viernes, 23 de abril de 2021

El Marxismo: La distopía revolucionaria

 Introducción 

El marxismo no es solo una teoría económica, una ideología política o un sistema filosófico, sino una cosmovisión cuasi-religiosa que sistematiza el mundo y al ser humano en un todo integrado y cohesionado (al menos aparentemente), dando un sentido al cosmos, la sociedad  y al individuo hacia un futuro nuevo y libre, el comunismo. El marxismo es muy similar al cristianismo, algo que los acólitos a esta "religión política" tienden a rechazar. Ambos son sistemas cosmológicos y morales donde el universo entero orbita alrededor de conceptos claves, sea Dios o la Revolución. Además, ambos son escatológicos (en el sentido teológico de la palabra), ya que son sistemas teleológicos que describen el transcurso del tiempo en forma lineal y finita, teniendo un apocalipsis final encarando en la parusía de Cristo, o la instauración del comunismo. Es así que el marxismo es ante todo una visión escatológica del ser humano, la cual recurre a la economía, la política y la historia para argumentar y defender como "científico y/o histórico" o al menos "verdadero" la destrucción de la dinámica burguesa y la llegada del comunismo. 

En una primera instancia, el marxismo surge de la mano de Marx y Engel, los cuales empiezan como hegelianos de izquierda, absorbiendo sus primeras bases filosóficas de la obra de Hegel y Feuerbach; y de la política romántica de los revolucionarios jacobinos. Es así que el marxismo comienza como una mezcolanza de la tradición filosófica alemana y la política revolucionaria francesa, la cual encuentra sus raíces en el cristianismo. Por tanto, la obra de los jóvenes Marx y Engels no es más que grandes manifiestos románticos propios de la época, tal y como se muestra en el libro la Sagrada Familia

Sin embargo, este primer estadio romántico es transmutado por Marx y Engels en un análisis histórico-económico del capitalismo burgués. Esto se debe a las  lecturas de los economistas liberales como Smith o Ricardo, además del historicismo de Hegel. Recapitulando, puede afirmarse que el marxismo es tridimensional, basándose en la interpretación de la economía liberal, especialmente Ricardo, la política revolucionaria francesa, y la filosofía alemana, la cual es secularizada por el análisis económico, convirtiéndose en lo que suele llamarse "materialismo histórico". 

Esclarecidas a groso modo las bases del marxismo, puede entenderse mejor el porqué de su fracaso, las causas por las que esta religión política, la cual prometía (y sigue prometiendo) el paraíso; y solo ha traído el infierno en la tierra. Para ello, primero se expondrá las bases y axiomas del marxismo, seguida de las consecuencias teóricas y prácticas, mostrando su inconsistencia e inmoralidad. 

Sección I: Fundamentos de una religión secular 

El marxismo como filosofía: el materialismo histórico y la reconversión de Hegel 

Como se ha afirmado antes, el marxismo comienza su vida en la historia de las ideas como una desviación del la dialéctica de Hegel. Este último afirmaba en que la Historia, al igual que la Naturaleza, está determinada por las leyes del Espíritu, las cuales se enmarca en la dialéctica. La Historia es el proceso continuo y revolucionario de la autoconciencia del Espíritu determinado en el desarrollo de los pueblos humanos. El Espíritu es un concepto obscuro y obtuso de difícil comprensión, pero puede resumirse en que el Espíritu es lo que perfectamente es, la Idea en su estado puro, siendo la Naturaleza, tal y como se expone en la Fenomenología del Espíritu y en las Lecciones de Filosofía de la Historia, como la negación del Espíritu, siendo a su vez la Historia la negación de la negación, es decir, la autoconciencia del Espíritu en su propia esencia Ideal, encarnada en la propia filosófica hegeliana, la cual tiene por objeto el saber absoluto, a saber, que el sujeto absoluto es objeto de sí mismo, la autoconciencia de Dios. 

La filosofía marxista no es más que la secularización de esta concepción filosófica de la realidad, sustituyendo el Espíritu por lo Material, siendo el motor de la historia no las ideas, sino las condiciones materiales de las diferentes sociedades, las cuales Marx reduce a términos económicos. Por tanto Marx afirma un devenir histórico que se propulsa por medio de la lucha de clases hacia la emancipación del ser humano de sí mismo, a saber, la abolición de la servidumbre del hombre a sí mismo, algo que Hobbes expresa con su frase "el hombre es un lobo para el hombre". 

El materialismo histórico se reduce a la interpretación dialéctica de la lucha de clases, la cual se basa en la lucha encarnizada entre los opresores y los oprimidos, siendo estos últimos aquellos que poseen el motor del cambio, la masa revolucionaria. El materialismo histórico puede esquematizarse en los siguientes tres puntos: 

-Tesis: la clase oprimida ostenta el poder económico y político, formando instituciones legales y morales que justifican dicha opresión sobre la masa oprimida, como puede ser el feudalismo, justificado por la religión católica. 

-Antítesis (o Revolución): El sistema económica-social de las clases opresoras no pueden soportar las contradicciones económicas y sociales que genera dicho sistema, con lo cual las clases oprimidas toman el poder de forma violenta por medio de la revolución armada, destruyendo todos los elementos reaccionarios, tal y como ocurrió con la Revolución Francesa.  

-Síntesis (o Restauración): la Revolución armada de las clases oprimidas da paso al establecimiento de nuevas instituciones legales y morales por parte de las clases que llegan al poder, como es el capitalismo burgués, el cual destronó al feudalismo. 

La concepción marxista de la historia entiende a esta última como un fenómeno natural medible y cuantificable, del cual puede extraerse una serie de leyes que describen el devenir histórico de forma sistemática y clara, pudiendo predecir el futuro histórico y su "inevitable final", el comunismo. Esta concepción historicista, a parte de la herencia hegeliana, está influenciada por el positivismo, la creencia de que el saber científico es el saber absoluto, y del holismo, el cual afirma que la ciencia suprema es la sociología económica, pues considera todos los fenómenos naturales y humanos como una totalidad unitaria y universal, tal y como expresaba el padre del positivismo, Augusto Comte, afirmando en su breve ensayo Discurso del espíritu positivo que la sociología es la nueva religión de la sociedad científica, algo de lo que Marx y Engel beben directamente (sobre todo de la obra de Saint-Simon).  Para la instauración del comunismo y de la sociología como religión, Marx y Engels primero analizan loa bases económicas del sistema que lo contiene en potencia, el capitalismo burgués del S.XIX. Es así que el historicismo filosófico de Marx desemboca en su análisis del capitalismo industrial de la época, especialmente Inglaterra. 

El Marxismo como teoría económica: la reconversión proletaria de David Ricardo. 

La teoría económica marxista hereda los conceptos y principios del liberalismo económico primitivo, en especial la teoría económica de David Ricardo. Esta descansa en la concepción del valor-trabajo. Dicha teoría afirma que el valor de un producto viene determinado por la cantidad de trabajo que se necesita para su manufacturación. Por tanto, el valor de un producto viene dado por los trabajadores que lo producen, siendo el proletariado (y el campesinado) quien da valor a los productos que se comercializan. Esta teoría del valor-trabajo, en el sistema ricardiano, desembocando a su vez en la Ley de Hierro de los Salarios, la cual afirma que los salarios de los obreros debe de quedar determinado a la simple subsistencia, pues si es superior a esta, aumentaría la población proletaria y provocaría los desequilibrios demográficos que analiza Malthus en sus trabajos sobre la población. 

Ricardo afirma a su vez que los salarios, de acuerdo con su Ley de Hierro, deben de estar libre de toda intervención estatal, siendo los salarios regulados por el libre mercado. Marx recoge la obra de Ricardo y la analiza desde una perspectiva diferente. Aceptando la teoría del valor-trabajo, Marx pone énfasis en que el valor de los productos viene determinado por la clase trabajadora, es decir, la remuneración del valor bruto producido por el trabajo de los proletariados corresponde íntegramente a estos mismos. 

Llegado a este punto, Marx se pregunta que de dónde proceden los beneficio del capitalista que posee los medios de producción si el valor de un producto es dado por los trabajadores. Marx contesta a esta pregunta con su famosa teoría de la plusvalía. Según Marx y Engels (y casi todos los marxistas posteriores) la plusvalía es el segmento del valor total que el capitalista sustrae de la remuneración total del trabajo del obrero, siendo este su beneficio. Por tanto, el marxismo económico afirma que el beneficio del capitalista es literalmente un robo del trabajo del proletariado. Es así que el beneficio o plusvalía es el mecanismo principal de opresión económica del proletariado por parte de la clase burguesa. Cuanto más miserable sea el salario de los obreros, más beneficio obtendrá los capitalistas, siendo la Ley de Hierro de los salarios aquella que justifica esta acción por parte de los propietarios de los medios de producción, los capitalistas burgueses. 

Debido a la lógica de la producción anárquica capitalista, Marx y Engels entienden que dicha dinámica de buscar el mayor beneficio por parte de la plusvalía, la lucha entre capitalistas por la obtención de beneficio, provoca que los pequeños capitalistas sean absorbidos por los grandes, concentrándose la industria y la economía cada vez más, lo que lleva a un empeoramiento de las condiciones materiales del proletariado y la formación de grandes conglomerados industriales llamados "trust", como expone Engels en su ensayo Del socialismo utópico al socialismo científico. 

La lucha intestina entre unos pocos grandes capitalistas y el empeoramiento de las cada vez más insostenibles condiciones de vida de la clase proletaria son las contradicciones esenciales de la producción capitalista, haciendo que la concentración de todos los medios de producción en una misma propiedad sea insostenible, provocando la adopción por parte del Estado de los medios de producción, algo que Engels llama capitalismo de Estado. Sin embargo, este capitalismo de Estado no puede superar las contradicciones económicas y sociales de la clase oprimida, lo que provoca el alzamiento de este en armas, asaltando el poder y conquistando los aparatos opresores del Estado e instaurando un gobierno revolucionario. Dicho gobierno tiene como objetivo la opresión de la clase anteriormente opresora, es decir, el de eliminar todos los elementos reaccionarios y contrarrevolucionarios. Dicho gobierno revolucionario Marx y Engels lo denominan socialismo, en el cual los medios de producción pasan de la propiedad privada a la propiedad del proletariado, encarnada en el Estado socialista. 

Una vez eliminado los elementos reaccionarios llegará el comunismo. Según Lenin el Estado es una institución de opresión de clases. Una vez que el proletariado a eliminado al resto de clases reaccionarias, el Estado dejará de tener sentido de ser, pues ya no existen clases que oprimir. Por tanto, tal y como expresa el ideólogo ruso en su libro El Estado y la Revolución, el Estado se extinguiría, dando paso al tan ansiado comunismo. Para casi todos los marxistas, estar dinámicas económicas son leyes históricas que desembocan en el final del capitalismo, la lucha de clases, y en definitiva, la Historia: el comunismo. Por tanto, la clase proletaria debe de tomar conciencia y organizarse en partidos políticos y desarrollar tácticas revolucionarios, es decir, las condiciones económicas dan paso a las tácticas políticas. 

El marxismo como política: la Revolución como paraíso ideológico 

Siguiendo la dinámica de la lucha de clases, los marxistas se centran a nivel político en la propaganda y la movilización organizada de la clase obrera para su lucha contra los movimientos políticos reaccionarios y burgueses, con el objetivo de conquistar el poder del Estado e instaurar un gobierno revolucionario socialista, el cual tiene por misión la destrucción de las clases sociales. Desde el marxismo, la toma del Estado es un elemento esencial en el plan político de todos estos movimientos socialistas. Según la teoría marxista, el Estado es el órgano administrativo-militar que forman las clases opresoras para subyugar a las clases oprimidas. 

Según esto, en la edad Antigua el Estado romano, encarnado en el compleja estructura burocrática y militar, sometía a las clases pobres y esclavas, mientras que en el feudalismo medieval los emperadores, reyes, duques y demás nobles feudales, en conjunción con la Iglesia católica, oprimían a los burgueses y siervos campesinos. Por tanto, los marxistas afirman que solo las formaciones políticas proletarias pueden colaborar con las burguesas siempre y cuando sea para luchar contra las más reaccionarias, los restos del feudalismo (y posteriormente), a las fuerzas  ultranacionalistas y fascistas. 

Una vez que la lucha de clases se equilibra en función de la dicotomía burgueses/proletarias, los marxistas se dividen en dos grupos bien diferenciados, aquellos que defienden la utilización de métodos revolucionarios violentos donde las clases proletarias y campesinas son dirigidas por una vanguardia de intelectuales revolucionarios, organizados en un partido; por otro lado están aquellos que optan por organizar formaciones políticas proletarias que luchen mano a mano con las formaciones burguesas dentro de la dinámica democrática liberal, llegando al poder por medio de la reforma y no la revolución. Los primeros tomaron el camino propio de Lenin y los bolcheviques, el de Rosa Luxemburgo y los espartaquistas alemanes y los campesinos revolucionarios de Mao. Mientras que los segundos fundaron los diversos movimientos socialdemócratas (y posteriormente) eurocomunistas.

En resumen, el marxismo supone toda una teología ideológica que expande sus tentáculos teóricos y prácticos hacia todas las ramas del saber, en especial la filosofía y las ciencias sociales. Sin embargo, por muy extensa que sea su influencia, el marxismo está muerto de raíz, estando su corazón totalmente podrido, del que solo salen frutos de muerte y miseria. 

Segunda Sección: La desmitificación del marxismo   

Introducción: la lucha antimarxista 

Sin lugar a dudas, el marxismo es uno de los movimientos ideológicos más importantes de la Historia Contemporánea, siendo uno de los ejes fundamentales del trascurso del anterior S.XX, hasta tal punto que casi la mitad de almas que habitaron el mundo de la Guerra Fría sufrieron de los delirios económicos y sociales de esta religión política. Es así que el marxismo se sustenta en una serie de principios filosóficos, económicos y políticos que dan sentido a la cosmovisión escatológica que procesa. Dichos argumentos son el resultado de un profundo análisis socio-económico de las condiciones materiales y de las "leyes de la historia".

Sin embargo, como toda ideología, los sustentos teóricos del marxismo son totalmente infundados e incoherentes, pues no descansan en ninguna observación científica de la historia y la economía, lo cual desemboca en aberrantes prácticas políticas que justifican actos deplorables como los Gulags o el famoso "Salto Adelante" de Mao. El marxismo intenta en vano formular una teoría político-moral basada en supuestas evidencias científicas de las dinámicas económicas y culturales, pero cae en el dogmatismo más fanático y vulgar ante los argumentos y hechos que lo desmienten flagrantemente, como es el caso de sus predicciones económicas e históricas, todas ellas fallidas y desmentidas por el transcurso de los acontecimientos. Sin embargo, los marxistas suelen tachar de "ciencia burguesa" o revisionista a todos estos argumentos y hechos, al igual que todas aquellas religiones que los marxistas suelen atacar. 

El materialismo histórico como idealismo sublimado

En el campo de la filosofía el marxismo suele diferenciar entre pensadores metafísicos o idealistas, como Descartes, Hume o Kant; y los pensadores materialistas, como Marx, algo que expone Engels en su breve ensayo Feuerbach y e fin de la filosofía clásica alemana. Engels afirma que esta diferencia se basa en la dicotomía entre ser y pensar, siendo los idealistas aquellos que defienden la supremacía del pensar sobre el ser, mientras que los materialistas defiende los contrario. 

Es así que los marxistas pretenden hacer pasar a sus teorías como empíricas, realistas, materialistas y científicas por basarse en análisis económicos (la mayoría errados) o en observaciones (todas ellas sesgadas) del devenir histórico. El marxismo pretende justificarse a partir de observaciones que realizan en función de sus propias concepciones teóricas. Un ejemplo de los prejuicios teóricos de los que sufre el marxismo es el esquema del movimiento dialéctico heredado de la filosofía hegeliana, aunque Althusser se empeñara en negarlo durante toda su vida con su artificiosa y ridícula división entre el "joven Marx" y el "Marx maduro". 

El esquema tesis-antítesis-síntesis, aunque puede ser útil en algunos casos, no se corresponde con la estructura de la realidad en general. Esto se debe a que, siguiendo a Wittgenstein, no podemos formular una proposición con sentido que represente una figura del mundo, ya que el mundo no es un hecho, sino que es el conjunto de los hechos. Por tanto, no puede desarrollarse ningún marco teórico que represente el mundo en su totalidad y unidad, ya que se nos es imposible dilucidar el mundo, pues no podemos percibirlo como observador exterior, sino que pertenecemos al propio mundo como un hecho más. Es así que reducir la gran variedad de hechos y transformaciones de hechos en un esquema conceptual abstracto como es la dialéctica, muestra una actitud claramente idealista, pues impone de manera forzada un esquema teórico a la realidad empírica, escogiendo aquellas observaciones que más le conviene a la teoría. 

Profundizando los prejuicios teóricos del historicismo marxista, solo hay que examinar las fuentes históricas con las que trabajaron Marx y Engels. En una primera instancia, las fuentes de la época en materia de historia antigua eran muy precarias y limitadas, pues apenas se había trabajado en la historia de las sociedades orientales y eslavas primitivas, por no decir el estudio de las sociedades tribales. 

Un error muy común que cometen los marxistas (y por no decir de los antropólogos) es el de afirmar que los estadios más primitivos de las sociedades humanas son equivalentes a las sociedades aborígenes o salvajes actuales que encontramos en el Amazonas o partes de África, siendo esta falacia naturalista la base de la archiconocida obra El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada de Engels, por no decir casi toda la obra psico-antropológica del psicoanálisis iniciado por Freud (véase Tótem y tabú). 

El antropólogo e historiador de las religiones E.O.James explica que las sociedades tribales actuales no son un resquicio de las sociedades prehistóricas, pues las primeras han cambiado con el tiempo al igual que el resto de grupos humanos. Es así que las dinámicas sociales cambian, las condiciones geográficas y ecológicas también lo hacen, siendo que las sociedades tribales pueden ser bastante diferentes a las prehistóricas de donde probablemente vienen. Esto se debe en parte a que algo tan esencial como el clima ha cambiado considerablemente en las regiones donde viven (o vivían) este tipo de grupos humanos. Además, muchas sociedades de este tipo tienen múltiples contactos directos o indirectos con varias civilizaciones, como es el caso de muchas tribus africanas, que disponen de modernos rifles de asaltado y conocen la moneda (aunque de una forma limitada). 

Es por esto mismo que no pueden compararse estas sociedades tal y como lo hacen los marxistas (y psicoanalistas sociales), siendo que una de las partes del historicismo marxista, el estudio de las sociedades primitivas que son el inicio del devenir histórico, descansa en una errada concepción teórica de dichas sociedades que no se corresponde con la realidad antropológica, etnográfica e histórica de dichos grupos humanos. 

Por otra parte, tal y como expone el historiador inglés J.Hobsbawm en su estudio introductorio al ensayo de Marx las Formaciones Precapitalistas, tanto Marx como Engels tenían unos muy pobres conocimientos en cuanto a la estructura económica y social de las sociedades orientales como el Imperio Persa o la India. Afirmaban que en estas sociedades, en la misma línea que Hegel, se caracterizaban por ser enormes despostados militares-religiosos, pero sin estructuras parecidas al feudalismo, ni organismos burocráticos-administrativos como las del Imperio Romano. Esto es radicalmente falso, pues sociedades como Persia o la India, pero más importante el caso de China, construyeron complicadísimas estructuras burocráticas y económicas, hasta tal punto que es en la antigua China, donde se da el primer Estado totalitario, a manos de la primera dinastía, la Qui, sustentada con una ideología propia que lo justificaba, el legalismo (la cual será rescatada por el maoísmo).

A su vez, la afirmación de que el feudalismo es algo propiamente europeo es falsa hasta cierto punto, algo que no es característico de los pensadores marxistas, sino de otros tan dispares como Ortega y Gasset o Novalis. Estructuras político-sociales muy parecidas al feudalismo las podemos encontrar en el periodo de la dinastía Zhou en China o en los periodos Sengoku y Edo en el país del sol naciente, Japón, como expone el historiado nipón Mikiso Hane, el cual afirma que durante estos periodos el poder estaba muy descentralizado y fragmentado entre varios gobiernos locales de clanes guerrero-familiares, además de existir feudos gobernados por señores autónomos, los llamados daimios, siendo estos muy similares a los cientos de principados y señoríos que conformaron el  Sacro Imperio Romano Germánico. 

Existe multitud de ejemplos históricos que desmienten la teoría marxista que explica su devenir, pues esta pretende explicar todos los fenómenos históricos reduciéndolos a meras condiciones económicas incluso aquellos eventos que eran desconocidos por los fundadores del tan célebre materialismo histórico. Este error de conceptualización del devenir histórico es compartido con otros autores tan dispares con el socialismo como Ortega, Spengler o Toynbee. Este es identificado por el filósofo de la ciencia y gran adversario del historicismo Karl Popper como holismo, el cual entiende que la misión del historicismo es estructurar teóricamente la sociedad en un marco común, pudiendo desvelar las leyes del devenir histórico, a la vez que pudiendo predecir el fin de la Historia, como pretendían Marx o Hegel, o autores más contemporáneos como Fukuyama, el cual afirmaba que el triunfo del capitalismo sobre el comunismo tras la Guerra Fría suponía el Fin de la Historia, por lo menos el fin de la historia de las ideas políticas. 

El error fundamental de toda teoría historicista según la epistemología popperiana radica en que no toma en consideración los avances científicos, sobre todo los teóricos. El trascurso de la historia depende en gran medida del progreso de la ciencia. Ahora bien, la ciencia no puede predecir los descubrimientos futuros que realizará, y sobre todo, las repercusiones económicas y sociales que estos tendrán. Al no poder predecir el futuro de la ciencia, y al estar determinando el progreso científico el trascurrir de la Historia en gran medida, no puede predecirse la Historia como proceso general, pues desconocemos las variables cruciales que influyen en su desarrollo, algo que Popper desarrolla brillantemente en su pequeño ensayo La miseria del historicismo. 

En definitiva, el materialismo histórico, la doctrina filosófica en la que se basa el marxismo, no tiene nada de histórico, y menos aún de materialista, siendo una vulgar pseudociencia o psedofilosofía al mismo nivel que el psicoanálisis o la psicología de Bergson, que solo puede producir teorías estériles y dogmáticas, como es la teoría económica marxista. 

La imposibilidad del cálculo económico del valor en el socialismo 

Como se ha dicho anteriormente, la teoría económica marxista se basa en el concepto de plusvalía, que a su vez descansa en la teoría del valor-trabajo de David Ricardo. Esta afirma a groso modo que el valor de un producto reside en la cantidad de trabajo que necesita para ser producido. Marx está de acuerdo con dicha teoría, afirmando en consecuencia que el beneficio del capitalista, el plusvalor, es un robo directo a la remuneración del trabajo de los obreros proletarios, siendo este mecanismo económico el que fundamenta la opresión de la clase capitalista sobre la clase proletaria. 

La teoría del valor-trabajo, a pesar de su rotundo éxito en la historia del pensamiento económico, es esencialmente incorrecta. Esto se debe a que dicha teoría fue preconcebida por Adam Smith desde una concepción ético-religiosa y no científica, pues siguiendo la doctrina calvinista propia de la Iglesia reformada de Escocia, entendiendo que el fundamento del valor es la cantidad de trabajo honrado que se necesita, algo que el sociólogo Max Weber expone brillantemente en su libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo

El fundador de la corriente religiosa de la que viene esta teoría, Calvino, afirmaba, siguiendo los trabajos de Aranguren en el campo de la moral protestante, que la laboriosidad y el trabajo ascético son signos de la predestinación de la Divina Providencia, despreciando los placeres y gustos terrenales, algo que fue recogido por el puritanismo. Es así que el trabajo como sustento del valor económico encuentra su origen histórico en una concepción teológico-moral de la vida terrenal, pero que curiosamente no se corresponde con la vida terrenal. 

Los economistas de la Escuela Austriaca Mises y Hayek (sus planteamientos no son del todo originales, pues la consideración del valor como fenómeno subjetivo encuentra sus raíces en en la Escuela de Salamanca), afirman que el valor de los productos no viene determinado por la cantidad de trabajo, sino por factores subjetivos  y circunstanciales que hacen que un producto sea atrayente para un determinado consumidor. Esto se confirma con el hecho de que en el Mercado se ofrecen productos de lujo con altos precios, los cuales no se corresponden con los costes de su producción, algo que no predice la teoría marxista, como puede ser el autógrafo de un famoso o un cuadro de Miró, el cual carece de toda destreza artística básica, pero se vende por millones. 

No obstante, con el auge de la econometría y la planificación económica, muchos economistas marxistas como Oskar Lange o Michael Kalecki intentaron diseñar un modelo matemático que representara un sistema centralizado que sustituyera al mercado como mecanismo de distribución económica, dirigiendo tanto la oferta como la demanda de las mercancías producidas, tal y como se implementó en la URSS o en las democracias populares en la Europa del Este. 

La experiencia nos demuestra que los modelos estadísticos tienen serias limitaciones a la hora de predecir fenómenos tan complejos como los psicológicos o los sociales. Esto se debe en parte la imposibilidad de construir un modelo que tenga en cuenta todas la variables que entran en jugo a la hora de dilucidar algo tan complejo como el valor de un producto en unas condiciones tan fluctuantes. Ante la inconsistencia de la teoría valor-trabajo, la plusvalía carece de toda base firme, invalidándose el mecanismo económico que explica la lucha de clases en el capitalismo industrial. 

Por otro lado la predicción de la gradual concentración industrial como efecto de las contradicciones económicas del capitalismo y su inminente destrucción por el futuro socialismo es totalmente errónea, pues la contradicción industrial no es el único movimiento dentro de las dinámicas histórico-económicas, sino que también puede producirse procesos de fragmentación o diversificación entre otros, retrocesos industriales o expansiones aceleradas que suponen todo un salto cualitativo debido a los avances científicos y tecnológicos. 

De hecho, las predicciones económicas adscritas al marxismo han  sido totalmente refutadas por la experiencia, como muestran los numerosos planes quinquenales fallidos, los desastres producidos en el campo de la política agraria y medioambiental, por no decir las predicciones de Marx y Engels de que sería en Inglaterra donde se produciría la gran revolución socialista, debido a ser el país más altamente industrializado de la época. Un dato curioso y divertido es la fantasiosa y casi infantil predicción que realizó Trotsky. Este aseguraba que la última gran guerra capitalista no sería la Primera Guerra Mundial (algo que sostenía Lenin), sino que sería una futura guerra entre el Imperio Británico y Estados Unidos, debido a la creciente competencia económica entre ambas potencias industriales. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que esto nunca ocurrió, y que el último conflicto entre estas dos potencias fue la Guerra de 1812, algo que tras suceder no acabó con el capitalismo, algo que no puede negar ni si quiera el trastornado Trotsky.

Los países que aceptaron el socialismo fueron los países semifeudales y principalmente agrarios como Rusia, China o España (durante un breve pero sangriento período que frívolamente se le llama la revolución española, entre 1936 y 1939). Mientras que en países altamente industrializados como Inglaterra o Estados Unidos a penas ha habido movimientos socialistas revolucionarios, por no decir que en los países altamente industrializados donde se instauró el socialismo fue impuesto por una potencia extrajera como la URSS, siendo el caso de la antigua Checoslovaquia o de la RDA. 

La teoría económica marxista ha sido totalmente superada, tanto por la economía abstracta o teórica como por la experiencia histórica. Es así que de este errado análisis económico se gestó las perversas políticas socialistas. 

La política socialistas: el holocausto revolucionario 

Como se ha expuesto anteriormente la teoría marxista descansa en la lucha de clases y en la movilización de la clase proletaria bajo las directrices de un partido revolucionario altamente organizado. La lucha de clases es la justificación de los actos violentos dirigidos hacia los adversarios políticos. De hecho los actos más censurables moralmente como el asesinato o el robo son justificados por el marxismo hacia la clase opresora por parte de la oprimida por el supuesto hecho de que la moral que rechaza estos actos son el producto de unos intereses económicos, siendo que los sistemas humanos como la religión o la moral son meros epifenómenos de la infraestructura económica de clases. 

Las políticas marxistas pueden dividirse en dos tipos diferenciados: aquellas que sirven para conquistar el poder, y las que sirven para mantenerlo. Las primeras pretenden conquistar el poder estatal mediante actos violentos bien organizados, a la vez que infunden en las masas obreros la doctrina del partido mediante la propaganda, uno de los grandes fetiches de los marxistas. 

Los marxistas admiten la colaboración con otras fuerzas políticas con el objetivo único de destruir a las clases más reaccionarias y avanzar en los estadios económicos y sociales superiores que permitan la preparación de las condiciones materiales para el socialismo. Esto se muestra claramente en la Revolución de Febrero de 1917 en Rusia, donde los bolcheviques colaboraron con el resto de fuerzas políticas socialistas (mencheviques, socialrevolucionarios) o burguesas (liberales) para derrocar al zarismo y sus centurias negras. Otro caso paradigmático es la colaboración entre los comunistas de Mao y los nacionalistas del Kuomintang para eliminar a los señores de la Guerra de la China posimperial, o a expulsar las fuerzas japonesas durante la segunda guerra sino-japonesa. 

Este aparente "espíritu" de colaboración no puede dar lugar a engaño, pues en la dinámica marxista, estas alianzas son meros instrumentos políticos para llegar al poder, pues una vez eliminado el enemigo común, los marxistas rompen con sus aliados, declarándoles la guerra a ultranza. De hecho, esta ruptura a veces se ha producido incluso antes de llegar a eliminar al enemigo común, como es el caso de los comunistas y anarquistas españoles, que se enfrentaron violentamente durante la Guerra Civil (1936-1939), lo cual produjo un inmenso caos que, entre otros factores, produjo el colapso del Gobierno Republicano y su posterior destrucción a manos del bando franquista. Otro ejemplo que ilustra esto último es la ruptura entre los comunistas alemanes con los socialdemócratas frente al enemigo común del nacionalsocialismo de Hitler durante los últimos coletazos de la República Weimar (1930-1933). 

Las fuerzas marxistas no siempre han pactado con otras fuerzas políticas contra un enemigo común, algo que demuestra el tristemente famoso pacto germano-soviético Ribbentrop-Molotov de 1939, en el cual, las supuestas potencias antagónicas, el Tercer Reich y la URSS de Stalin firmaron un pacto de no agresión, a la vez que se repartieron secretamente Polonia y los países bálticos, siendo que los supuestos "enemigos naturales", fascismo y comunismo, pudieron dialogar al mismo nivel, mostrando que fascismo y comunismo, como afirma Hayek en su libro Camino a la servidumbre no difieren tanto, o al menos hablan el mismo lenguaje político, el totalitarismo colectivista. 

Tal es la incoherencia estratégica de las formaciones marxistas, que entre ellas mismas se genera la discordia, hasta tal punto de enfrentarse entre ellas en vez de dirigirse al supuesto enemigo común. Este es el caso de la ruptura sino-soviético de 1956 (la cual fue precedida por la ruptura  yugoslava-soviética debido a las diferencias entre Tito y Stalin), la cual supuso la fragmentación del bloque comunista en dos subloques, la URSS y sus satélites (además de otros países como Cuba o Vietnam), y China y sus allegados (Camboya, Albania o Corea del Norte). Esta división supuso a su vez la aproximación de la China comunista a los Estados Unidos, el supuesto malvado enemigo capitalista. 

Una vez instalado en el poder, el marxismo basa sus políticas económicas y sociales en dos objetivos fundamentales: la planificación central de la economía, y la depuración ideológica y "reforma" de la sociedad. La planificación económica expuesta por el marxismo, la cual encuentra su mayor auge en las obras de Lange y Kalecki, se enfoca en la estatalización y control centralizado de los medios de producción por un organismo regulador que tiene plena potestad en la producción, la oferta y la demanda, además de los  puestos laborales y los estudios comerciales e industriales de cualquier actividad económica. 

Es cierto que el grado de centralización fue bastante diverso en los países socialistas como expone el economista Lloyd G.Reynolds en su libro Los tres mundos de la economía. Sin embargo, la centralización económica de los medios de producción y de toda actividad económica es indispensable para toda teoría marxista, la cual se justifica en que la centralización suple la irracionalidad de la producción anárquica propia de la economía capitalista-burguesa. Sin embargo, la supuesta racionalidad de esta forma de producción económica es totalmente infundada, pues se basa en la teoría del valor-trabajo. 

Mises y Hayek discutieron acaloradamente con Lange y Kalecki sobre la posibilidad del cálculo del valor en el socialismo. Los primeros afirman que para un organismo central de dirección económica, por vasto que sea, es incapaz de tener en cuenta todos los factores subjetivos y circunstanciales que determinan el valor de un producto sin coaccionar o restringir la libertad económica (y social) de los ciudadanos. 

La imposibilidad por parte de un organismo central de dirigir la producción económica puede observarse en los grandes desequilibrios entre la oferta y la demanda que se producía en la URSS, pues al estar esta enfocada en la industria pesada y militar, había notables deficiencias en cuanto a los productos domésticos. Sin embargo, donde se observa nítidamente estos problemas era en la paupérrima y pésima administración por parte del Gobierno centra en la producción agraria. 

La colectivización de la tierra y la reestructuración de la propiedad agraria provocó grandes hambrunas y éxodos masivos tanto en la URSS como en China, además de grandes desastres medioambientales, tales como la desaparición del Mar de Aral, al cual se le privó de las aguas que recibía de los ríos que desembocaban en él. Esto fue realizado por las autoridades soviéticas, con el objetivo de irrigar los campos de algodón de Uzbekistán para desarrollar su economía agraria, lo que ha producido la destrucción de todo un ecosistema, la desaparición de la pesca y de varias poblaciones que subsistían del Mar, además de atrofiar la economía uzbeka a la agricultura, impidiendo su diversificación económica. 

Por otro lado, la utilización de cultivos de forma intensiva sin tener en cuenta las características del suelo produjo desastres ecológicos que ha repercutido en la producción económica de muchas zonas. La economía agraria marxista es uno de los grandes fracasos de esta ideología, hasta tal punto que ha sido gestante de grandes genocidios en Ucrania, China, Corea o Camboya entre otras naciones. 

A su vez la lentitud y rigidez de la planificación central produjo la humillante derrota soviética en la Primera Guerra de Afganistán (1979-1989) donde las tropas soviéticas, bien equipadas, pero muy mal dirigidas, fueron derrotadas y humilladas por las guerrillas muyahidines, algo que contribuyó a su colapso final en 1991. 

La planificación central también provoca que todos los individuos sean dirigidos por el organismo central, algo que quiebra su afán por mejorar y empleabilidad, algo que perjudica en la eficacia productiva. Tal es la contradicción que existe entre la planificación económica y la condición libre del ser humano, que para la "correcta" implementación de la primera, debe de suprimirse la segunda, hasta tal punto que la premisa del historiador E.H. Carr, la cual afirma: es significativo que la nacionalización del pensamiento ha marcado por doquier pari passu con la nacionalización de la industria, se torna francamente verdadera y sombría. 

El monopolio de toda actividad económica por parte del Estado socialista supone a su vez el monopolio en el resto de actividades humanas como el arte, la filosofía, la ciencia o el ocio. 

En el campo del arte, debido a su capacidad de transmisión política, es convertido en un mero instrumento propagandístico, como se muestra en las obras del realismo socialista, en el cual abundad los murales que representan escenas idílicas de la clase obrera y militar siempre  bajo los mismo patrones, desapareciendo toda identidad del propio creador, generándose una masa homogénea muerta y colectiva que siempre debe de transmitir un mensaje político acorde a la dogmática del Partido. 

El Diccionario soviético de filosofía supone un ejemplo de falta de originalidad, despropósito y sesgo ideológico concerniente a la explicación de doctrinas filosóficas, tachando a todos las corrientes distintas del marxismo como ingenuas (Aristóteles, Diderot), idealistas (Hume, Kant), burguesas (Feuerbach, Cassirer, Hegel) o reaccionarias (Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger) entre un sin fin de calificativos ideologizados carentes de todo valor académico o humano. 

En el caso de la ciencia los soviéticos la pervirtieron hasta niveles nunca vistos, algo muy similar a lo que ocurrió en la Alemania Nazi. En el campo de la física las autoridades soviéticas rechazaron durante un tiempo, al igual que los nazis, las novedosas teorías de la relatividad y la mecánica cuántica. A diferencia de los nazis, que rechazaban estas por cuestiones raciales, los soviéticos ortodoxos las descartaban por su carácter "idealista" y reaccionario, pues contradecía el materialismo dialéctico de Marx y Lenin. Sin embargo, el mayor sin sentido cometido por estos fue en el campo de la ciencia biológica y agraria. 

Trofin Lysenko fue un agrónomo y biólogo ruso que pretendió revolucionar la agricultura soviética reformulando los proseos evolutivos y de selección de organismos vegetales mediante una nueva teoría evolutiva que desbancaba al "burgués" darwinismo. Esta resulto ser una burda copia del ya obsoleto lamarkismo. Este fraude por parte de Lysenko produjo un retraso abismal en la adopción del darwinismo en la ciencia soviética, y un fiasco en las políticas agrarias, que unidas a la colectivización, contribuyó al desastre de la agricultura comunista y a gigantescas hambrunas con millares de muertos. 

Por último, el ocio es la principal víctima de la colectivización socialista, ya que el ocio es esencialmente individualista, libre y espontáneo, algo que resulta subversivo en una sociedad rígidamente colectiva. El ocio puede definirse como aquellas actividades físicas o intelectuales que el ser humano realiza por el placer de hacerlo, sin ninguna justificación utilitaria, monetaria o moral fuera de sí misma. El ser humano practica actividades ociosas como forma de gratificarse a sí mismo o por el gusto natural por aprender, como ya conjeturó el propio Aristóteles. 

Debido a la ausencia de toda característica utilitaria, el ocio es descrito por las sociedades colectivas propias del marxismo (o el fascismo) como decadente, esencialmente burgués y opuesto a la esencia del "homo soviético", el trabajo. 

En su pequeño ensayo Elogio a la ociosidad Bertrand Russell critica la concepción del trabajo como culto metafísico-moral, característico de las sociedades modernas e industrializadas. En el marxismo, este fetiche sociológico llega hasta el extremo de que varios carteles propagandísticos soviéticos se lee la terrorífica frase el que trabaja, existe . El trabajo es considerado como el fundamento ontológico del se humano, algo que pensadores tan "ilustres" como Lukács no tienen escrúpulos en afirmar, siendo el ocio el equivalente a la nada, al no ser, en esta perversa ontología marxista. 

Los economistas y filósofos austriacos Mises y Hayek argumentan muy sensatamente que la colectivización de la economía tiene por efecto la estatalización del ocio y de toda actividad humana, desde el cine y la música, hasta la literatura y las relaciones sexuales. Para poder administrar totalmente la actividad económica, el Estado debe de imponer a la ciudadanía, la cual es convierte en esclava, qué consumir y en qué debe de ocupar su tiempo, destruyendo la iniciativa propia y la autorrealización personal, algo esencial para la felicidad humana, creando una sociedad gris y anquilosada, como los incontables bloques de pisos soviéticos que salpican la aún triste Europa del Este. 

Conclusiones: el marxismo como religión política

Con todo lo anterior, solo puede inferirse la ausencia de coherencia teórica, empírica y ética por parte del marxismo, pudiendo llegar a afirmarse que este no es más que una doctrina absolutamente dogmática equivalente a los movimientos religiosos, pero con muchos más muertos a sus espaldas. El marxismo, al carecer de todo fundamento crítico y empírico, solo puede ser descrito como una escatología religiosa, donde se sustituye la teología por la economía política, a Cristo por el Partido, y a Dios por la Revolución comunista, la cual nunca desciende de los tormentosos y sanguinolentos cielos del Socialismo.


 

martes, 6 de abril de 2021

La Miseria de la Farmacología: Crítica a la Crítica de la Psiquiatría

 1. Introducción 

El mundo posterior a la Guerra Fría, el cual empieza a gestarse en con la crisis del keynesianismo a principios de los años 70 y se constituye plenamente con la desintegración de la URSS y la bancarrota del comunismo real, ha supuesto un fuerte revés a todos las grandes discursos que articulaban nuestras vidas, como puede ser la religión, la ciencia o la política. El posmodernismo ha inundado multitud de universidades y escuelas intelectuales que, tomando como arma el deconstruccionismo de Derrida y el posmarxismo francés, han cuestionado las bases de todas la ciencias, en especial las sanitarias y sociales. 

La crisis que vive el pensamiento científico no es ajena a la Psiquiatría y a la Psicofarmacología, sino que se han cebado injustamente a costa de ellas. Durante muchos años, estas especialidades habían sido consideradas como una de las grandes promesas de la ciencia sanitaria y social, pues proporcionaba medicamentos y teorías biológicas que explicaban, con muchas limitaciones, enfermedades tales como la esquizofrenia o la depresión, las cuales solo podía ser tratadas por psicoanalistas por medio de teorías disparatadas y oscuras que no daban muchos resultados. 

La psiquiatría moderna, la cual bebe de las ciencias naturales como la biología o la química, ha supuesto toda una revolución sanitaria en el campo de las enfermedades mentales, curando a muchísimas personas, y en muchos otros casos donde la curación ha sido imposible, les ha permitido a muchos enfermos graves tener una vida más o menos funcional a pesar de los males mentales que les aquejaban. Por otro lado, las instituciones psiquiátricas, muy al contrario de lo que postulaba Foucault, han supuesto un gran alivio para muchas familias de dichos enfermos, pues la convivencia con una persona que sufre de un trastorno esquizofrénico o un bipolar tipo I no es nada fácil para estas, ya que no disponen de conocimientos y herramientas para tratar con dichas personas. A su vez, la moderna Psicofarmacología, al contrario de lo que dice algunos como Marino Pérez, ha supuesto un mejoría de las condiciones económicas de muchas personas, pues personas y familias que antes de los psicofármacos no podían realizar ninguna actividad económica que los enriqueciera debido a la incapacidad mental de alguno de sus miembros, ahora pueden ocuparse en dichas actividades, pues los psicofármacos proporcionan una estabilidad y seguridad en muchos pacientes que ahora pueden acceder al mercado laboral gracias a dicha estabilidad mental. 

La Psicofarmacología ha supuesto todo una revolución tanto terapéutica como epistemológica en las ciencias psicológicas, pues ha proporcionado una base material en la que se sustentan todos aquellos trastornos que antes solo podíamos explicar de forma fenomenológica como hacía Karl Jasper. Al saber que determinadas estructuras biológicas son las responsables de la aparición de un determinado trastorno mental, ahora podemos realizar modelos teóricos con sustento empírico que nos permiten explicar como una determinada enfermedad mental afecta a diferentes mecanismos neurofisiológicos, algo indispensable a la hora de modificar determinados neuroquímicos para provocar una mejora, no en estas estructuras cerebrales, sino en la vida de millones de personas. 

Tal es la revolución que ha supuesto la moderan psicofarmacología, que ha podido derribar antiguos grandes paradigmas psicológicos, como el psicoanálisis o el conductismo, y darle una base materialista y empírica a los trastornos que asolan a muchos individuos. No obstante, si la psiquiatría y la psicofarmacología nos han ayudado tanto en el plano psicosanitario como antaño la maquina de vapor en el industrial, ¿por qué tienen tanta mala fama a día de doy?, hasta tal punto que muchos la rechazan como un mero mecanismo de control social, como hacen Marino Pérez en su ensayo Las raíces de la psicopatología moderna  o el José Guimón en su Psiquiatras, de brujos a burócratas. Esta respuesta no es sencilla de responder, pero en este ensayo de un ensayo, quisiera hacer un esbozo de las raíces, no de la psicopatología moderna, sino de la crítica de esta. 

2. La reacción revolucionaria 

Los primeros psicofármacos tales como los antidepresivos heterocíclicos (Clormipramina) o los antipsicóticos clásicos (Haloperidol) supusieron un avance enorme respecto a las técnicas terapéuticas anteriores a estas sustancias, como son el psicoanálisis, la lobotomía o la primitiva Terapia Electroconvulsiva. Tal fue dicho impacto, que en poco tiempo se desarrollaron multitud de instituciones psiquiátricas y conglomerados farmacéuticos que pudieron extender el uso de estos medicamentos desde las clases más pudientes, hasta las masas desfavorecidas de los países desarrollados (y consecuentemente a los subdesarrollados). No obstante, esta institucionalización y distribución en masa de estos nuevos medicamentos levanto el recelo de números círculos intelectuales, en especial a los izquierdistas franceses. 

Una de las grandes críticas que recibió la moderna psiquiatría fue la que desarrolló el filósofo Michael Foucault. Este afirmaba que la psiquiatría no es más que un mecanismo estatal con el que reconvertir a aquellas personas que se salieran de la normalidad psicológica, como, homosexuales (algo que fue un gran error de esta ciencia), los depresivos o los esquizofrénicos entre otros. La psiquiatría es una ciencia que tiene el objetivo de reprimir toda disidencia psicológica, proponiendo que todas estas personas que son tachadas de enfermas no son más que formas diferentes de pensar y vivir el mundo que no encajan con los modelos preestablecidos de las estructuras de poder del Estado y del Mercado. 

A esta crítica se le une la de círculos marxistas disidentes que se mezclaron con grupos de liberación sexual y descolonización durante el Mayo del 68. Estos grupos defendían tesis muy parecidas a la de Foucault, pues afirmaban que la psiquiatría no es más que una ciencia burguesa que sirve a las fuerzas capitalistas y que pretenden homogenizar de forma totalitaria a la sociedad y privarlas de la libertad y la igualdad. 

Estas críticas son absurdas, pues tanto criticaban estos círculos de jóvenes e intelectuales de izquierda al temido imperio capitalista y la psiquiatría occidental, cuando salían con panfletos con el rostro de Mao o Guevara, los cuales, lejos de la visión idealista, infantil y romántica que tenían estos grupos, habían instaurados regímenes totalitarios donde la psiquiatría era usada, de forma más masiva y agresiva, para curar a homosexuales y a disidentes políticos. 

A parte de esta miopía política e hipocresía moral, estos intelectuales realmente no entienden lo que es un trastorno mental y el sufrimiento que genera a las personas que padecen estas enfermedades. Los trastornos son repertorios conductuales y cognitivos con un correlato neurológico con influencia del ambiente físico y social que resultan adaptativos y sufrientes para las personas que lo sufren y para sus familias. Cuando no son tratados por psicoterapia y/o fármacos, estos problemas suelen agravarse y provocan mucho más sufrimiento y problemas sociales. Es así que estas críticas caen en saco roto cuando estas proponen alternativas a la psiquiatría que son totalmente utópicas e irreales, pues muchas personas necesitan una medicación constante, como las personas con bipolaridad, esquizofrenia o algunas depresiones resistentes a la psicoterapia, y sin ellas, están totalmente desamparadas y dejadas a su suerte. Sin embargo, el mayor golpe que ha sufrido la psiquiatría es por parte de ella misma. 

3. La ortodoxia 

El economista y sociólogo sueco Gunnar Myrdal afirmó en uno se sus ensayos, Crisis y ciclos en el desarrollo de la ciencia económica (1973), que la ciencia, como toda actividad humana, sufre de las influencias sociales y políticas que se desarrollan paralelamente a ella. La psiquiatría no es una excepción a esta proposición. La psiquiatría ha sufrido de varias lacras a lo largo de su historia, como puede ser la lobotomización de mujeres insumisas o la curación de homosexuales que la han desprestigiado durante mucho tiempo, algo que en muchas ocasiones es totalmente justificado. Estas lacras pueden ser resumidas en los dos puntos siguientes: 

a) Por un lado, la psiquiatría ha sido en muchas ocasiones subordinada a los intereses de grupos políticos de todos los espectros políticos. Esto provocó que en multitud de países y regiones se deformara el conocimiento médico y psicológico para calificar a personas no heterosexuales y disidentes políticos como enfermos mentales a los que se debía recluir y tratar, cuando no había nada que curar. Esto lo vemos en las terapias de reconversión sexual que son mantenidas por grupos ultraconservadores como la Asociación Nacional para la Investigación de Terapia de la Homosexualidad (NARTH), los cuales utilizan terminología psiquiátrica desfasada y deformada para someter a personas inseguras de su sexualidad a procesos muy dolorosos y totalmente injustificados a nivel científico. 

La psiquiatría ha sido un instrumento político horroroso en algunos campos, como puede ser los campos de reeducación para homosexuales en Cuba, donde se le administraba agonistas glutaminérgicos a los presos para que tuvieran un cuadro convulsivo mientras veían imágenes de cuerpos desnudos de su mismo sexo. También hay ejemplos en Occidente, donde hasta hace relativamente poco la homosexualidad era considerada un trastorno en el DSM, manual que tanto prestigio tiene actualmente. La homosexualidad fue retirada del DSM no por exhaustivos estudios científicos, sino por una votación a mano alzada donde ganó la eliminación por un escaso margen. 

b) Por otra parte, la psiquiatría ha tenido una actitud clasista y excluyente respecto a las otras ciencias médicas, en especial con su hermana la psicoterapia. El descubrimiento de los primeros antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos supuso una revolución en el plano sanitario y social, pero también supuso la sobremedicación de la población y un uso indebido e indiscriminado de estos medicamentos debido a su bajo coste y al desprestigio de la psicoterapia (a veces justificada, pues ha tenido que sufrir durante mucho tiempo lacras pseudocientíficas como el psicoanálisis o la terapia Gestalt). 

Esta sobremedicación de la población ha generado multitud de problemas de adicciones, accidentes de sobredosis o drogadicción entre otros, que podían haberse solucionado con una debida estratificación de los pacientes, siendo los menos graves y más dependientes del ambiente mejor tratados por medio de la psicoterapia y una buena educación socioemocional, mientras que los más graves y de carácter más congénito, diana de las terapias farmacológicas, auxiliadas por la psicoterapia. Esto es demostrado por muchos estudios, como el realizado por Harror, donde expone que muchos tratamientos antipsicóticos no son realmente eficaces en el tratamiento de trastornos psicóticos durante largo tiempo. Por otro lado, Ortiz Lobo (2017) realizó un artículo excepcional donde expone el uso irresponsable que se ha hecho de los antidepresivos, pues muchas personas se han vuelto dependientes a estos fármacos. Además, algunos fármacos que no se han estudiado bien sus efectos secundarios, o se sabe que son muy caros, pero poco eficaces, se comercializan con el objetivo de producir beneficios económicos a costa de la salud de muchos pacientes. 

4. Conclusiones sobre la Psicofarmacología 

Creo que la psiquiatría y la psicofarmacología han tenido una muy mala reputación durante mucho tiempo debido a que grupos políticos y sociales, debido a la mala praxis de estas disciplinas, han visto a estas disciplinas como perversas y alienantes. Es así que creo que la principal responsable de este desprestigio es la mala praxis de los psiquiatras, los cuales se han dejado embaucar por intereses políticos que han deformado las aspiraciones científicas y humanitarias de estas disciplinas. Además, los psiquiatras han sido excesivamente clasistas y han desprestigiado a otras ciencias como la psicología o la sociología, medicalizando cualquier desadaptación psicológica y social, algo que increíblemente peligroso y nocivo para la población general. 

Sin embargo, no debemos olvidar la labor de muchos profesionales, tanto terapeutas como investigadores, que han dado un impulso renovador en el campo de psicofarmacología, proporcionado nuevos modelos neurológicos que dan explicaciones plausibles a diferentes trastornos, como nuevos fármacos más selectivos y con menos efectos secundarios, además de proporcionar más información sobre los psicofármacos más clásicos. 

Los psicofármacos son como el resto de los medicamentos, son herramientas que utilizadas adecuadamente pueden facilitar la vida de muchas personas que sufren los perjuicios de los trastornos mentales. Sin embargo, el uso de una herramienta puede hacerse malicioso si se usa indiscriminadamente sin saber su naturaleza y efectos, o por utilizarlos con objetivos que están fuera de la actitud científica.

5. Bibliografía 

Álvarez, P. M. (2012). Las raíces de la psicopatología moderna (1.a ed.). Pirámide. Universitario.

Guimón, J. (1990). Psiquiatras: de brujos a burócratas (1.a ed.). Salvat Editores.

Harrow, m. (2007). Facors involed in outcome and recovery in schizophrenia patients not on antipsychotic medications, The Journal o Nervous and Mental Disease, 195, 406-412. 

Myrdal, G. (1980). Contra la corriente: ensayos críticos sobre economía (1.a ed.). Ariel.Ortiz, A., & Sobrado, A. M. (2017). 

El uso adecuado de antidepresivos. AMF, 13(1), 1-3. https://amf-semfyc.com/web/article_ver.php?id=1982

Sokal, A. (1999). Imposturas intelectuales (Tra ed.). Paidós.

Wikinski, S. (2008). Psicofármacos y teorías etiopatogénicas en Psiquiatría. Del contexto de descubrimiento al obstáculo epistemológico. Vertex, 19(1), 37-42. http://editorialpolemos.com.ar/docs/vertex/vertex80.pdf#page=37

martes, 23 de marzo de 2021

A propósito de Leibniz

La figura de Leibniz es clave, no solo en la historia de la filosofía, sino en la historia cultural de la nación alemana. De hecho, Leibniz puede considerarse una de las figuras claves en el nacimiento y formación de la actual cultura alemana, compartiendo lugar con figuras de la talla de Lutero, Kant, Goethe, Hegel, Bismark o Hitler entre otras. Si Lutero es el padre de la lengua escrita alemana, Leibniz es el padre de la filosofía alemana (aunque escribiera mayoritariamente en francés). La obra de Leibniz, sistematizada por su discípulo Wolf, es el sedimento base del que emanan titanes intelectuales de la talla de Kant, Hegel, Marx, Cassirer o Heidegger. 

La obra de Leibniz parte del troco común del racionalismo continental que surgió con Descartes en el S.XVII. Sin embargo, Leibniz es un feroz crítico del sistema cartesiano, y sobre todo de sus incoherencias, como el deprecio a la información de los sentidos, la inconsistencia de la comunicación entre la res extensa y la res cogitan, o el papel de Dios en la filosofía en general. Leibniz, al igual que Spinoza, se separa del cartesianismo, pero sin dejar el racionalismo continental, sino asentando las bases del posterior criticismo kantiano y del idealismo alemán. Leibniz basa su filosofía en tres grandes pilares, su concepción epistemológica (precedente de la kantiana) del conocimiento, la monadología, y la armonía preestablecida, de la cual se desprenden su paralelismo psico-físico y su teodicea.  

La epistemología leibniziana parte de un reconocimiento tanto de lo empírico, como de lo racional, en su clásica división de los juicios entre las verdades de razón y las verdades de hecho. Las primeras son aquellas proposiciones que son necesariamente verdaderas por su propia naturaleza, o en lenguaje kantiano, anteriores a toda experiencia, a priori; mientras que las segundas no son necesarias, sino que son proposiciones empíricas que pueden ser en un principio de cualquier manera, pero que la experiencia confirma en una manera determinada. Las verdades de razón son de vital importancia para el autor, pues representan las grandes verdades absolutas que forman parten de la estructura intrínseca  del mundo. Entre estas verdades de razón, Leibniz destaca las proposiciones de la matemática pura, o determinados principios como el de no-contradicción (lógico) o el de razón suficiente (metafísico o trascendental). 

El principio de razón suficiente es crucial en el sistema leibniziano, pues en este se sostiene su concepción de Dios o el paralelismo psico-físico. Dicho principio afirma que todo lo que acaece es resultado de una razón suficiente subyacente, es decir, que todo aquello que existe lo hace por un motivo justificado, siendo lo contingente a su vez necesario debido a una razón determinada. Esto rompe con las verdades de hecho, las cuales son contingentes. Esto se debe a que lo que nosotros llamamos contingente, para Leibniz es necesario, solo que no conocemos la razón suficiente que lo causa, siendo Dios, desde su omnipresencia y omnipotencia, el único que puede conocer la razón suficiente de todo lo que es. 

A su vez, Leibniz entiende que dichas verdades de razón son verdades innatas, es decir, que son intrínsecas al ser humano y que no las obtiene por medio de la experiencia, tal y como expone en su voluminoso  Nuevos ensayos sobre el conocimiento humano, donde, a forma de diálogo, discute la tesis empirista defendida por Locke y Hume, la cual afirma que no existen verdades innatas y que el ser humano es una tabula rasa que es moldeada por la experiencia. Leibniz niega esto, afirmando (pareciéndose a Platón) que las verdades de razón son universales y de naturaleza distinta a la experiencia empírica, con lo cual, afirma de forma implícita la diferencia entre alma y cuerpo. 

Pero antes de pasar al paralelismo psico-físico, debemos detenernos en la monadología leibniziana, la cual puede definirse como un atomismo metafísico o idealismo objetivo. Leibniz concibe el mundo formado por átomos metafísicos llamados mónadas, las cuales son independientes, cerradas y representa en sí mismas a la totalidad del cosmos. Por tanto, Dios toma el papel de la mónada suprema, increada e incausada, causa suficiente de todo lo que existe. Estas mónadas son sustancias simples que conforman los compuestos espirituales como el alma o las percepciones, algo que se denomina pansiquismo. 

A su vez, estas mónadas, al ser simples y en sí mismas, cada una de ellas es diferente y única, no habiendo mónadas iguales entre sí. De esto se sigue que todos los cambios que sufren las mónadas son debidos a su naturaleza interna, es decir, no existe relación entre cada una de las mónadas entre sí, sino que las mónadas está cerradas en sí mismas, teniendo percepciones, y algunas apercepción, es decir, ser consciente de sí misma. Las mónadas se considerarse como los átomos simples que componen los fenómenos de la experiencia. Los cuerpos son, sin embargo, extensos en cuanto son manifestaciones de las mónadas, lo que Leibniz denomina fenómenos bien fundados. Son fenómenos porque no son seres verdaderos; no son sustancia propiamente dicha, aunque no son meras apariencias, porque a éstas nada corresponde en la realidad, mientras que a los fenómenos bien fundados les corresponde ser manifestación de la sustancia. Es posible coordinarlos entre sí mediante las leyes generales de los cuerpos, o de la naturaleza. Espacio y tiempo son, en cambio, meras relaciones entre fenómenos.

Esta tesis leibniziana afirma que la correspondencia entre el mundo físico y el espiritual no es debido a ninguna comunicación entre dichas sustancias, tal y como afirmaba Descartes, sino en que ambas están ordenadas de forma paralela, es decir, el orden de los elementos de cada una de estas sustancias está armonizada respeto a su equivalente entre sí. Es por ello que cuando un estímulo visual se asocia a un pensamiento, según Leibniz, no es que dicho estímulo visual genere aquel pensamiento, sino que ambos están sincronizados en su movimiento y aparición, pero no estando comunicados, pues ambos son manifestaciones de mónadas diferentes. Ahora bien, dicha armonía está preestablecida por Dios, el cual ordena las mónadas de forma que estén sincronizadas con los fenómenos sensibles como la materia, el espacio o el tiempo. A esto se le suele llamar paralelismo psico-físico. 

Dicho paralelismo psico-físico reposa en la existencia de Dios, pues es Dios quien posibilita la sincronización paralela entre mónadas y fenómenos. Es así que la demostración de Dios es crucial para la supervivencia del sistema leibniziano. Para ello, Leibniz esgrime una serie de argumentos para demostrar su existencia de diferente índole, desde un argumento ontológico, pasado por el de las eternas verdades, hasta uno cosmológico, además de propia la armonía preestablecida. 

El argumento ontológico que da Leibniz es bien conocido y carente de originalidad. Este afirma que Dios existe porque, al ser perfecto, debe de existir, porque si no existiera, tendría una carencia y no sería perfecto, por tanto, la existencia de Dios está contenida en su propia esencia. El argumento de las eternas verdades, el cual fue formulado primeramente por Descartes, afirma que la verdades innatas no se tienen por causa a sí mismas, a la vez que no son causadas por la experiencia, sino que son efecto de Dios. Por otro lado, el principio de razón suficiente desemboca directamente en Dios, pues al tener todo una razón suficiente subyacente, la causa primera es Dios, el cual da el carácter de necesidad a toda relación causal. Todos estos argumentos no son originales de Leibniz, sino que son repeticiones de argumentos anteriores formulados por otros pensadores, siendo que el argumento cosmológico se remonta a Aristóteles. Es el argumento de la armonía preestablecida el que es original de Leibniz. 

Dicho argumento afirma que el orden sincronizado existente entre materia y espíritu, cuerpo y alma, es impuesto por Dios, siendo que este ordena de tal forma que dichas sustancias, a pesar de tener naturalezas opuestas, son armonizadas por Dios, configuradas para que haya una correspondencia entre ambas sustancias, al igual que dos líneas paralelas son semejantes entre sí y se comportan igual, pero nunca se toca. 

Ahora bien, si Dios es el que establece esta armonía preestablecida, la cual es llamada por Kant como argumento físico-teológico, tropieza con el problema de la existencia del mal, el cual es una serie de desórdenes aparentes de lo que debería de ser. Leibniz intenta subsanar este problema con sus tesis "del mejor de los mundos posibles", el cual afirma que Dios, al tener una serie determinada de mónadas y fenómenos a ordenar, este obtiene una multitud de combinaciones posibles que dan infinidad de mundos posibles con diferentes combinaciones. Siguiendo el principio de razón suficiente, el mundo real es la mejor opción de entre todas estas combinaciones que Dios observa en las infinidad de configuraciones diferentes, reduciendo el mal hasta lo mínimamente posible en función de los elementos dados. Esta artificiosa teoría es llamada como teodicea, es decir, el estudio de la posibilidad de Dios y la existencia del mal, iniciada por Agustín de Hipona. 

La interpretación kantiana de la filosofía leibniziana

Según Kant la filosofía de Leibniz ha sufrido muchísimas deformaciones debido a las interpretaciones desastrosas que realizaron sus discípulos, excepto Wolf, ya que han deformado los principios básicos de su doctrina con el afán de salvaguardar su querida metafísica dogmática. De acuerdo con Kant, la filosofía de Leibniz descansa en tres pilares fundamentales: el principio de razón suficiente, la monadología y la armonía preestablecida. 

El principio de razón suficiente, de acuerdo con Kant, le sirve a Leibniz para fundamentar todos aquellos juicios que no se basan en el principio de no-contradicción, es decir, el principio de razón suficiente es el fundamento de los juicios sintéticos, mientras que el de no-contradicción fundamenta los juicios analíticos, ya que están contenidos en sí mismos, mientras que el de razón suficiente es la base de los sintéticos, pues da conocimiento de conceptos que va más allá de sí mismos. Es Wolf quien intenta reducir este último principio al de no contradicción, y este a su vez al de identidad, siendo este el principio supremo de todo conocimiento según la metafísica dogmática. 

Desde la perspectiva kantiana, la doctrina de las mónadas no afirma que la materia y lo sensible en general esté constituido por entes simples no sensibles, lo cual pretende Eberhard, ya que lo sensible no esta constituido por mónadas, ya que entonces serían fenoménicas, lo cual entra en contradicción con la naturaleza de las mónadas, las cuales son entes intelectuales o espirituales que conforman la realidad no sensible.

Por último, Kant afirma que la armonía preestablecida es un símil de su doctrina, es decir, que la concordancia entre lo sensible y lo intelectual es que este último es la condición formal de toda sensibilidad posible. A causa de una gran admiración a Leibniz, Kant, más que una defensa de su sistema, hace una adaptación de las doctrinas leibnizianas y wolfianas a los esquemas de su filosofía trascendental. Aunque su interpretación de las mónadas sea correcta de acuerdo con una lectura desnuda de Leibniz, los otros dos puntos son más que cuestionables, ya que, tal y como expone Heidegger en su Introducción a Qué es metafísica, Leibniz era un auténtico metafísico revestido de ropajes lógicos y matemáticos, aspirante fallido a la contemplación de la cosa en sí o noúmeno. 

 

domingo, 7 de marzo de 2021

La Escuela Clásica de Economía

 La escuela clásica de economía surge paralelamente al auge del comercio global y a la desintegración del sistema feudal debido al descubrimiento de América, la circunnavegación de África y el auge del Estado Moderno. Estos cambios geográficos, políticos, sociales y económicos suministraron el material de la primera escuela de economía moderna, la escuela clásica, la cual establece las bases de todo el pensamiento económico. Dicha escuela se inicia con la obra de Adam Smith, en concreto su Riqueza de las Naciones

La escuela clásica de economía surge como necesidad de dar un corpus teórico al auge del comercio y la industria, que poco empieza a sustituir a la agricultura como el motor económico de las naciones, lo cual era defendido por los fisiócratas franceses, como Quesnay, el cual afirma que la agricultura es el pilar de las naciones. La escuela clásica se compone por grandes pensadores de la talla de Smith, Malthus, Ricardo, Marx o Mill. De hecho, dicha escuela es la base de otras escuelas tan dispares como la marxista (influenciada por Ricardo) o la neoclásica o neoliberal, encabezada por Friedman (influenciada por Say), e incluso el keynesianismo, el cual tiene un origen remoto en las reflexiones de Malthus. A su vez, esta escuela establece una serie de leyes económicas, las cuales encuentran sus fuentes en el liberalismo político de Locke, y en la obra de los fisiócratas franceses como Quesnay, las cuales son las siguientes: 

Ley de Petty/Engel: el progreso tecnológico reduce los costes económicos y aumenta los ingresos generales.

Teoría del valor-trabajo: el valor queda determinado por la cantidad de trabajo. 

Ley de los mercados: la riqueza depende de la producción. 

Ley de Hierro de los Salarios: el salario de los obreros debe de limitarse a su subsistencia y debe dejarse a las inclemencias de la libre competencia. 

Ley de Say: la oferta y la demanda regulan los precios del mercado. 

Adam Smith 

Smith es el precursor del llamado liberalismo económico, a la vez que padre de la economía clásica, la cual se extiende por todo el S. XVIII y el S.XIX hasta la obra de Stuart Mill, pasando por Malthus y Ricardo, como influenciando al propio Marx. La obra de Adam Smith encuentra sus fuentes en el pensamiento económico francés, los fisiócratas, y del liberalismo político de John Locke y David Hume, analizando las circunstancias sociales y económicas de la Europa del S.XVIII. Su gran obra es la genial y voluminosa La Riqueza de las Naciones, la cual es una crítica al mercantilismo propio de los Estados Modernos, los cuales aplicaban medidas proteccionistas al comercio con tal de proteger sus intereses comerciales y políticos. Smith propone una serie de medidas librecambistas que cristalizan en los siguientes principios. 

Por un lado, la naturaleza del movimiento económico no se determina por la cantidad de oro y plata, sino por la oferta y la demanda que se produce en el propio mercado libre. Para Smith, y el resto de liberales, el libre beneficio personal se traduce en el beneficio general o público, pues al buscar la riqueza personal de forma justa y razonable, las redes económicas ponen en circulación distintos capitales, siendo que las ganancias de uno dependen de las ganancias de otro, es así que el mercado libre, cuando cada una busca su propio beneficio, se traduce en prosperidad para todos debido a las interrelaciones económicas de los productores y consumidores. Este equilibrio del mercado Smith lo llama "Mano Invisible". 

Por otro lado, Smith inaugura la teoría del valor-trabajo, se basa en la cantidad de trabajo necesaria para producirlo, siendo el trabajo la medida del valor real de cambio de todos los bienes. Es así que el precio es determinado por la cantidad de trabajo y el coste para sostener el negocio, siendo que el beneficio del capitalista la diferencia entre el precio del producto y el salario de los obreros, el cual tiene derecho a reclamar debido a la posesión de los medios de producción y su propia iniciativa. Sin embargo, este es el precio real, mientras que el precio natural o nominal es resultado de la oferta y la demanda de un determinado producto adscrito al mercado. Es esto lo que explica que los precios fluctúen en el mercado, pues un determinado producto puede aumentar o disminuir de precio dependiendo de la oferta, es decir, de la cantidad de proveedores que ofrecen dicho producto en el mercado; como a su vez de la demanda, la cantidad de personas que están dispuestas a comprar dicho producto a un determinado precio. El valor viene determinado por la cantidad de trabajo que es retribuido en mercancía a los trabajadores, los beneficios de los capitalistas y la renta de los terratenientes. 

Otro aspecto de la doctrina de Smith es su perspectiva sobre el dinero. Para Smith, el valor del dinero viene determinado por la capacidad de cambio que tiene este sobre el resto de los productos ofertados en el mercado, siendo el dinero no una riqueza en sí misma, sino un método de transacción económica que simplifica los intercambios comerciales. Smith estudia los componentes económicos de la agricultura. Para Smith, la renta de la tierra es crucial en su obra, influenciado por los fisiócratas franceses. Este argumenta que es en la agricultura donde la naturaleza colabora con la producción humana, ya que la productividad de la tierra está relacionada con la producción humana, ya que la productividad de la tierra está relacionada con la calidad de los terrenos. El trabajo no sólo mide el valor de aquella parte del precio que se resuelve en trabajo, sino también el de aquella otra que se resuelve en renta y en beneficio.

Smith determina cuáles son las políticas económicas en materia pública para un óptimo crecimiento en oposición al mercantilismo del S.XVIII. El libre comercio debe de ser el pilar de toda nación, para fomentar la libre competencia, nacional e internacional, ya que fomenta a su internacional, ya que fomenta a su vez el trabajo especializado, mejorando la eficacia y la productividad. Es así como Smith defiende que la riqueza de una nación no se mide por la cantidad de oro o plata que tiene dicha nación, sino el conjunto de trabajo anual, el cual satisface las necesidades y comodidades de la vida. La especialización del trabajo viene determinada por el tamaño del mercado, siendo las medidas proteccionistas y monopolistas destructoras del mercado competitivo y por tanto de la eficacia y la prosperidad que proporciona la especialización del trabajo. 

El poder del Estado se limita a la defensa nacional, interna (rebeliones) o externas (guerras), la administración de la justicia y la elaboración de obras públicas que mejoran las infraestructuras económicas como carreteras o puentes, además de proveer servicios públicos como la sanidad o la educación, algo que los fanáticos liberaloides no conocen (o no quieren conocer) de la obra de su supuesto maestro. 

Jean Baptise Say 

Este economista no ha sido muy reconocido en la historia del pensamiento económico, pero ha dado dos importantes contribuciones que son dignas de mencionar. Por un lado, Say sistematizó los principios económicos descubiertos por Smith de un forma más coherente y simplificada que la del propio Smith. A su vez, Say introduce la clásica concepción de los ciclos económicos por las fluctuaciones del mercado (oferta-demanda), siendo innecesario intervenir en estos ciclos, ya que la oferta no puede superar a la demanda (superproducción) y la demanda no puede superar a la oferta (desabastecimiento), pues los precios se equilibran solos. 

De esta concepción del mercado surge en la llamada "ley de Say", la cual dice que la producción de bienes genera una demanda agregada que es capaz de comprar todos esos nuevos bienes. El precio de cada producto venido genera unos ingresos bajo la forma de beneficios, intereses, salarios o rentas de la tierra, suficientes para comprar dicho producto. Alguien percibe ese valor, y una vez lo percibe, lo desembolsa para igualar lo producido. Es posible que haya quien ahorra su dinero, pero al ahorrarlo, lo invertirá, cerrándose el círculo. Si por el contrario alguien atesora parte de su dinero, y dicho dinero no es invertido, los precios bajarán, ajustándose el mercado a un nuevo equilibrio. Esta ley triunfó hasta la Gran Depresión y la obra de Keynes el cual argumentaba que en los periodos deflacionistas puede ocurrir que haya una tendencia a retener dinero, bajando los precios más y más, hasta dejar de ser rentables, y que las empresas no vendan sus productos y cierren, cayendo aún más en la deflación. Para reajustar el mercado, según Keynes, el Estado debe gastar y endeudarse para realzar los precios y estabilizar el mercado. 

Thomas Robert Malthus  

Malthus es uno de los primeros economistas más importantes de la historia de esta disciplina, pues incorpora una dimensión multidisciplinar al análisis económico, siendo en su caso una combinación entre la economía y la sociología, en especial la demografía. Malthus da una perspectiva más sombría a la economía que la que da Smith, pues este analiza la influencia del crecimiento poblacional en relación con los ingresos salariales y la rentabilidad de la tierra. 

La tesis de Malthus más famosa es bien sencilla, mientras que el crecimiento de la población es geométrico, el de los recursos que permiten este crecimiento es aritmético, es decir, la población crece mucho más rápido en proporción a los recursos que la mantienen. Si la población crece de esta forma, debido a las mejoras en la producción, la eficacia de la tierra y los avances médicos y sociales; la distribución de los recursos alimenticios y económicos será más deficiente, pues habrá que poco que repartir ente mucho que asistir. Es así que el crecimiento desproporcionado de la población con respecto a los recursos que la mantienen producirá miseria y penurias en la población, fomentando las revueltas, epidemias y guerras que harán que aumente dicha miseria. 

Malthus describe los efectos económicos y sociales de los desequilibrios demográficos, de hecho, argumenta que estos desequilibrios demográficos pueden producir situaciones en las que la ley de Say se invalide, ya que al producirse un crecimiento demográfico superior al crecimiento de los recursos que pueden soportar a dicha población, esta recibe una alimentación y recursos económicos inferiores, generando una miseria y pobreza que destruye su riqueza y capacidad de compra y venta, es decir, la demanda se reduce debido a la incapacidad de compra de los demandantes. Ante la reducción de la demanda, Malthus afirma que se produce una superoferta, reduciéndose el precio los productos y servicios que se ofertan, debido a que o pueden ser absorbidos por la demanda. Esto produce que puede llegarse al punto crítico de que los precios de la oferta bajen, tanto que la producción de estos dejan de ser rentable, y los productores quiebran en masa, destruyéndose los tejidos económicos del mercado y aumenta aún más la miseria de la población, impidiéndose llegar a un equilibrio en mucho tiempo, algo que la ley de Say no contempla. 

Tan importante es esta última reflexión por pare de Malthus, que sirve de base al análisis posterior de los procesos deflacionarios que estudia Keynes en sus escritos, siendo que en algunos casos los desequilibrios del mercado son tan grandes que el propio mercado no puede autorregularse, y necesita de la ayuda del Estado para superar las recesiones y los periodos deflacionarios. Es así que Malthus encuentra el problema, y Keynes intenta encontrar su solución (de forma dudosa). 

David Ricardo 

La obra de Ricardo es quizás, junto con la de Smith, Marx y Keynes, de las más importantes del pensamiento económico occidental, no tanto por su contenido en sí, sino por el legado que deja a otros economistas, como Karl Marx. De hecho, algunos piensan que Marx solo lleva el pensamiento de Ricardo hasta sus últimas consecuencias. Su principal obra son sus Principios de economía política y tributación, en la cual hace un defensa de la doctrina de Smith-Say frente a la crítica de Malthus. Además, Ricardo realiza un sistema más deductivo y axiomático que tanto gusta a muchos economistas como Marx o Friedman. Su doctrina económica puede dividirse en varios puntos: 

En una primera instancia, Ricardo hace un análisis de la rentabilidad de la tierra, afirmando que la renta del terrateniente son los ingresos que recibe como proporción del producto de la tierra que este recibe por el uso de los poderes originales del suelo. Con esta proposición, Ricardo completa el análisis maltusiano de la tierra, pues la presión demográfica hace que se ocupen las tierras más pobres, con lo que la fertilidad del suelo disminuye hasta llegar a meros mínimos de subsistencia. Por tanto, en el sistema ricardiano, el aumento de la renta es el efecto de la creciente riqueza de un país y de la dificultad de proveer alimentos a la también creciente población. Este primer punto del análisis ricardiano puede parecer que el mismo Ricardo es un fisiócrata, pero este va más allá del análisis de la agricultura, pues Ricardo hace una defensa del libre comercio y de la obra Smith, aunque de una manera mucho más obscura y obtusa de entender. 

Sobre el mercado, una de sus tesis más famosas es su Ley de Hierro de los Salarios, la cual afirma que los salarios de los obreros solo debe de permitirse la subsistencia y deben de estar libres de toda intervención estatal y adjudicados a las inclemencias del libre mercado. La Ley de Hierro es el precio natural del trabajo. Ricardo desaconseja el aumento de los salarios por parte del Estado siguiendo la lógica maltusiana, pues is estos aumentan de forma artificial, el nivel de vida de los trabajadores aumenta de tal forma que su población aumenta por encima de los recursos necesarios para su subsistencia, con lo cual aumenta la miseria, ya que hay más trabajadores que alimentar con menos recursos. Por otro lado, la Ley de Hierro es la causa a su vez de la llamada equivalencia ricardiana, la cual afirma que el aumento del gasto público no afecta en el crecimiento de la economía real, pues ante un aumento de los impuestos, los ciudadanos disponen de menos riqueza para invertir a ahorrar, siendo esta equivalencia ricardiana la base de la crítica posterior a las políticas keynesianas por parte de los neoliberales, como Friedman. 

Es por esto que Ricardo deja en el mercado la regulación de los salarios, por lo que este defiende el libre mercado y la eliminación de todas las medidas proteccionistas, sugiriendo su famosa "ventaja competitiva", la cual afirma que para que una nación prospere, esta debe de especializar su producción y su comercio en aquellos productos y servicios que pueden proporcionar de forma más barata que en otras naciones. 

Sin embargo, la contribución más importante es quizás su teoría del valor-trabajo, la cual es el núcleo teórico donde descansa todo su sistema económico. Para Ricardo, el trabajo es aquello que proporciona valor a los productos, es decir, los productos adquieren su precio en función de los costes de producción de dichos productos por parte de los trabajadores. Es así que los trabajadores con su tiempo son los que producen y dan valor a los productos y mercancías. No obstante, estos trabajadores solo reciben una proporción de su trabajo en forma de salario, pues una parte del precio corresponde al capitalista o empresario, ya que este es el que posee los medios de producción utilizados por los trabajadores, además de que es él el que arriesga su propio capital. 

Dicha teoría del valor-trabajo es tan importante para la historia del pensamiento económico porque es la base en la que se asienta la obra de Karl Marx. Para este último, en contra de su maestro Ricardo, el beneficio del capitalista como un robo, pues se sustrae una cantidad del precio que tendría que recibir el trabajador por su propio trabajo. A este robo por parte del capitalista trabajador es lo que Marx llama plusvalía 

John Stuart Mill 

La escuela clásica de economía, pesar de su importancia, sufre de deficiencias teóricos y prácticas que la ponen en entredicho, siendo uno de ellos el estado de los salarios y de ellos los obreros que lo reciben, alegando que la ley de Say no puede explicar las grandes crisis económicas y periodos deflacionistas que sumergen a un más en la miseria a dc dichos trabajadores, no pudiendo regular el mercado por sí mismo, algo que ya diagnosticó Malthus. La diferencia entre capitalistas y obreros, o terratenientes y campesinos supone, desde una base ricardiana, supone el material de la crítica marxista a la explotación capitalista. Sin embargo, la propia economía clásica encuentra su defensa en la filosofía política y económica de Stuart Mill, el utilitarismo. 

El utilitarismo, desarrollo por J. Bentham y el propio Mill, descansa en el principio de que la máxima del ser humano es alcanzar la felicidad y el bienestar, traducido en el lenguaje económico, en la producción de bienes y servicios que facilite dicho bienestar. El utilitarismo entiende que el libre para alcanzar dicho bienestar de la forma que crea conveniente para sí mismo, siempre y cuando no choque con la libertad de otros. La vertiente económica de este se articula alrededor de la idea del máximo beneficio para el mayor número de personas posible. 

Puede encontrarse algunos inicios de esta idea central en la obra de Locke o Hume, incluso en la del propio Smith. Sin embargo, el utilitarismo se centra que la diminución de la intervención estatal solo a lo estrictamente necesario y útil para toda la comunidad, donde al individuo toda la libertad que no choque con la de otros para alcanzar su beneficio máximo. La economía política debe centrarse en aquellas medidas o decisiones que proporcionen el máximo beneficio al máximo número de personas posible. Es aquí donde se centra la doctrina económica de Mill. 

El pensamiento económico de Mill se basa en una crítica reformista de la economía clásica, pues veía varios desequilibrios económicos entre los trabajadores y los capitalistas. Es el principio utilitario el que restablece dicho equilibrio entre clases, pues el capitalista debe de optar por la decisión que de el máximo beneficio a todos sus trabajadores como sea posible. Esto se enmarca en lo que Mill llamó "estado estacionario", en el cual todos sobreviven con cierto bienestar y satisfacción, algo que afecta a la productividad en general. Mill, al contrario que Ricardo y siguiendo a Smith, afirma que es deseable un mínimo de intervencionismo económico por parte del Estado, como impuestos al alcohol o la construcción de obras públicas para el desarrollo económico y social de la nación. A su vez, también defiende la existencia de regulaciones legislativa que garanticen cierta seguridad y bienestar a los propios trabajadores. 

Sin embargo, en sus últimos escritos Mill adopta una postura más afín al socialismo, muy parecida a las de Proudhon, o incluso Russell, afirmando Mill que es deseable la sustitución progresiva del capitalismo por la "democracia económica", es decir, la formación de cooperativas de trabajadores que pueden competir y colaborar entre sí dependiendo de las circunstancias, diferenciándose de la economía marxista ortodoxa, pareciéndose mucho al revisionismo reformista de Eduard Bernstein. Mill se diferencia del marxismo en que este último pretende la sustitución del mercado por una planificación económica central, mientras que Mill conserva el mercado y sus mecanismos, pero sustituyendo las empresas capitalistas por cooperativas de trabajadores. 

A su vez, Mill defendía la incorporación de la mujer al mercado laboral en igual condición que el hombre, además de proveer políticas de control de la natalidad para impedir los desastres poblacionales pronosticadas por Malthus y que asolan a muchos países tercermundistas. Por último, Mill es famoso por sus Principios de economía política, el cual se convirtió en el libro de texto de economía más importante de las universidades hasta la obra de Alfred Marshall y John Maynard Keynes. 

Crítica a la economía clásica 

La teoría económica clásica supone toda una revolución en el pensamiento económico en su determinado contexto, pues proporciona todo un sistema teórico económico que explica y predice una enorme cantidad de fenómenos económicos, políticos y sociales, hasta tal punto que muchos economistas más contemporáneos, como Friedman, Becker, Fogel o North, sintetizado doctrinas de esta escuela con observaciones y métodos matemáticos más modernos, forjando lo que se conoce como economía neoliberal. 

Sin embargo, la doctrina clásica tiene notables deficiencias teóricas y metodológicas, como es la teoría del valor-trabajo, la cual comparte con la economía marxista. Dicha teoría es radicalmente incorrecta, pues el valor de un objeto o servicio no queda determinado por la cantidad de trabajo para su producción, sino que el valor es un conglomerado de factores circunstanciales y subjetivos que son imposibles cuantificar y determinar en una fórmula matemática o axioma lógico alguno. A esta última se le conoce como teoría subjetiva del valor, la cual fue formulada por la escuela austriaca de economía, teniendo a Von Mises y a F. Hayek como abanderados. 

Por otro lado, la ley de Hierro de los Salarios de Ricardo, aparte de ser moralmente cuestionable, es económicamente incorrecta, pues se ha observado desde muchos enfoques que la productividad y el rendimiento general de cualquier empresa mejora considerablemente cuando los salarios son superiores a la mera subsistencia. Esto lo expone la escuela de Estocolmo, con Gunnar Myrdal a la cabeza. Este último afirma que la elevación de los salarios y el aumento de las políticas sociales (sin romper el equilibrio presupuestario) aumenta el crecimiento económico y el bienestar social, además de no llevar a un crecimiento demográfico desproporcionado aparentemente, pues los países con mejores sueldos son aquellos donde la fertilidad por mujer cae año tras año. 

Otro punto claro donde la teoría clásica flaquea es la explicación del fenómeno de deflación, algo que desarrolla el propio Keynes. Para Keynes, los fenómenos de deflación, donde la producción baja y el desempleo aumenta, son los más peligrosos, pues una bajado en los precios hace que los productos dejen de ser rentables y las empresas se contraen. Al contraerse, estas despiden a empleados, y estos dejan de ganar dinero para poder consumir, no comprando productos, bajando aún más los precios. 

Para Keynes, en contraposición a los liberales como Hayek o Friedman, la inflación (moderada) supone cierta bonanza económica, ya que, al aumentar el precio de los productos, las empresas generan más dinero, pudiendo contratar a más empleados y expandirse. Estos empleados ganan más bienes, ganando las empresas, pudiendo generar más empleo. La cuestión económica no es el ahorro, sino el consumo, verdadero motor de la economía, especialmente en los momentos de crisis. La renta y el empleo viene determinado por la demanda (consumo) y no por la oferta (ahorro), algo que se opone en toda regla a la teoría clásica, pues el Estado, parece reactivar la economía, debe de intervenir el Mercado y endeudarse. 

Esto no quiere decir que Keynes fuese un socialista y que la propiedad de los medios y que la propiedad de los medios de producción tuviera que ser estatal, sino que defendía un intervencionismo en las actividades que el mercado no puede hacer por sí mismo. El fin último de la economía política de Keynes es moderar las fluctuaciones económicas, con el objetivo de evitar el desempleo y la recesión. A su vez, Keynes critica la base de la política monetaria de la escuela clásica, a saber, el patrón oro, la cual queda plasmada en su ensayo las consecuencias económicas de Churchill.

En dicho ensayo, Keynes argumenta que las políticas monetarias conservadoras y contractivas de Churchill, las cuales siguen los principios del patrón-oro defendido por los economistas clásicos es contraproducente. Estas tienen el objetivo de elevar el precio de cambio de la libre esterlina hasta un 10% menos del precio del oro. Con esto, Inglaterra volvería al patrón-oro, incrementando el valor de la libra esterlina, produciendo que los precios de las exportaciones inglesas aumenten y sean más caras para los comercios foráneos. Esta política monetaria contractiva provoca que las exportaciones inglesas sean menos competitivas y que los salarios aumenten. Con esto, las exportaciones deben de ser vendidas a un 10% menos de su precio, con lo cual las empresas tienen mayores pérdidas en el extranjero y deben prescindir de empleadas con altos salarios. Esta política, para Keynes, genera desempleo que merma la competitividad de las empresas y el consumo de los ciudadanos, disminuyendo la riqueza generada por el país y generando más desempleo. 

Keynes argumenta que este tipo de políticas ha provocado una deflación económica, ya que los ingresos de las exportaciones bajan, mientras que los salarios y el precio del nivel de vida se mantiene igual, generando pérdidas en las empresas exportadoras, produciendo desempleo, bajando el consumo de los ciudadanos, haciendo que más empresas tengan pérdidas y generen más paro... 

Por último, la economía clásica recibe otra crítica de la mano de aquellos economistas que se se consideran como "historicista" y en su versión más depurada "institucionalistas". Estos economistas, que son tan distintos entre sí, comparten la idea de la necesidad de incluir los procesos históricos, políticos e incluso culturales o religiosos en el análisis económico. Este es el caso de la Escuela Historicista Alemana, la cual reúne a autores tan importantes como Friedrich List, Max Weber o Joseph Schumpeter entre otros. Estos economistas argumentan que la teoría clásica no tiene en cuenta los estadios históricos en los que se encuentra las diferentes sociedades. Dicha concepción del análisis económico supondrá la base para los economistas institucionalistas, tales como Myrdal o J. Galbraith. 

Sin embargo, la crítica más feroz, aunque no por ello correcta, de la economía clásica es dada por la escuela marxista, la cual, haciendo acopio de la filosofía hegeliana, afirma que el capitalismo librecambista no es un estado final deseable, sino un mero estadio en la historia económica y social que sucumbirá ante la inexorable llegada del socialismo, y con él, el comunismo, el paraíso en la tierra, el fin de la historia. 




La escula Austria de economía y la pseudociencia de la praxología

 Una de las escuelas de pensamiento económica que se se ha puesto de moda entre muchos políticos, ideólogos y demás difamadores es la escuel...