior de lo ente en su totalidad, afirmamos que la nada es lo opuesto al ser, pudiendo concluir que la nada es la negación de lo ente, es decir, de aquello que no es ente o posee entidad. Sin embargo, con el principio de no-contradicción en mano, Heidegger afirma que es imposible preguntarse por la nada bajo este principio, ya que al decir que la nada es lo no ente, se está diciendo que es esto o aquello, algo imposible, pues la nada, al no ser ente alguno, no es ni esto o aquello. Por tanto, bajo este principio supremo de la lógica, esta pregunta es imposible, pues de la nada no puede decirse nada ya que es nada.

Sin embargo, Heidegger argumenta que esta conclusión es en sí misma contradictoria, pues la negación es una facultad de nuestro entendimiento que nos permite concebir el opuesto de aquello que negamos, Por tanto, si concebimos la totalidad del ente como idea refleja de esta totalidad, la negación de esta idea nos hace intuir, que bajo la negación puede subyacer algo que fundamenta a la primera. Con esto Heidegger intuye la nada como subyacente a la negación.

Es así que Heidegger afirma que la nada es más originaria que la negación. Esta nada originaria puede definirse como la total negación del ente en su totalidad. No obstante, la totalidad del ente es algo que no es tan claro y conciso como un ente concreto. Según Heidegger, la totalidad del ente, al estar en relación con el Dasein, este último puede experimentarlo en algún que otro estado emocional, como es el aburrimiento. En el aburrimiento extremo, es decir, aquel estado absoluto de indiferencia, todas las cosas son reunidas en un profundo tedio sin objeto, un aburrimiento existencial donde el ente en su totalidad es captado por el Dasein en una absoluta indiferencia total.

Si el aburrimiento es aquel estado emocional donde es captado el ente en su totalidad, podría pensarse en un estado emocional análogo en el cual el Dasein capta la nada, un estado emocional opuesto al aburrimiento sin objeto, donde lo ente en su totalidad escapa al Dasein y lo sumerja en un estado contrario a la indiferencia total. A esto Heidegger lo llama Angst (angustia-existencial).

El Angst es una angustia sin objeto, un sentimiento raro y terrorífico donde el Dasein es vaciado o escapa de todo ente, una angustia profunda por un abismo sin entidad, un miedo hacia la nada. En este estado, el hombre es paralizado por el pavor, por una sensación que haca sentirse extraño, pues está colocado fuera de todo ente. Esta angustia, de origen kierkegaardiano, es el rechazo a esta falta de todo ente, ya que el hombre, como Dasein, siempre tiende al ser del ente, a aquello con lo que está familiarizado, sintiéndose extraño y angustiado ante la nada, ante la ausencia de todo ente.

Es por ello que este sentimiento es un rechazo, un retirarse ante el abismo, ante el escape de toda entidad. En la angustia, la nada no aniquila al ente en su totalidad, sino que se presenta como perteneciente a este, escapándose todo ente ante la nada. Es así que Heidegger afirma que la esencia de la nada es el desistimiento, pero no como aniquilación del ente, sino que la nada desiste en la angustia por el rechazo que produce en el Dasein, un rechazo a lo ente en su totalidad.

A partir de este rechazo a la nada es como el Dasein se orienta hacia lo ente, hacia el ser determinado, ya que, al captarse la nada, no como aniquilación, sino como parte y fondo de lo ente, el Dasein desespera y se gira hacia el ente, por tanto, se afirma que el Dasein es el ser-ahí del hombre inmerso en la nada. Por tanto, puede decirse que lo ente está inmerso en la nada, siendo esta aquello que hace que surja el ente en el Dasein, pues esta nada pertenece al propio ente. En el acto de captar la nada, es donde se produce la trascendencia del ente en su totalidad por parte del Dasein, pues este escapa al último. Es por ello que la nada forma parte de la esencia del Ser, pues es en el ser del ente en el cual se manifiesta el desistir de la nada.

Durante todo la historia de la metafísica occidental se ha considerado al ser como concreto, como ente determinado, siendo la nada lo opuesto al todo lo ente, el no ser, de cual no puede decirse nada por ser nada. Sin embargo, al ser la nada el sostén o reposo del ser del ente, tal y como se muestra en el Angst, el ser se halla inmerso en la nada, suspendido en esta, como ser del ente para el Dasein, siendo la nada pare de lo ente como el fondo o abismo del que surge. Con esto Heidegger se aproxima a la metafísica oriental, la cual, tras depurarla de todo misticismo religioso, se basa en la indeterminación del Ser, idéntico a la Nada, como principio universal del cual todo brota.

No obstante, Heidegger habla del Ser y la Nada desde el Dasein, desde la existencia humana, la cual, al estar inmersa en la nada, transciende la totalidad del ente, es decir, la condición humana como Dasein es metafísica, ser-ahí inmerso en la nada que tiende al ser del ente. Es por ello que Heidegger identifica la metafísica con el Dasein, siendo la pregunta fundamental de esta: ¿por qué el ente y no más bien la nada?

Epílogo a ¿Qué es metafísica?

Este texto supone una serie de aclaraciones por parte de Heidegger a su ensayo anterior. Este comienza por aclarar que su concepción del Ser como inmerso en la Nada no debe de confundirse con una filosofía de la nada o nihilismo, ya que la interpretación heideggeriana no es el afirmar que, al venir todo del nada y ser la nada algo nulo, todo es nada, cosa que Heidegger identifica, al igual que Vattimo, con el nihilismo consumado y la muerte de toda metafísica.

A su vez, tampoco debe de interpretarse que la angustia sea el sentimiento principal, siendo esto una filosofía de la angustia, la que profesaba Kierkegaard, una filosofía de cobardes y depresivos.

Por último, tampoco es una mera filosofía de lo meramente sentimental que atenta contra la lógica del entendimiento. Estas erróneas interpretaciones, propias del existencialismo francés, descansan en considerar a la nada como algo nulo, lo cual no pretende Heidegger con su análisis de la Metafísica, sino que la nada es aquello de lo cual emerge el ser y lo ente. La tradición del pensamiento occidental ha considerado al ser como equivalente al ente, o como característica intrínseca de lo ente, ya que el Dasein tiende a lo ente, sobre todo en el proceder científico, el cual busca lo ente objetivable y, sobre todo, calculable.

Sin embargo, para Heidegger el ente y el ser son cosas diferentes, siendo el ser lo enteramente otro del ente, lo no-ente, es decir, la esencia del ser se corresponde con la propia nada. Esta nada, al estar presente en lo ente, se nos muestra como el ser que siempre acompaña a todo lo ente. La esencia del ser nos destina a la nada y nos conduce a la angustia (Angst), siendo la esencia de su ser la caducidad frente a la nada, es decir, el tiempo.

El Ser es el claro inmerso en la noche de la Nada, donde todo ente es capaz de retornar a aquello que es y es capaz de ser, siendo para el pensamiento occidental como aquello que hay que pensar y que sin embargo ha quedado en el olvido. Pero el ser no es ningún producto de pensar, sino que lo antecede, pues al contrario que el pensar, el ser es lo subyacente, lo materialmente disponible y existente, tal y como expresa en la parte final de su conferencia Introducción a la Metafísica.

La metafísica occidental ha estado supeditada a lo lógico, la cual, según Heidegger, es solo una forma de pensar el ser y el ente provista por los griegos, es decir, el logos, el ser es objetivado en la rigidez de lo ente, quedando el ser olvidado por la metafísica occidental. 

“Uno de los lugares esenciales de la ausencia de lenguaje es la angustia, en el sentido de ese espanto al que destina al hombre el abismo de la nada. La nada, como lo otro de lo ente, es el velo del ser. En el ser ya se ha consumado en el inicio todo destino de lo ente” (Heidegger, 1943).

martes, 27 de octubre de 2020

La Enfermedad Mortal: Reflexiones sobre la desesperación de un seductor danés

Cuando uno se sumerge en la filosofía de Soren Kierkegaard debe de entender antes que no se enfrenta a un sistema filosófico estructurado, como podría ser la filosofía kantiana o hegeliana, sino a un marco de referencia tibio donde se articulan ciertos conceptos y reflexiones sobre Dios, el hombre y la relación entre estos, pero desde una perspectiva únicamente individual y abocada a la acción, el imitar a Cristo. En este marco de referencia al que llamamos filosofía kierkegaardiana existen dos conceptos o aspectos humanos fundamentales, a saber, el concepto de angustia y la enfermedad mortal, la desesperación, que son la base para entender a nuestro danés seductor. La filosofía kierkegaardiana nace como un fuerte crítica al hegelianismo, en especial su filosofía de la religión. 

No obstante, ambos parten de la misma afirmación sobre la religión, a saber, que esta es la relación que tiene el hombre con Dios o la Divinidad. Sin embargo, el fuerte contraste entre estos dos pensadores reside en la postura del hombre en esta relación, pues Kierkegaard critica fuertemente la concepción abstracta de esta relación que tiene el hombre con Dios que defiende Hegel, pues para Kierkegaard la esencial del cristianismo reside en que el hombre, en plena individualidad y ser concreto, se representa desnudo ante Dios siendo el hombre el único ser que el individuo vale más que la propia especie. Es en este individualismo religioso e irracional donde reside el protoexistencialismo, el cual servirá de base a pensadores posteriores como Karl Jasper, Martin Heidegger, o Albert Camus entre otros.

A pesar de su profundo sentimiento cristiano, esta filosofía está repleta de pesimismo y escepticismo ante la posibilidad de considerar a Dios y su relación con el hombre como conceptos racionales, sino como realidad falta de razón e impotencia del ser humano para comprender a Dios y así mismo, habiendo un abismo insondable para la razón, solo pasable por medio de la fe.

Esta postura ante Dios y el hombre es parcialmente heredara de Blaise Pascal y su fideísmo, pues este afirma que el corazón tiene razones que so ajenas a la propia razón. A su vez, la filosofía kierkegaardiana es reminiscencia al irracionalismo religioso de Jacobi, el cual argumenta que toda razón e ilustración conduce a la imposibilidad de Dios, y, en consecuencia, al nihilismo y la ausencia de toda moral universal, el cual solo puede evitarse por medio de la fe. A su vez, esta concepción de Dios y el hombre influirá en Miguel de Unamuno, el cual consideraba a Kierkegaard como su hermano espiritual. También supondrá una gran influencia en el existencialismo francés, desde la perspectiva cristiana de Enmanuel Monier, pasando por el absurdismo agnóstico de Camus, hasta el existencialismo ateo de Sartre.

Esta impotencia del hombre frente a Dios (la cual rescataría Sartre) se manifiesta tanto en la angustia como en la desesperación. La angustia es la raíz de la condición humana, a saber, la angustia como realidad de la libertad en cuanto posibilidad, la cual está íntimamente relacionada con ella, pues la libertad en cuanto realidad de la posibilidad es engendrada por la nada. Es así que la angustia es el vértigo de la libertad. Por otro lado, esta angustia vital que carcome el espíritu del hombre está íntimamente relacionada con la desesperación, la duda de la personalidad misma, la enfermedad mortal que el hombre elige en su angustia, el estado más bajo de miseria espiritual que nos arrastra hasta la muerte.

Esta desesperación se plasma en la conciencia de sí, en la autorrelación del yo consigo mismo, la autoconciencia de nuestra propia individualidad. Esta conciencia de que uno es finito reside en el pecado, ya que Adán (y Eva), en un acto de rebelión contra Dios, se presenta ante Él como finito, como individuo único e inigualable. Por tanto, el pecado es la categoría de la individualidad, aquello que singulariza al hombre y que constituye su propia naturaleza. 

Curiosamente, Kierkegaard habla en términos dialécticos como su gran adversario Hegel, pero desde un punto de vista concreto individual, siendo la desesperación la síntesis de la discordia que tensa lo terrenal y carnal del hombre, con lo eterno que vive en él. Esta síntesis de la discordia del hombre supone una infinita ventaja, pues el hombre, en el espíritu, se relaciona con la relación de sí mismo. No obstante, esta sigue siendo la mayor miseria espiritual a la que el hombre puede llegar, la desesperación de no ser uno mismo (evitación experiencial) o la desesperación de ser uno mismo (Yo ideal), de autoafirmación a sí mismo (ambición).

Esta desesperación esta angustia negativa que siente el hombre al relacionarse consigo mismo y en el deseo de ser otro, pero con el eterno dolor de dejar de sí mismo. Este dolor existencial, engendrado por el pecado de la individualidad frente a Dios y el Mundo, es lo que Kierkegaard llamará enfermedad mortal, aquella miseria espiritual de libre elección donde el hombre intenta alienarse a sí mismo, pero resulta increíblemente doloroso debido a que está alejando a su propio yo, creado por Dios y manifestado en el pecado original. Esta desesperación vital, Kierkegaard propone la fe cristiana como forma de extinción de esta, por medio del amor al prójimo como a uno mismo, aceptar el pecado de la individualidad que provoca nuestra angustia o vértigo de la libertad, aceptarse a uno mismo fundamentado por el Poder Creador…

Esta enfermedad mortal, propia del espíritu, es distinta a las enfermedades comunes, pues estas últimas solo se adquieren en un momento determinado, siendo el padecimiento de esta su consecuencia de tal adquisición. No obstante, la desesperación es captada en todo momento, atrapándola constantemente el hombre que la padece. Además, al igual, que no se puede apuñalar al pensamiento, la desesperación no conlleva a la muerte, sino a una constante e inconclusa aproximación a ella. La desesperación es una enfermedad mortal no porque mate finalmente a aquel que la padece, sino que es una enfermedad por falta de muerte, por no poder consumirse a sí mismo.

La desesperación es la negación de uno mismo, el ser otro, el no soportar ser uno mismo, la ausencia de amor propio. Ante esta angustia (o nausea) de ser uno mismo, el hombre elige el pecado, autofundamentádose frente al Poder Creador del que ha sido engendrado. Es así que el desesperado sueña con destruir a sí mismo con no ser lo que es, el desesperado ansía por todas las cosas la muerte de su yo para dejar de ser sí mismo.

Sin embargo, este deseo de muerte es inalcanzable, debido a que el yo es inalcanzable, debido a que el yo es la naturaleza eterna del hombre, imposible de ser destruido o alejado de uno mismo. Es así que la desesperación es el deseo de uno mismo. Es así que la desesperación es el deseo de una muerte que no puede llegar, producto del pecado de la individualidad frente a Dios, raíz de la angustia como libertad. Es así que el fin del cristianismo es la extinción de la desesperación, a partir del amor propio o el amor y aceptación de uno mismo tal y como ha sido creado por Dios. La aceptación de uno mismo es la promesa del cristianismo frente a la desesperación.

Dicha enfermedad es inherente al hombre, siendo que cada uno de todos los individuos que componen la humanidad está sujeto a ella, siendo que todo aquel que está desesperado, ya lo estaba de antes, habiendo vivido toda su vida desesperado consigo mismo. La situación del hombre, como espíritu, es crítica, pues mantiene una tensión existencial consigo mismo, habiendo un mínimo de anhelo por la consumación de esta enfermedad mortal, a saber, la muerte u olvido del yo-mismo para ser otro. Sin embargo, este anhelo no puede consumarse debido a que el yo, entendido como espíritu, es lo eterno que vive en el hombre, imposible de morir y olvidarse.

Ante este deseo de autonegación el hombre puede entregarse a la dicha y el placer y vivir en la ignorancia de sí mismo y de su propia miseria espiritual, lo que Kierkegaard llama modo estético de vivir. Por otra parte, los que afirman estar desesperados son aquellos que poseen una naturaleza mucho más profunda, los que son conscientes de su propia espiritualidad frente a la ignorancia (feliz) de los anteriores, siendo esta consciencia la mayor miseria espiritual que puede padecer el hombre; es el primer paso indispensable para el perdón y la aceptación de uno mismo que el cristianismo promete en la imitación de Cristo, pues el fin último de todo cristiano es ser un imitador de Cristo.

Es así que la dicha y el placer están vacíos, pues en el acto de morir, cuando todo lo externo se vuelva oscuridad y silencio, se le preguntará a cada hombre si vivió desesperado, si vivió en el engaño y la muerte agónica del espíritu. Si esto es así, nada importará ya, pues la eternidad será negada al desesperado, se perderá todo y la eternidad no lo reconocerá como suyo, sino que lo conocerá tal y como es, sujeto a sí mismo y por sí mismo, a los brazos de la desesperación…

 

Formas de la desesperación

Para Kierkegaard, el yo es la síntesis de la infinitud y la finitud que se relaciona con una misma y su fi fundamental es llegar a ser sí mismo, cosa que solo consigue uno en relación con Dios. Esta relación consigo mismo en la síntesis de lo finito y lo infinito equivale a la libertad, libertad como la síntesis entre la posibilidad y lo necesario. La desesperación debe de estar determinada por la consciencia de esta síntesis a la que llamamos yo, ya que la autoconciencia es lo decisivo en la relación del yo consigo mismo. Un hombre que no tiene voluntad no es un yo; pero cuanto mayor sea su voluntad, tanto mayor será también la conciencia de sí mismo. 

1-      Doble categoría de Finitud-Infinitud.

La desesperación es la discordia de la síntesis del yo entre infinitud y finitud, siendo la desesperación el alejamiento del yo de una de sus naturalezas o atributos, dejando de ser sí mismo, cayendo a los brazos de la desesperación. Cuando el hombre desespera en la infinitud, el yo se evapora en la fantasía y en la abstracción, dejando atrás su finitud y existencia concreta. Kierkegaard afirma que Fichte tenía razón cuando declaraba que la imaginación respecto al conocimiento es la fuente de las categorías, siendo la imaginación al igual que el yo, reflexión.

Por otra parte, la desesperación en la finitud, o con otras palabras, el olvido del yo en su infinitud, es un esbozo preliminar dl concepto de alienación objetiva, donde el sujeto que la sufre deja de ser propiamente un sujeto, cosificándose y transformándose en un simple objeto a Mercer de las fuerzas del mundo (un cuerpo cartesiano) o de la técnica (alienación industrial). Este último será desarrollado por Marx y sus acólitos, además por otros autores con una perspectiva más humana, como Heidegger, Ortega y Gasset o Ernesto Sábato. Volviendo a Kierkegaard, la desesperación en la finitud o falta de infinitud es la pérdida de la originalidad del yo, la imposibilidad de anteponer a Dios un yo único y eterno. La cosificación del hombre o lo que los mismo, la castración espiritual de este y su conversión a la mundanidad.

2-      Doble categoría de Posibilidad-Necesidad.

Al igual que en la anterior categoría, el yo es la síntesis dialéctica de la posibilidad y la necesidad, siendo la realidad del yo el punto de unión entre estas, a saber, la posibilidad hecha necesidad (realidad). Debido a la discordia entre estos elementos el hombre cae en la desesperación, dejando de ser sí mismo, dependiendo de cuál de los elementos predomine sobre el otro.

En el caso de que la posibilidad predomine sobre la necesidad, es decir, sea la causa de la desesperación, el hombre que la padece estará falta de toda necesidad, de todo punto fijo donde retornar a sí mismo. En esta forma de desesperación el hombre esta ensimismado por la infinitud de todas la posibilidad, volviendo su yo una mera posibilidad abstracta, un fantasma rodeado por espejismos. De esta manera, la posibilidad aparece cada vez mayor a los ojos del yo, y este ve surgir posibilidad por todas partes, ya que nada se torna del todo real, hasta que todo es posible, dando a entender que el yo del hombre ha sido consumido, aunque parezca que todo es posible, nada es realmente, quedando solo el relativismo y el escepticismo, es decir, nada. Esta forma de desesperación tiene dos subtipos, a saber, el deseo y la nostalgia, la cual impulsa al hombre a su consumación, pero lo aleja de sí mismo (Schopenhauer), mientras que el otro es la melancolía imaginativa, el hombre se encierra en sí misma y sigue la posibilidad que le da la angustia, alejándose de sí mismo, dejando que se muere de angustia o que se muera de aquella de la producía angustia, como el Kirilov de Dostoievski.

“Mientras que el que se extravía por los derroteros de la posibilidad de forma derroteros de la posibilidad de forma alocada se abraza lleno de valentía en las alas de la desesperación, el que no cree más que en lo necesario sucumbe estrujado por la desesperación bajo el peso de la existencia…” (Kierkegaard, La enfermedad mortal, Prime parte, Libro III capítulo I).

El hombre que desespera en la necesidad, o lo que es lo mismo, por falta de posibilidad, Kierkegaard lo identifica con el hombre carente de fe, ateo, agnóstico o indiferente, determinista y por supuesto fatalista, viviendo apegado a la existencia desesperado por la falta de posibilidades, por la falta de Dios, el último hombre del que hablaba Nietzsche tras la muerte de Dios, a lo que este último llama nihilismo negativo. Para Kierkegaard, la religión y la fe en Dios como salvador, como posibilidad, hace de oxígeno para el yo del hombre. Es así que el hombre falto de fe le falta oxígeno, se ahoga en el determinismo y en la falta de posibilidad. El yo no puede respirar, pues la pura necesidad es irrespirable y en ella el yo del hombre no hace más que asfixiarse. Por otra parte, Kierkegaard afirma que la vanidad burguesa es diferente a esta última forma de desesperación, pues el burgués, carente de imaginación, hace de su triste trivialidad su Dios, es decir, santifica las cosas mundanas como los negocios o las apariencias frente a otros.

La desesperación bajo la categoría de conciencia.

La conciencia de la existencia de un yo en el hombre, es decir, de que este es espíritu, es aquello que mide el grado de desesperación del hombre, siendo el diablo el que mayor desesperación tiene, ya que este es puro espíritu, siendo totalmente transparente a la desesperación como máximo adversario y rebelde ante Dios. Por otro lado, la ignorancia es el extremo opuesto al anterior, siendo esta la desesperación que tiene el hombre ante el hecho de que no se conoce como espíritu, viviendo anclado en las categorías de los sensible, en lo agradable y desagradable. En este estado de la desesperación, el hombre es bruto, dirigido por sus sentidos, arrastrado a la oscuridad de la caverna de Platón. No obstante, al hombre que está en este error le resulta cómodo, confundiendo esta comodidad con la felicidad.

Kierkegaard identifica este tipo de desesperación con el paganismo anterior al cristiandad, y con el neopaganismo que vive dentro de la cristiandad. No obstante, el primero está falto de espíritu porque no lo conoce, pero está orientado a él, como puede ser Plotino para Agustín de Hipona, mientras que el segundo conoce el espíritu, pero lo rechaza, alejándose de él, como puede ser el ateísmo académico de Feuerbach o Nietzsche. El hombre ignorante de espíritu como yo ante Dios puede tomar dos formas, o bien rezar a una “nube universal abstracta”, como puede ser el comunismo, o por el contrario sumergirse en la oscuridad de las categorías sensibles, como los esclavos de la caverna de Platón. A su vez, el hombre que es consciente de su desesperación es aún más desesperado el hombre que la ignora, ya que esta es más intensa, pues el hombre que la sufre se enfrenta a ella.  

No obstante, la conciencia pura solo se da en el Diablo, pues este es puro espíritu transparente. En el hombre, la consciencia de la desesperación está mezclada con la ignorancia y la oscuridad, siendo que muchos hombres que están desesperados, pero por razones totalmente equivocadas, siendo un buen ejemplo para Kierkegaard los antiguos griegos y romanos, que veían el suicidio como opción noble ante la desesperación, cosa que es totalmente reprochable en el cristianismo, pues el suicidio e el mayor acto de rebelión ante Dios, ya que es la renuncia a ser uno mismo de forma absoluta, a ser lo que Dios quiere que seamos.

Esta concepción del suicidio recuerda a la sostenida por Albert Camus en su ensayo el Mito de Sísifo, donde argumenta que el suicidio es la confesión del hombre, el reconocer de este que la vida le sobrepasa y no puede afrontarla. A la manera de Kierkegaard el suicidio es la incapacidad del hombre de enfrentarse a la desesperación, a saber, desesperar finalmente.

La desesperación en cuanto conciencia entre el hombre y su yo, su espíritu, está conformada por varios tipos, siendo el primero la desesperación por no ser uno mismo. Esta forma de desesperación tiene como característica fundamental la debilidad, siendo esta el deseo frustrante del hombre por dejar de ser sí mismo, pues no puede soportar ser un yo solitario frente a Dios…

Esta forma negativa de la desesperación se desdobla en dos subtipos o modalidades: el hombre inmediato o estético, el cual no tiene ninguna reflexión sobre la desesperación, sino que se entrega al abismo de la existencia, desesperado por algo exterior, como el amor o el miedo. Este hombre inmediato, carente de toda reflexión, alberga un gran vacío en su interior, ya que no hay yo alguno, no es espíritu, sino mera sensación externa, esclavo de la estética de las cosas por la que desespera…

Frente a esta inmediatez, a esta ausencia de reflexión, algunos hombres giran su mirada a sí mismos, a su espíritu, adquiriendo un mínimo de consciencia de su desesperación y horror existencial. Sin embargo, al ser algo conscientes de su miseria espiritual, estos les dan rápidamente la espalda a sí mismo, entregándose al mundo exterior por completo, como forma de apelar a la desesperación que provoca el ver sus propios yo, incapaces de dar el salto del estético al ético.

Esta última clase de hombres es la que podemos llamar “hedonistas pesimistas”, como Epicuro, el cual, ante la brevedad de la vida y su falta de sentido, encuentra consuelo en los placeres del cuerpo y alma, como la gimnasia, la filosofía o la amistad, abierto con mesura a los placeres que les entrega y ofrece la vida, ya que la visión de ellos mismo le atenta, tanto más que la muerte, pues para los epicúreos la muerte carece de existencia, pues mientras estamos vivos no hay muerte, y cuando esta viene, ya nos hemos ido y dejamos de ser, nos sumergimos en la Nada original, en el Vacío primero y último, el sueño de los budistas y la pesadilla de Unamuno.

Si el hombre desesperado, ante su propia desesperación, toma conciencia de ella, este dejará de desesperar por algo terrenal (inmediatez) o por lo terrenal (mínimo de reflexión), para sentir debilidad de sí mismo, desesperar por su propia desesperación, es decir, no querer ser sí mismo, y a raíz de eso, desesperar por propia condición de miseria espiritual y personal.

El hombre que sufre de esta desesperación está más cerca de la cura que el anterior, ya que es más consciente de su enfermedad espiritual y, por tanto, más cerca de su salvación, es decir, de la fe. Sin embargo, este hombre no acepta su debilidad ante Dios como individuo finito por medio de la fe, sino que se sigue hundiendo en su propia desesperación, añorando el imposible día donde su enfermedad lo consuma del todo. Debido a su condición, este hombre tiende a la soledad psicológica, a lo que es lo mismo, al hermetismo, pues necesita de estar en contacto consigo mismo para ser consciente de su propia desesperación.  Por otra parte, los hombres inmediato y reflexivo necesitan del canturreo de la sociedad y del mundo exterior para pode dormir, comer, rezar y enamorarse entre otras cosas, pues la sola idea de enfrentarse a su propia desesperación les aterra y empuja a entregarse en sacrificio al mundo exterior.

A tal punto llega esto, que hoy en día en la burguesa sociedad de Kierkegaard (y ahora también) se considera el tener espíritu como un crimen, pues el tener necesidad de soledad es signo de que en el hombre hay en todo momento alguna espiritualidad y, consiguientemente, esta necesitad representará la medida de la misma naturaleza del espíritu.

El siguiente paso dialéctico en la desesperación es el querer ser uno mismo. Este paso tiene dos variantes: En primer lugar, intenta construir de raíz su propio yo, siendo este yo la máxima abstracción con la que el hombre desespera por ser. Este sería por tanto un yo activo, constructor de sí mismo, pero falto de todo apoyo, pues solo Dios puede sostenerse a sí mismo. Esta forma de desesperar por uno mismo encuentra similitudes con el titán Prometeo, ya que el hombre intenta robar el pensamiento a Dios, encontrando su símil con Lucifer.

El yo no empieza por un principio, sino que este empieza en el principio, o lo que es lo mismo, el hombre se fundamenta a sí mismo, el yo es el fundamento del propio yo, piedra angular de la filosofía de Fichte.

Este tipo de hombre desesperado puede recordar al superhombre de Nietzsche, pues este “nuevo hombre”, ante la muerte de Dios y de todos los valores e ideales impuestos por el “mundo verdadero”, es decir, el mundo platónico-cristiano; forma sus propios valores a imagen y semejanza de sí mismo, el nuevo hombre se convierte en su propio Dios, en el Dios de la vida y la tierra (Dioniso), teniendo como máxima hacer todo aquello que no le importe repetir eternamente, el fundamento de la ética nietzscheana del eterno retorno. No obsta obstante, Kierkegaard critica esta forma de desesperación por estar falta de apoyo, sostenida en el vacío metafísico que deja la ausencia de Dios como Poder Creador, siendo el superhombre un proyecto fallido, pues cae por su propio peso en el nihilismo absoluto, la famosa voluntad de voluntad de Heidegger, último estadio de la metafísica occidental y su consecutiva muerte.

Es así que Kierkegaard sigue la conclusión de su desarrollo dialéctico con el yo pasivo, aquel que padece la desesperación en toda su carne. Este hombre encuentra alguna dificultad insondable, una cruz que lo encadena al dolor y al sufrimiento de su acto de rebeldía. Ante esta gran dificultad, ante el dolor de la Cruz, este hombre no se humilla ente Dios, sino que se recrea en su dolor y desesperación, abraza la Cruz para que su carne y su alma sigan clavándose en ella, pues este hombre hace de su dolor su identidad, pues ve en su desesperación como la objeción eterna contra la existencia, rebeldía eterna a Dios, un testigo sempiterno del fallo de la obra del Poder Creador.

Esta forma máxima de desesperación se encarna en la figura del ángel caído, Lucifer, que permanece en la oscuridad de la rebelión como forma de identificarse y objetarse frente a Dios. A su vez, puede encontrarse un buen símil en el personaje de Kirilov, de la novela “los demonios” de Dostoievski, el cual, e busca de la destrucción total de Dios, declara lo siguiente: “La libertad completa existirá cuando sea indiferente vivir o morir. Quien quiera que desee la libertad máxima, debe de perder el miedo al suicidio. Si Dios existe, toda voluntad es suya y yo no puedo escapar a su voluntad. Me creo en la obligación de pegarme un tiro”.

La Desesperación es el Pecado

Para Kierkegaard el pecado es no ser un mismo desesperadamente o querer ser uno mismo desesperadamente delante de Dios. Todo pecado es en consecuencia contra Dios o delante de él, sea en la ignorancia, la debilidad o la obstinación pues el pecado no es más que la consecuencia de que el yo se mida en función a Dios, siendo este yo no un “yo humano”, sino un “yo teológico”, un yo en relación con Dios, segmentándose esta relación con Dios en función del grado de conciencia de esta relación con Dios.

Por otra parte, Kierkegaard niega que el contrario del pecado sea la virtud, sino que es la fe, pues esta es que el yo, siendo sí mismo y queriéndolo, se fundamenta lúcido en Dios, tal y como dice la carta los romanos de Pablo (XIV,23): “Todo lo que no procede de la fe es pecado”.

 El Pecado Socrático

En su exposición de la naturaleza del pecado, Kierkegaard analiza la definición socrática de este, siendo el pecado la ignorancia de lo justo, la falta de comprensión por parte del hombre de lo verdaderamente justo y bueno, haciendo aquello que es injusto por pura ignorancia. Kierkegaard afirma que esta definición de Sócrates es un puro imperativo categórico intelectual, propio de los griegos, que, en su falta de Cristo, igualan el conocimiento con la voluntad. Si la definición de Sócrates es correcta, el pecado no existe, pues se basa en la ignorancia, en el “no-ser”. Si el hombre ignora el pecado, como el salvaje o el pagano, no puede pecar, pues no tiene conocimiento ni de lo justo no de lo injusto. En esta ética negativa, típicamente pagana, Kierkegaard ve un eco de esta en la “filosofía moderna” en el cogito ergo sum” cartesiano, que encuentra su máxima expresión en la filosofía hegeliana, donde el pensar y el ser son idénticos.

Ante este intelectualismo moral, Kierkegaard antepone la revelación divina, donde Dios muestra al hombre la verdadera naturaleza ética del pecado, a saber, la voluntad, el acto de rebelión contra Dios en búsqueda de la propia individualidad “la sumisión de la voluntad del cosmos a la voluntad del propio ego”, tal y como afirma Schopenhauer en su ensayo Sobre la voluntad en la naturaleza.

El pecado es la voluntad del hombre enfrentándose al Poder Creador que lo fundamente tal y como lo plasma la doctrina del pecado original. Es así que el pecado no es no comprender, sino no querer comprender. El pecado es, una vez rebelada su naturaleza por la divinidad, es querer no ser de forma desesperada uno mismo, o querer ser de forma desesperada uno mismo.

Es así que el pecado queda encasillado en el marco de la gran disputa expuesta por Heidegger en su “Introducción a la Metafísica” entre el ser y el deber ser, donde la respuesta dada por Kierkegaard coincide con la de Schelling, a saber, el cometido del hombre es simplemente ser.

Es por ello que el Diablo es pura voluntad, pues a pesar de ser la creación más perfecta de Dios, este se rebela contra él en la búsqueda de la fundamentación absoluta del yo en sí mismo, pero fracasando y solo quedando un triste Kirilov.

El Pecado como Posición

Para Kierkegaard el pecado no es una categoría negativa, tal como la debilidad o la insatisfacción, sino que es una categoría positiva, un posicionarse en rebelión contra Dios. Todo definición negativa del pecado cae en el panteísmo, pues si el pecado se identifica con la debilidad o la ignorancia, se entiende a este como parte del concepto abstracto de Dios.

La teología especulativa, es decir, la filosofía hegeliana, intenta definir el pecado en base al arrepentimiento, como principio inteligible del pensamiento, es decir, como objeto comprensible a la razón. Sin embargo, el pecado es algo puramente humano, basado en la voluntad, siendo su concepto revelado por la divinidad y solo accesible por medio de la fe, al igual que la redención.

Debido a esta naturaleza incomprensible, el pecado solo se manifiesta en la desesperación, siendo que la mayoría de los hombres carecen de todo espíritu, siendo un amasijo de individuos materialistas y hedonistas de los que o se puede decir que pecan, pues carecen de total espíritu, siendo el pecado perteneciente a la esfera de lo espiritual.

Es así que el pecado no se da en el paganismo, pues carece de la revelación de Dios. Solo en el judaísmo, y en el cristianismo (posiblemente también en el islam) es donde aparece el pecado, pues este es, una vez conocido por Dios, renegando de este.

Para Kierkegaard, el mayor peligro que sufre la cristiandad es la crisis de la distinción cualitativa entre lo divino y lo humano, siendo que el hombre, tal y como describe el Génesis, está tentado a superar lo humanamente comprensible y borrar las diferencias entre hombre y Dios, sea por medio de la filosofía, la poesía o la ciencia (tal y como describe la gaya ciencia de Nietzsche), que eleve a la razón a los cielos de la divinidad, cosa que le es totalmente ilícita. Ante esto, Kierkegaard defiende la fomentación de la ignorancia socrática, a saber, de que somos ignorantes de cosas que están más allá de nosotros, siendo que el corazón tiene razones que la razón no entiende (Pascal).

La esencia del pecado reside en la permanencia en él, siendo los nuevos pecados no un cómputo sumatorio, sino la tendencia del propio pecador que permanece en el pecado. El pecado no es algo acumulativo, sino que es una condición de la que solo se puede salir por medio de la fe.

La desesperación por los pecados propios es el deseo de pertenecer en el propio pecado, el intentar subsanar por uno mismo, revistiéndose de soberbia y orgullo, en vez de recurrir a Dios para ello, humillarse ante su divina Providencia y aceptarse a sí mismo delante de Dios como sujeto. La desesperación por el perdón de los pecados es el escándalo que produce en el hombre el hecho de que haya un Cristo redentor, que siendo Dios hecho carne, perdone nuestros pecados si nos humillamos delante de él y nos medimos en función de Dios, es decir, en base a la fe.

El perdón de los pecados es una de las grandes diferencias que hay entre el cristianismo y el paganismo y el judaísmo, pues aquí Dios nace, se humilla, padece y muere delante de cada uno de nosotros, no como muchedumbre, sino como individuos con un yo espiritual. Es la figura de Cristo la que, a pesar de ser un hombre, nos muestra la frontera cualitativa infranqueable entre el hombre y Dios, siendo esta solo cruzada por la fe, tal y como muestra Kierkegaard en su genial ensayo Temor y Temblor.

 

El Pecado de rechazar al cristianismo como algo falso

Las dos formas anteriores de desesperación en función del pecado, a saber, la desesperación por los pecados y la de desesperar por el perdón de los pecados son formas de carácter defensivo, donde el desesperado se guarda contra la fe, Cristo y Dio. El rechazo del cristianismo como falso es en cambio positivo, pues es un ataque contra Cristo, negando que fuese Dios hecho carne, el Verbo hecho Carne. Esta negación de Cristo puede tomar tres formas:

-Indiferencia: el hombre no emite ningún juicio sobre Cristo porque no le interesa, indiferencia ante Dios, como el hedonismo epicúreo.

-Escándalo: el hombre se queda perplejo ante la naturaleza de Cristo, no pudiendo creer en él, pero tampoco lo niega, propio del agnosticismo y de algunos paganos y judíos.

-Negación Positiva: las anteriores formas niegan el cristianismo de forma negativa, mientras que en esta la acusación se hace explícita, pudiendo ser:

·         Docetismo: Cristo solo es hombre en apariencia (mitología, poesía, nestorianos, monofisismo).

·         Racionalismo: Cristo solo era un hombre, no Dios (arrianismo, judaísmo, islam y ateísmo).  

El Ego Universal: Comentarios a la Filosofía de Fichte

La figura de Fichte en la historia de la filosofía ha sufrido de un doble eclipse, por un lado, de su maestro Kant, padre del idealismo alemán, y por el otro lado por uno de sus discípulos, Hegel, máximo exponente del idealismo objetivo. No obstante, el pensamiento de Fichte es de gran importancia, pues es el puente entre Kant y Hegel, entre el criticismo kantiano y el romanticismo alemán, además de ser el padre del nacionalismo alemán moderno, el cual expone en su famoso “Discurso a la Nación Alemana”. 

Su filosofía teórica parte de la crítica a la concepción de “cosa en sí” kantiana, descartándola por completo y fundamentando todo conocimiento y realidad en el sujeto, en el “Yo”. Fichte, en su “Doctrina de la ciencia”, reconstruye las sendas argumentativas que supuestamente Kant descuidó en su “Crítica a la Razón Pura”, pues las teorías de Kant parten del órgano intelectual completo y dado, pero no de su formación y fundamento. Es así que Fichte intenta proporcionar una ciencia de los principios supuestos por las demás ciencias, una ciencia elemental, general y fundamental, una ciencia de la ciencia, cuna doctrinal del conocimiento.


Principios fundamentales de Fichte

·         Tesis: Yo                     A=A                 Identidad/Realidad

 

·         Antítesis: yo no soy no yo      A=no (no A)                Oposición/Negación

 

·         Síntesis: Yo pone yo frente al no yo                          Determinación/Causa

 

El primer principio es el de A=A, siendo que una A cualquiera es igual al conocimiento que tengo de esa A, es decir, sujeto y predicado son idénticos. Esta relación de identidad no en el objeto, sino en el Yo, pues es este el que pone a la A como existente en relación de identidad con la A que pone el Yo como conocida. Es así que de esta identidad se obtiene el principio de “Yo soy yo”, siendo que el Yo se pone en la existencia, el yo existe necesariamente para el yo. De este principio se concluye que toda cosa es para el Yo por el mero hecho de que el Yo la pone en identidad consigo misma. A este principio se le corresponde con la categoría de realidad.

El segundo principio se expresa en el enunciado “no A no es igual a A”. Este principio no puede deducirse del anterior, pues es su contrario. Es así que el yo opone un contrario absolutamente en cuanto a su forma. No obstante, para que no A sea opuesto a A, el yo debe primero poner A necesariamente, pues solo sabemos lo que es o no es no A en relación con A. Es así que la esencia de no A es no ser lo que A es. Sin embargo, para que no A se oponga a A, debe oponerse al Yo, siendo esto el n-yo, aquello que se opone absolutamente al Yo. De aquí se concluye que el Yo al ser puesto en el yo por el mismo, a su vez se opone al no-yo siendo este puesto por el yo en oposición al yo. De aquí surge la categoría de la negación.

De los anteriores principios surge una contradicción. El Yo pone al yo y a este se le opone el no-yo, siendo que en términos absolutos se destruirían por completo debido a sus naturalezas opuestas. Sin embargo, aquí entra en juego el tercer principio. Para Fichte, toda contradicción es aparente y debe superarse en un principio nuevo y superior. La contradicción entre realidad y negación se resuelve en la categoría de limitación, la cual es una negación parcial que a su vez afirma. Es así que el Yo pone a un yo finito, limitado por su opuesto, un no-yo a su vez finito que se define por la limitación de ambos entre sí. Es así que el Yo infinito y primero pone un yo finito limitado por un no yo finito, siendo este limitado a su vez por el yo finito puesto por el Yo infinito.

Es por estos principios que Fichte fundamenta una ciencia del conocimiento o doctrina de la ciencia de la cual partirá el resto de las ciencias. Esta ciencia del conocimiento tiene como fin la exposición de las condiciones de la intuición particular y de la sensación. Es a sí que el hombre es solo hombre conociéndose a sí mismo, como yo; es decir, como esencia intelectual, de sustancia espiritual, como ser inteligente necesariamente como actividad libre y fuerza infinita.

“El Yo, sujeto absoluto, pone el yo y el no-yo como recíprocamente limitables uno por otro. El yo se pone a sí mismo como limitado por el no-yo y el yo pone al no-yo como limitado por el yo” (Fichte, Doctrina de la Ciencia, 1811).

Primer Principio: Identidad

A pesar de ser un gran admirador de la filosofía kantiano, Fichte fundamenta su sistema filosófico de una forma totalmente diferente a la que lo hace Kant. Para Fichte, el conocimiento se fundamenta en la intuición intelectual, en contraposición a Kant, el cual afirma que el conocimiento se fundamenta primero en la intuición sensible. Esta intuición intelectual es el resultado de entender que el yo soy yo es el objeto puro absoluto que no necesita de demostración alguna debido a su clara evidencia.

No obstante, Fichte empieza por una proposición más sencilla, cogiendo cualquier objeto empírico y extrayendo todo aquello que no sea igual a lo único que no puede extraerse sin poder dejar de pensarse, es decir, la proposición A=A. Esta proposición se obtiene de separar de un objeto cualquier todo lo empírico hasta que no haya nada que pueda ser separado, es decir solo que la identidad de consigo mismo.

Esta relación de identidad entre A y lo que se conoce de A por el yo se denomina X. Esta relación no existe en sí, como “cosa en sí”, sino como puesta por el Yo, siendo que el A como objeto debe ser puesto por el yo, pues sino A no sería lo que se conoce A, siendo que X es lo mismo que decir Yo soy, puesta relación solo es posible en la conciencia de Yo. Es así que desde este principio llegamos a que todo es puesto por el Yo, siendo este puesto por sí mismo por el mero hecho de ser. En el momento en que el yo se tiene por objeto de sí mismo, este es consciente del sustrato de la conciencia, el sujeto absoluto que pone al yo como objeto, el yo absoluto.

Segundo Principio: Oposición

Otro principio que es evidente por sí mismo y carece de demostración es el de no A no es igual a A. Este principio, según Fichte no puede ser deducido del anterior, ya que, si aplicamos este principio a no A, obtenemos no A igual no A, una relación de identidad, llamada Y, la cual es puesta por el Yo, pero no nos dice nada sobre la relación entre no A y A.

Es así que al poner el yo a A en identidad consigo mismo, a su vez pone a no A en oposición a A, ya no A se determina en su materia por A, mientras que su esencia es la de no ser A. Por tanto, en la acción de poner el yo a A, a su vez pone en oposición a A a no A. De aquí sacamos que el no-yo, aquello que es determinado materialmente por el yo pero su esencia es no ser yo; no es igual al yo o si se prefiere, Yo no soy no-yo. El Yo, al ponerse a sí mismo como yo, a su vez pone en oposición al yo al no-yo (categoría de la negación).

Es así que el Yo al afirmarse en identidad al yo o a sí mismo, niega en oposición al no-yo, el cual sigue siendo puesto por el yo. Autores posteriores como Schelling o Hegel suelen identificar a esta no-yo como Naturaleza, aquella que es exterior al yo, pone al yo y en oposición al no-yo, ¿cómo puede poner el Yo al yo y al no-yo sin aniquilarse mutuamente?, ¿cómo es posible que exista un no-yo si Fichte niega la “cosa en sí”?

Tercer Principio: Determinación

¿Cómo A y no A, ser y no ser, realidad y negación pueden concebirse juntos sin que se anulen y destruyan? Naturalmente, limitándose recíprocamente, siendo que la relación Y la limitación de la relación Y la limitación de los dos opuestos, uno por otro, y X designará sus límites.

Limitar una cosa es suprimirla, pero solo en parte. Es así que de la limitación de algo entendemos que existe además de la noción de realidad, negación y de limite encontramos la divisibilidad, la cual es cantidad, pero no una determinada. Esta noción de divisibilidad, la cual es cantidad, pero no una determinada. Esta noción de divisibilidad es la X anterior, y la Y: el yo y el no-yo son puestos absolutamente como divisibles.

Tanto el yo como el no-yo son determinadas recíprocamente, siendo que ambos se dividen la realidad conjuntamente. El Yo absoluto del primer principio no es algo, simplemente es, es el yo al ser puesto por el primero que recibe o se adueña parte de la realidad absoluta, el Yo, la cual está divida de la que se apropia o recibe el no-yo, debido a su condición de oposición, limitándose mutuamente y adquiriendo cantidad, siendo algo cada uno. Es así que la premisa fundamental de la ciencia del conocimiento es “Yo pongo en el yo al yo divisible al que se le opone un no-yo divisible”.

Por tanto, el no-yo, lo exterior al yo, la naturaleza, e producto del Yo absoluto, ya que un No-Yo absoluto es imposible, pues es afirmar la “cosas en sí”, cosa que es ilícito, ya que más allá de la conciencia del Yo absoluto no hay nada, pues todo es puesto por el Yo absoluto en el yo divisible y en el no-yo divisible, ambos puestos por el Yo absoluto, la Conciencia.

-Juicio antitético: comparar las cocas en el carácter en el que son opuestos (negar).

-Juicio sintético: indagar en los opuestos en el carácter en que son idénticos entre si (afirmación). El caso del yo y el no-yo, el carácter idéntico es el ser puestos por el Yo absoluto como finito y determinados recíprocamente el uno al otro.

Para que toda síntesis y antítesis tenga fundamento, debe estar basadas en la tesis, en el primer principio incondicional, donde A es puesta en identidad consigo misma de forma absoluta por el Yo absoluto. 

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